Por Dyekman Rangel
Con los discos de vinilo tenemos una pieza artística cuyo eje es, sin duda, la música. Sin embargo, en su portada y contraportada confluyen también la pintura, la fotografía, la literatura e incluso la reportería.
El vinilo supone un ritual: comienza con la contemplación de la carátula, sigue con el acto de abrirlo, leer los textos que suelen acompañar el arte de la contraportada, ubicar con cuidado la aguja entre los surcos y, finalmente, dejar que brote el sonido mágico que harán vibrar las bocinas.
Este texto está inspirado en la experiencia y el gusto adquirido por la búsqueda y colección de música en formato de discos de vinilo, y toma como referencia una nota publicada en la contraportada del álbum Canto a Borinquen, del cantante Miguelito.
Hay voces que no necesitan escenario para trascender.
Esa fue la voz de quien estuvo entre el ruido de maletas, el brillo del betún y el paso apurado de los viajeros. Así era la de Miguel Ángel Sánchez González, un niño de once años que lustraba zapatos en el aeropuerto de San Juan, en Puerto Rico, y que, mientras trabajaba, cantaba. Lo hacía con la naturalidad de quien ha nacido para eso, no para los escenarios, sino para la emoción.
Miguelito no era un niño prodigio en el sentido clásico. No era virtuoso por técnica ni por estrategia, sino por la honestidad del sentimiento. Lo que salía de su garganta no era sólo música: era inocencia lúcida, esa que Nietzsche eleva como la más alta transformación del espíritu. En Así habló Zaratustra, el filósofo describe al niño como la tercera y última metamorfosis: tras cargar el peso del mundo (como el camello) y romperlo con rebeldía (como el león), sólo el niño, en su juego, en su libertad, en su presente absoluto, es capaz de crear nuevos valores. No recuerda para vengarse, no obedece para complacer. Simplemente crea.
Miguelito, como lo llamaban, no tenía orquesta ni micrófonos. Su tarima era el pasillo del aeropuerto. Su instrumento, un güiro. Su sueño, grabar un disco. Cantaba porque le gustaba, pero también porque entendía que su voz era un modo de acercar a los viajeros, de
conseguir unas monedas para llevar a casa. Era un niño con responsabilidades de adulto y con una voz que desbordaba ternura y talento.
Una tarde, mientras su voz cruzaba el hall, se le acercó un hombre inconfundible: tez blanca, traje negro impecable y unos zapatos tan brillantes como la posibilidad de un futuro distinto. Intentó hablar con Miguelito, pero el niño no hablaba inglés y el sujeto de traje no hablaba español, pero la brecha del idioma no impidió el asombro. El hombre, maravillado, buscó ayuda. Una azafata ofició de intérprete.
Aquel tipo era Harvey Averne, fundador de CoCo Records, productor y descubridor de talentos, que trabajó, produjo y mezcló albunes para artistas como el recien desaparecido Eddie Palmieri, Ray Barreto, Ismael Cortijo, La Lupe, Mario Bauzá y otros artístas referentes de la escena musical afroantillana de la decada de los setentas y ochentas.
Lo que escuchó Averne no fue una curiosidad: fue una revelación. Aquella voz infantil, afinada, limpia, conmovedora, merecía un espacio entre los grandes. Averne lo llevó al estudio en Nueva York, y así nació en 1973 el LP Canto a Borinquen.
El disco no solo era una grabación: era una declaración de principios. Miguelito no imitaba a nadie. No cantaba como un adulto atrapado en un cuerpo de niño. Era, sencillamente, un niño cantando con la verdad que da la inocencia y la experiencia precoz de la necesidad. A
su alrededor, Averne reunió a un equipo de musicos legendarios y cuyos nombres marcaron la historia de la música afroantillana como lo son Chivirico Dávila, Kito Vélez, Nelson Feliciano, Papo Lucca, entre otros grandes. Era una apuesta arriesgada, pero la autenticidad de Miguelito desarmaba cualquier duda.
El disco abría con Felicidad a Papá, una canción que, lejos de ser un tema alegre para el Día del padre, era un relato desgarrador y honesto sobre la ausencia y el perdón. Un niño que lo reconoce después de una larga ausencia y, aun así, le entrega un regalo con sinceridad. La interpretación no buscaba la lágrima, pero la provocaba. Conmovía por su verdad. Era una forma de decir: “así sienten los niños, sin rencor, sin ruidos”.
Ningún padre querría que este tema le fuera dedicado en su día.
Y sin embargo, la mirada con que los niños observan el mundo, y sus dolores, suele ser desestimada. Tal vez sea la única que merece ser escuchada, pues en ella habita la última metamorfosis del espíritu, como sugiere Nietzsche: la del niño, que juega, olvida y crea.
Solo quien ha atravesado la dureza del camello y la rebeldía del león puede volver a nacer en esa inocencia radical que no juzga ni se encadena a los recuerdos oscuros. En esa libertad del alma, la de quien se perdona y goza sin miedo, vive el verdadero presente.
La voz del niño, del jibarito, lleva en sí el perdón sincero y la alegría de existir.
Otro de los temas del LP es Miguelito el Travieso, en el muestra otra faceta: la del niño pícaro, con la curiosidad propia de su edad y una mirada aguda sobre su entorno. Hablaba de su amor por las niñas, de sus ganas de ir al cine, de su día a día lustrando zapatos para ayudar a su madre y a sus nueve hermanos. En esa canción, agradecía además a su maestro de canto, el mismo que había guiado a Bobby Cruz, el mismísimo Chivirico Dávila.
Miguelito era un testimonio. Su voz no estaba entrenada para impresionar, sino para decir la verdad. Con eso bastaba.
El tema más recordado del álbum, Jíbaro en San Juan, hace parte del repertorio musical popular en ciudades como Barranquilla, Cartagena y Cali. En él, Miguelito cantaba sobre los jíbaros (nombre con el que se llaman a los campesinos puertoriqueños) que volvían a la isla sin sus tradiciones, absorbidos por la vida norteamericana. Era una crítica inocente, pero afilada, desde la mirada de un niño que aún creía en las raíces: “Y aun con la mancha de guineo, tiene acento americano”.
El disco Canto a Borinquen es un larga duración de altísima calidad, el disco incluyó diez temas, entre ellos ‘Payaso’ de Raphy Leavitt, quien ya lo había grabado con éxito años antes.
En la entrevista que Tulio Astudillo le hace a Miguelito para El Mundo se evidencia la inocencia del niño. En ella, Miguelito comenta que jugará baloncesto para ser más alto, que desea continuar sus estudios y ayudar a su familia, y que grabará un long play acompañado por músicos famosos.
El álbum tuvo una gran acogida; tanto así que dos de sus sencillos han perdurado en el tiempo y hoy forman parte de la identidad y la sonoridad de ciudades en Colombia y Puerto Rico.
Al poco tiempo después de grabar el álbum, Miguelito regreso a Puerto Rico y desapareció. Sin noticias de él y con el transcurrir del tiempo se supo que fue arrollado por un automóvil. No hay muchos detalles del accidente. Solo el silencio que sigue a las noticias que nadie quiere recibir. Así, el Jibarito del aeropuerto dejó atrás una carrera que apenas comenzaba y una voz que, por un momento, había logrado atravesar los filtros del mercado y llegar al corazón de quienes la escucharon.
Hoy su historia sobrevive en el recuerdo de quienes alguna vez lo oyeron cantar. En su disco, en su güiro, en su forma sencilla de mirar el mundo.
Desde lo alto, donde quizás también hay aeropuertos, Miguelito sigue cantando.
