Por Mario Cobo
Foto de portada: Fabiana Flores
Fotos internas: Archivo Mario Cobo
Cuando comencé a adentrarme en el mundo del surf, conocí lo radical y extremo que era todo. La experiencia comenzó en la playa en frente del hotel Pradomar, recuerdo en aquella época que la mayoría surfeaba una izquierda que terminaba casi encima del espolón de este hotel. Yo me encontraba en los inicios, tenia de profesor a Starky, en una época del año donde el mar es revuelto, con mucha corriente y de un color marrón café.
La experiencia se intensifica con la cantidad de tarulla que viene del río Magdalena e inunda las playas con esta planta que se te enreda en el leash, te hace nadar más y que además es muy pesada; esta planta absorbe el agua, así que imagínate nadar de regreso con este peso enredado, a todos nos parecía incómodo, pero a su vez era un entrenamiento de resistencia y fuerza para la remada que necesitabas para enfrentar ese mar en las temporadas de vientos alisios.
El Bolsillo
Después de que conseguí un cierto nivel, pasé al siguiente paso o más bien al próximo desafío: El Bolsillo.
Para los que tuvieron el privilegio de surfear este pico icónico en Pradomar saben lo peligroso de este point, conformado por piedras en su fondo (point break) las cuales nunca las veías pues comente anteriormente el color del agua era marrón casi todo el año, así que lo que tropezabas, o cuando te cortabas con las piedras no tenías ni idea de cómo ni con qué te lastimaste, lo único que quería era surfear aquella derecha donde todo el mundo comentaba lo especial que era su pico.
Lo más difícil de esta experiencia era la forma de entrar a desafiar aquella ola. Tenías tres opciones:
- Te lanzabas del espolón del hotel y nadabas con todo lo que tenías, pues la corriente era muy fuerte, cada vez que nadabas y realizabas un pato sentías que quedarías encima del espolón de piedras cortantes.
- Entrabas nadando de frente por el bolsillo, bajando por un camino de piedras grandes chinas que convertían tu entrada en una tortura, las piedras se movían y con el balanceo de las olas te golpeabas los pies, tobillos y hasta canillas, dependiendo de las condiciones del mar.
- La más acertada era aprender a lanzarse desde el espolón del propio Bolsillo, aquí el viaje era intuitivo y arriesgado, muchas veces las olas rompían con tanta fuerza que para llegar a la piedra donde te lanzabas al mar era difícil de llegar. Los días grandes las olas te pasaban por encima y debías sujetarte de las piedras, pues si caías no iba ser agradable salir de aquella situación, te esperaba un paredón alto y lleno de piedras donde quedarías muy lastimado.
Yo intenté las tres. Primero fue el espolón frente al hotel, como comenté era complicado subir hasta donde se formaba la ola y además el musgo adherido a las piedras te hacía resbalar, demasiado arriesgado; luego opté por la segunda opción, donde terminé luchando por salir de remolinos que se formaban en aquel sector, ese para mí tampoco no funcionaba, confieso que solo lo intenté una vez pues pasé un susto tan grande que descarté esa opción de una vez; la última que quedaba era complicada, pero ‘’segura’’, solo necesitabas comprender el ritmo de las olas y calcular la subida del mar cada vez que entraba una ola para lanzarte a desafiar aquella combinación de arena y piedras que te esperaba.
Recuerdo una mañana de diciembre llegar a surfear a El Bolsillo y encontrar el mar imposible, olas muy grandes en todas direcciones, no daba tiempo de posicionarse en el pico, eras arrastrado y llevado al otro lado de la playa por la corriente.
En ese momento me sentía perdido, pensaba que aquella temporada era imposible para surfear, los poco expertos se retiraban o desafiaban el mar con aquellas condiciones, la gran mayoría salía frustrado de ver lo imposible de las condiciones, al pensar retirarme ese día sin surfear, alguien comentó que el muelle estaría épico por las condiciones reales existentes.
El muelle
Pregunte que si era aquel muelle, al que nunca había ido en mi vida, el que se veía a lo lejos. Todos afirmaron que cuando se ponía el mar así, la única alternativa era este point.
Recuerdo irme caminando con un grupo, caminábamos esquivando gente en las playas al son de pickups, una caminada desgastante, pero entre más nos acercábamos la adrenalina aumentaba, pues aquel día en especial el mar estaba muy grande y se podía apreciar el tamaño de las olas que se estrellaban contra el mítico muelle de Puerto Colombia.
Después de casi 45 minutos de caminata, llegamos. Cercado de pescadores y con el piso resbaloso en todo el trayecto, el punto más surfeable era después de la casita, casi llegando a la punta del muelle.
Yo estaba aterrado, las olas subían hasta donde estábamos y caían en forma de cascada del otro lado, la experiencia era extrema y radical. Pregunté cómo se entraba a aquel mar, nadie me respondió, solo se empezaron a lanzar al mar, aproximadamente una caída de más de 2 metros desde el plafón al mar, les cuento que ni lo pensé, me lancé con el miedo vivo de ver el tamaño de esas montañas de agua golpeando la estructura.
Mi primera experiencia fue salir de ese lugar arrastrado por las olas hasta la playa. Y, de remate, en la salida había que nadar bastante, sin experiencia ninguna fui arrastrado hasta una zona pantanosa, donde caminé muchísimo para poder volver al muelle. Cuando al fin llegué, regresé al mismo punto del salto y esta vez me senté a ver cómo era. El miedo me atrapó de nuevo y me quedé solo de observador toda la mañana, aún no me sentía preparado para ese momento desafiante que era el muelle, con sus olas rápida, grandes y poderosas que te llevaban a los límites y te enseñaban a respetar y apreciar lo hermoso que puede ser el mar en condiciones especiales.
Recuerdo que el muelle se convirtió en mi sitio preferido de práctica, cada temporada de final de año desafiaba estas olas, solo o acompañado. El muelle se convirtió en un lugar mágico donde podía surfear olas alucinantes.
Después de un buen tiempo, esta ola desapareció, las condiciones cambiaron muchísimo. Luego, el mar fue comiéndose a dentelladas el esqueleto muerto del muelle, solo quedaron los recuerdos de olas increíbles llenas de adrenalina y aventura compartida con amigos.
El muelle era de esos picos que lamentamos todos que haya desaparecido, esperemos que con el tiempo se reactive, el muelle siempre quedará en la memoria de todos como el mejor punto de surf en el sector del atlántico colombiano. Aloha surfers.
*Mario Cobo es surfista, realizador audiovisual y cronista barranquillero, juez internacional de surf y CEO de la agencia Colombia Surf Travel.
