El periodista Rainiero Patiño hace un justo homenaje a uno de los goleadores más grandes que ha dado Colombia, mundialista con la Selección en 1994.
Por Rainiero Patiño – Chacharero
Con los dedos de la mano de su botín derecho, el Pibe Valderrama trazó una línea con el balón para ponerlo en los pies del hijo del barrio Simón Bolívar. Valenciano irrespetuoso presenta armas frente a la retaguardia argentina. Toma un impulso feroz y se para sobre su pierna derecha, pasmoso. La melena rebelde le golpea el cuello como si se tratase de un gatillo automático que activa el mísil de su pierna izquierda. Una finta de púgil que noquea la marca de Altamirano. Esta vez monta el silenciador, dispara con sutileza y suelta un pincelazo hacia el rincón derecho del arquero Goycochea, un teledirigido que se arrincona en la red, explota en 70 mil gargantas y produce hemorragia de felicidad en casi 40 millones de corazones colombianos.
Todos corrieron detrás de la casaca número 7, del peladito rebelde que se devolvió de Italia, del juniorista furibundo que se graduaba con honores como goleador de casta en su propia casa. “Puede sonar tonto pero fusilar o no en ese momento fue una cuestión de sentimiento. Me nació hacer la jugada y gracias a Dios me salió. Un momento de inspiración de esos que rara vez se repiten, nunca lo hacía de esa forma, no era mi estilo de definir, nunca lo trabajé de esa manera”, dice Valenciano 18 años después.
Esa tarde del 15 de agosto de 1993, con 21 años y varias historias de escándalos a cuestas producto de la fama espumosa, Valenciano le respondía con goles a los hinchas colombianos que recién se acomodaban en el estadio Metropolitano y quienes habían reclamado su presencia durante los días previos.
“No pensé en alguien especial pero fue como liberarme de toda la presión que tenía. La gente me había pedido mucho durante la semana, habían gritado mucho mi nombre en la previa del partido. Por eso, le doy gracias a Dios que las cosas salieron bien porque no me quería imaginar algunos sectores de la prensa criticando mi alineación”.
Como si acabara de recibir de espalda al arco, Valenciano se emociona, sube el tono de la voz a través de la línea y manda una respuesta espontánea como un derechazo seco y al palo: “Ese equipo era algo de primera categoría, cualquiera podía ser titular, todo el que estaba tenía condiciones de lujo, el que iba al banco no era por mal rendimiento sino por estrategia del cuerpo técnico”.
Luego Colombia jugó contra Venezuela y Perú, en los dos encuentros el Gordito de Oro marcó. En Asunción contra Paraguay juega el primer tiempo sin mucha fortuna. Sorpresivamente contra Argentina, el día del cinco a cero, es relegado al banco. Hoy ya retirado y con la calma que da hablar de faenas pasadas Valenciano dice entender la decisión de Francisco Maturana, director técnico del equipo.
“Los hechos demostraron que fue la mejor decisión, incluso no hubo necesidad de hacer cambio de delanteros durante el partido, todos estaban volando, Colombia jugó el mejor partido de su historia”.
La memoria no le falla, Valenciano dice que ese pincelazo de zurda hace parte del álbum de lujo de su historia. Ni él ni todo el que lo ha visto lo podrán olvidar. Lástima que después la suerte no acompañó a ese equipo en plena cita mundialista, pero ese día de agosto Iván René demostró la casta de la que estaba hecho, la fortaleza de espíritu y los trazos que podía ‘pintar’ con su potente botín, como solo los artistas del gol lo pueden hacer.
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