Icono del sitio La Cháchara

El Libertador

Quinto cuentode la Selección de Cuentos del escritor Giulio Puccini titulada Los pares no pedidos son los menos ordenados. La publicaciones son inéditas para La Cháchara.

Por Giulio Puccini

Some rise by sin,
And some by virtue fall.
Shakespeare

Corrían los criollos, manchados de sangre española, cuyo rojo avivaba su llama como si fueran toros. Aceleraban y reducían su velocidad de acuerdo a la grandeza de su espíritu. La pradera temblaba y gemía bajo sus pies; el cielo clamaba sangre y libertad. Bocanadas de aire vaporoso salían de cada uno y el frío intentaba penetrar en lo más profundo de los músculos. Marchaban como potentes ferrocarriles desordenados, tallando los rieles en el pasto con cada paso, y cada vagón era más mortífero que el anterior.

Lágrimas saltaban de los ojos de las mujeres, que anhelaban tanto la victoria como a sus esposos; en cada pueblo fluía un río distinto. Los niños corrían de una casa a otra con el mismo ímpetu de sus padres, rompiendo piedras y palos a su paso. Los jóvenes se dedicaban al arado y a la siembra; algunos segaban y recogían la cosecha, y el maíz caía al suelo como las cabezas españolas. Los profesores habían partido como médicos; en la parroquia se reunían tres veces al día los fieles y rezaban por el fin de la masacre y de la corona.

Pararon su carrera y se atrincheraron en el río. Lavaron sus rostros por turnos, enjuagando el dolor y la opresión. El Teatino corrió rojo hasta que el sol sonrió al nuevo continente el día siguiente. El único que no lavó su cara fue el Libertador; la sangre ya hacía parte de él, lo mantenía de pie en el campo. Tenía bajo su mando alrededor de 3000 soldados de todas las razas, excepto aquella a la que pertenecían los sátrapas europeos.

Había andado en el lomo de su caballo, Palomo, en mejores tiempos, pero lo había dejado en Tunja, en mejores cuidados de los que él había recibido durante el último mes. Conservaba un mechón de su crin en un pequeño guardapelo, que nunca colgaba de su cuello. Lo mantenía amarrado en el mango de su sable, decorando las flores de liz talladas en plata. Finos hilos de oro recorrían los surcos, dejando el grabado en altorrelieve. Solo eran dos las flores talladas en la agarradera redonda, pero al girarlo parecían infinitas. La hoja era curvada y de un solo filo, al estilo de las cimitarras. Cuando Bolívar la alzaba en grito de guerra, la punta brillaba con más fuerza que el sol y encandilaba a las tropas enemigas.

Miró el guardapelo una última vez y recordó que nunca había ensillado a Palomo; él era su símbolo de libertad. Había mandado a dos herreros, que tenían vista de águila, a revisar el terreno y la posición del Coronel Barreiro y sus tropas. Acababan de regresar del reconocimiento y le comunicaron a Bolívar que los españoles aún no se veían en la llanura, lo que significaba que llegarían dos o tres horas después del anochecer. Bolívar ordenó a sus tropas comer las pocas vituallas que les quedaban – habían raciones para, escasamente, dos días – y estar alerta. Envió a los mismos dos hombres a vigilar y se entregó a sus cavilaciones, sentado bajo el puente.

“El Teatino puede ser una buena trinchera desde la cual emboscarlos”, pensó. “Y los mulatos e indígenas conocen los bosques que rodean, a lo lejos, el valle. Aun así, son muy pocos para mantenerlos rodeados”. Tales eran las dudas y estrategias que lo mantuvieron ocupado por un par de horas, pues era un hombre educado y sabía que las batallas las gana la estrategia más que el número.

La luna no brilló esa noche y solo los astros ocuparon, con su tenue luz, el cielo. Salió en este momento el Libertador de su gruta, caminando a tientas, y pidió noticias a los exploradores. Hecho esto, dio las instrucciones. Mulatos, indígenas y mestizos corrieron a los bosques, tomando los escasos rifles y municiones que le quedaban a las tropas. El resto se alineó a lo largo del arroyo y detrás de los matorrales. Algunos, que se ofrecieron como carne de cañón, se ocultaron tras los balaustres del puente.

A falta de la luna, la noche era tan negra como el crudo. En un principio les resultaba imposible ver su mano a centímetros de su rostro. Treinta minutos más tarde, aparecieron los hombres de la corona en lo alto del valle. Ya les era posible distinguir a sus compañeros a unos metros. Además, los españoles llevaban abundantes lámparas de aceite, colgadas de largas varas, que daban calidez a la noche y los dejaban en línea de tiro. Cerca de la artillería no había ninguna llama; la luz alcanzaba débilmente las piezas de metal, formando brillantes figuras. Cruces y cascos se reflejaban aquí y allá, y el Ejército Realista marchaba ordenadamente, haciendo sonar sus botas al golpear la tierra. Gemía el hierro con las piedras del camino y crujían las ruedas de madera al pasar los cañones sobre rocas. Lloraba el llano, oprimido por los españoles.

Cuando se encontraban a unos pasos del puente, se oyó un solo grito de 3000 hombres y las armaduras vibraron bajo las voces. Se alzaron  las armas; un sable brilló por encima de todos. Salieron de la cobertura primero los que se encontraban tras el puente, seguidos por los que se ocultaban en el río. Los españoles, anonadados ante aquella emboscada, no alcanzaron a hacer sonar los cañones. Dispararon algunos fusiles y varios americanos golpearon el suelo. Sin embargo, esto no los detuvo. Los que se encontraban más adelante alcanzaron a apuñalar varios realistas, mientras llegaban por la retaguardia los que habían sido ubicados en los bosques. Por todos lados cayeron, heridos o muertos, españoles.

Una espada cayó al suelo: la de Barreiro. Bolívar, con toda la potencia de su voz, ordenó que se detuviera la masacre, mientras recostaba su sable en el hombro del Coronel. Más de cien cadáveres yacían en el piso, la mayoría españoles. Los maniataron a todos y fueron llevados a distintas ciudades, para ser exhibidos como prisioneros y emblema de la independencia. En ocasiones especiales, como visitas de comandantes o en festivales, se los ponía en un brete, en la plaza del pueblo, y les arrojaban diversos vegetales por varios días. Los cuerpos de los criollos fueron debidamente homenajeados y sepultados; los cadáveres españoles fueron usados como alimento para los cerdos.

Barreiro no contó con esta suerte. Fue enviado de vuelta a su patria meses después, en el último navío español. Sus días en el nuevo continente los pasó en las porquerizas y en la prisión. Volvió a conocer lo que era una buena comida y un baño al abordar la nave. No pasó trabajo los días que estuvo en altamar. Sin embargo, no bien hubo plantado un pie en el reino de Aragón, fue hecho preso y dilapidado en los patios del castillo de Fernando VII.

Por su parte, Bolívar prosiguió su campaña por su patria natal, Venezuela, y por Ecuador. Cambió su ejército, mas nunca sus ideales. Llevó consigo, de Boyacá, únicamente la espada de Barreiro, tan bella como el sable que él había poseído. Lo guió esta a la gloria en su campaña libertadora, pero nunca le dio su mayor sueño; solo la diplomacia y la locuacidad – que en abundancia tenía – se lo podían dar. Soñaba día y noche con la América unificada, y su victoria ante Barreiro era solo un paso a este horizonte. Pero pronto la guerra y los fracasos lo guiaron a la locura. Intentó erigirse como dictador y una nueva decepción terminó de ensombrecer su mente.

Huyó a Cartagena de Indias y, oculto entre las murallas golpeadas y los ladrillos quebrados, escribió sus memorias en portugués, latín y español; cambiando entre un idioma y otro indiscriminadamente. Estas son sus memorias, vagamente traducidas y, con seguridad, inconscientemente tergiversadas.

Ver cuentos anteriores

Mr Times

La visita

Clara

Opiniones divididas

 

Salir de la versión móvil