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El agobio del poder

Paro de maestros, elecciones en la Uniatlántico, la situación del puerto, la inseguridad. Para unos son problemas, para otros son las cosas del poder.

Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa

Hasta en las oficinas del piso más alto se alcanza a sentir la algarabía que proviene de la calle. Allá afuera no hace falta que sea la época de canícula para que el sol abrase la piel de cientos de marchantes. Son maestros que no fueron a sus colegios, para acudir al llamado de la asociación que los reúne. «Están ahí desde las seis de la mañana. Yo debería sumarme, si uno no protesta y les arma paros aquí nadie le para bolas a uno», dice una señora apoyada en la recepción de la sala externa que da a la sala de espera del despacho de gobierno, en el piso más del alto del edificio.

La señora se dirige en tono de fastidio a un policía que custodia el acceso al despacho de la autoridad. A su lado observa en silencio un agente de inteligencia. «¿Tú crees que yo quiero estar aquí? Tuve que dejar a mis pelaos sin nadie en la casa para venir a pedir que me cumplan lo del subsidio. Dos meses van que me cruzo en eventos al señor dirigente, siempre me dice que sí. Lo que da rabia es que los lagartos que andan con él pa’ todos lados asienten como pollitos regañados a todo lo que él dice, pero apenas da la espalda la cogen contra uno como si uno fuera culpable de la vida».

Son ya las diez de la mañana. Cuatro horas han pasado desde cuando comenzó la protesta. Los maestros protestan por los agobios de siempre: bajos salarios, mala infraestructura de los colegios, falta de recursos didácticos. El paro se aviva con arengas, una voz las lidera desde un camión con altoparlantes. Portan pancartas que extienden varias manos alzadas a lado y lado de la calle.

La señora nunca llegó a entrar al despacho. Alguien que sí logró hacerlo le extendió una botella con agua antes de cruzar la puerta custodiada. «Tome, señora, para que baje el agobio».

En la oficina del gobernante están varios secretarios y asesores. La panorámica muestra un día esplendoroso con la Sierra delineada en el horizonte, en el primer plano se extienden las láminas plateadas de infinitos puestos de ventas en el Centro de Barranquilla. El río Magdalena es un caimán marrón que nada serio. En la oficina del gobernante, el ambiente tiene la seriedad de ese caimán. Nadie sonríe, todos lucen agobiados. El día comenzó muy temprano, con una pugna voraz de poder por las elecciones de rector en la Universidad del Atlántico, con las protestas de los maestros, con la impotencia que produce ver la poca profundidad del puerto. Los problemas son tantos que no se pueden contar fácilmente en la mente. El gobernante está sentado de espaldas a todos. Atiende una llamada de teléfono. Trata de explicar respuestas para las que apenas tiene argumentos. Su espalda se contorsiona con fuerza. Nadie se atreve a acercarse.

La persona que le dio la botella de agua a la señora prefiere salir del despacho sin siquiera abrir la boca. Había hecho toda la gestión para ser atendido por el gobernante porque tiene una razón de peso que lo agobia, pero al ver todo el paisaje de protestas, de caras largas, supo que hoy no es el día.

Al salir, la señora todavía estaba allí. «Gracias por el agua -le dijo ella, y agregó-: pero usted no sabe lo difícil que es vivir como a mí me toca. Si yo fuera la que gobernara…».

La persona no terminó de escuchar. Tomó de inmediato el ascensor. Abajo habían mermado un poco las arengas, los maestros descansaban en los bordillos, pero estaban decididos a esperar, sin moverse de ahí, el momento para manifestarse ante el gobernante, que por obligación tenía que salir por esa calle. Ese día, para todos los que circulaban en ese pedazo de sociedad, el agobio más grande era el que produce el poder, por tenerlo o porque falta.

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Practicante del periodismo desde niño, comunicador de profesión, artista por vocación. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3185062634
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