Por: Francisco Figueroa Turcios
Si algo ha llamado la atención en el Mundial de México, Canadá y Estados Unidos 2026 no ha sido únicamente la lluvia de goles, las sorpresas deportivas o las tribunas repletas de aficionados.
Hay un detalle que se repite en cada partido, en cada fotografía y en cada transmisión televisiva: los guayos de color rosa. Desde la jornada inaugural, cerca del 90 por ciento de los futbolistas han saltado al césped con tonalidades que van desde el fucsia eléctrico hasta el rosa fluorescente.
Lo que antes era un color reservado para unos pocos jugadores atrevidos se convirtió, de repente, en la imagen dominante de la Copa del Mundo. Basta observar una alineación antes del pitazo inicial para comprobar que el rosa conquistó los pies de las grandes estrellas.
Casi todos los jugadores están usando guayos rosados o fucsia en el Mundial 2026 debido a una estrategia de las grandes marcas deportivas como Nike, Adidas, Puma y otras. Todas lanzaron colecciones especiales para el torneo con tonos rosa eléctrico y fucsia, por lo que muchos futbolistas patrocinados por esas marcas llevan ese mismo color.
Además, el rosa intenso tiene una ventaja de marketing: resalta mucho sobre el césped verde, se ve mejor en televisión y en redes sociales, y ayuda a que los jugadores llamen más la atención durante los partidos. No se trata de una regla de la FIFA ni de una campaña especial; simplemente es una tendencia impulsada por las marcas y la moda deportiva actual. Curiosamente, algunas figuras han optado por diseños diferentes. Por ejemplo, Lionel Messi ha usado modelos especiales distintos al rosa predominante
Pero detrás del marketing también existe un cambio cultural. El fútbol moderno dejó atrás muchos de sus antiguos códigos estéticos. El rosa ya no es visto como una excentricidad; hoy representa personalidad, confianza y una nueva manera de entender la imagen del deportista en una industria cada vez más conectada con la moda, las redes sociales y las nuevas generaciones.
Así, mientras las selecciones persiguen la gloria mundial, otra batalla silenciosa se libra sobre el césped. No aparece en las estadísticas ni decide campeonatos, pero define la identidad visual del torneo.
Cuando dentro de algunos años se recuerde el Mundial de 2026, además de los goles y las hazañas deportivas, quedará grabada una imagen imposible de ignorar: miles de pasos de color rosa recorriendo los estadios de Norteamérica, como si el fútbol hubiera decidido pintar de fucsia el camino hacia la eternidad.
En un deporte que durante décadas vistió de negro y tradición los pies de sus protagonistas, el Mundial de 2026 demuestra que el fútbol también refleja las transformaciones de la sociedad.
Los guayos rosados no cambian el resultado de los partidos, pero cuentan una historia de una generación menos atada a los prejuicios y más abierta a la diversidad, la expresión individual y la innovación. Porque mientras la pelota sigue siendo la misma, el mundo que la rodea nunca deja de cambia
