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Eduardo Posada Carbó, el historiador más influyente de Colombia

Este intelectual y académico barranquillero es una de las voces más respetadas en la Universidad de Oxford sobre América Latina y uno de los columnistas principales del periódico El Tiempo.

Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa – Editor General

Muchos colombianos que vivieron en su plenitud las décadas de 1970 y 1980 aún se preguntan cómo hacía Gabriel García Márquez para ser entonces una de las letras periodísticas más influyentes del país y tener información tan privilegiada sobre el poder, si no vivía en Colombia y no podía acceder fácilmente a nada porque estaba en el exilio y declarado enemigo público tanto del Gobierno como de la guerrilla, y por supuesto del paramilitarismo y del narcotráfico, que eran el poder real de la época. La respuesta la dio el mismo Nobel cuando asesinaron al periodista Guillermo Cano, que era director-propietario del diario El Espectador. Cano era su amigo y era su fuente primordial. Era el hombre al que durante décadas recurrió Gabo para enterarse de los pormenores nacionales.

Eduardo Posada Carbó

De la misma manera muchos costeños -y lectores de todas las regiones- se preguntan cómo hace el historiador Eduardo Posada Carbó para estar tan enterado de cada detalle de la realidad colombiana, si vive encerrado como un ratón de biblioteca en la Universidad de Oxford, Inglaterra, donde tiene su residencia. Prestigioso profesor, Doctor en Historia Moderna de la mencionada universidad y conferenciante de la Política Latinoamericana, Eduardo Posada Carbó es el hombre al que llaman los británicos cuando quieren saber dónde ponen las garzas en nuestro país y en el sur del continente en general.

No suele caminar con el alto perfil que lo precede, ni busca los reflectores mediáticos. Todo esto podría hacerlo por sus propios pergaminos y porque su familia ha sido protagonista de talla nacional de la historia reciente de Colombia. Posada Carbó prefiere el sendero de la academia, alejado de todos los caminos bulliciosos, de donde saca el cacumen de la información que necesita -valga el juego de palabras- para informar y ser informado. Tiene una columna fija en el diario El Tiempo desde donde cumple esa misión con todos los méritos y rigores del oficio. Es así uno de los más respetados e influyentes columnistas del país.

¿Cómo hace para estar tan bien enterado de Colombia desde Oxford? 

El peso de su estirpe costeña

Eduardo Posada Carbó.

Su padre, Francisco Posada De la Peña, acababa de lanzar su pre-candidatura a la Presidencia de Colombia cuando la muerte, disfrazada de cáncer, se lo llevó; era uno de los principales dirigentes del Partido Conservador, voz de peso en el llamado a la estabilidad política y social de uno de los momentos más álgidos de nuestra voluble sociedad. Era 1998 y el país ya no tropezaba sino que caía de manera frontal por el abismo de la violencia y el narcotráfico. Antes de llegar al culmen de su carrera política con la aspiración presidencial, Francisco Posada De la Peña había sido ex embajador ante la OEA y Venezuela, y ex ministro de Justicia y de Trabajo.

Cuando estaba en la cama sobrellevando la grave enfermedad, lo visitó su amigo, copartidario y competidor suyo por la candidatura presidencial del conservatismo, Andrés Pastrana Arango. Y en esa visita de despedida entre los dos entrañables amigos (Pacho Posada siempre fue de la casa Pastrana desde los tiempos del candidato y presidente Misael Pastrana Borrero), Posada De la Peña, quien llevaba a Gustavo Bell Lemus como fórmula en calidad de precandidato a la Vicepresidencia de la República, le pidió, como una solicitud postrera, que acogiera  a Bell como su coequipero. Y Andrés acogió tal solicitud. Sabía Andrés que un personaje de la talla de Posada De la Peña, que había sido presidente del Grupo Santo Domingo y el hombre que le dio organización y forma a dicho grupo, Ministro de Justicia, Senador de la República, Director de un prestigioso periódico rodeado siempre de los mejores periodistas, no podía equivocarse en cuanto al talento, inteligencia y sindéresis.

Retrocediendo un poco las escenas de esta crónica, lo que más ligó a las dos generaciones de esta estirpe costeña conformada por Posada De la Peña (padre) y Posada Carbó (hijo), no fue la política sino el periodismo. Ambos llegaron a ser directores del Diario del Caribe, uno de los más prestigiosos medios de comunicación de la región y que era el contrapeso del diario El Heraldo por la calidad periodística que imponía al haber contado con figuras legendarias de la prensa como el maestro Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Julio Roca Baena, ente otros.

Padre e hijo dirigieron en épocas distintas el diario costeño. El primero lo hizo cuando el diario era propiedad del grupo que entonces presidía Julio Mario Santo Domingo, el segundo bajo la orientación del diario El Tiempo, que fue el último propietario antes de su desaparición. (Santo Domingo le vendió el periódico a David Name, asesorado por Armando Benedetti. Obvio, los Name sabían más de maternidad que de periódicos. El diario quebró. Reapareció Benedetti y convenció a los Santos que compraran el Diario del caribe, ganando comisión por punta y punta). Siguiendo la vena periodística de su padre, Posada Carbó mantuvo el esplendor del Diario del Caribe a pesar de los vientos de crisis que soplaban a su alrededor, lo que le valió la admiración de los Santos que veían desde Bogotá su entrega y capacidad para ejercer influencia regional. Todo supondría que el periodismo sería su albacea, incluso le dio un Premio Simón Bolívar en 1995 por «el mejor trabajo cultural en prensa». Pero fue la Historia la que dio a su vocación un lugar en el mundo. A la Historia se dedicó desde su viaje a Oxford para cursar un Máster en Estudios Latinoamericanos y luego se quedó para hacer su Doctorado en Historia Moderna, y se adaptó tanto a la flema inglesa que terminó casado con Louise Fawcett, una londinense con quien tiene cuatro hijos. Académico de tiempo completo, ha publicado varios libros y ha sido editor de revistas científicas.

No viene a Colombia con la frecuencia que podría desear y que el país, sobre todo la Costa, necesitaría (fue el organizador del primer Foro de la región y es un pensador profundo que aporta temas de debates interesantes). Pero los lazos los mantiene vigentes. La semana pasada estuvo presente en el Carnaval de las Artes que se celebró en Barranquilla y en el cual el historiador fue invitado para ser el orador inaugural del evento. Si el Carnaval de las Artes se ha constituido a lo largo de nueve años en un punto primordial en la agenda cultural de la ciudad, complemento ideal de las fiestas por la calidad intelectualidad y artística que le imprime, la sola decisión de traer a una voz de peso internacional como es la de Eduardo Posada Carbó merece los aplausos.

Palabras de Eduardo Posada Carbó en el IX Carnaval de las Artes

Eduardo Posada Carbó vestido de cumbiambero durante la inauguración del Carnaval de las Artes.

Mis primeras memorias del carnaval están asociadas con esa comparsa que, en la madrugada de un martes, se tomó la casa de mis abuelos en el viejo barrio del Prado. “Ay Jose”, lamentaban en coro las viudas carnestoléndicas, disfrazadas de luto. “Ay Jose, por qué te fuiste”, repetían una y otra vez con genuino desespero. “Ay Jose, regresa pronto”, era el canto esperanzador de aquel funeral festivo, al ritmo de cumbia marcado por flautas y tambores, que despedía con un hasta luego a Joselito, el símbolo del carnaval de Barranquilla.

No deja de ser paradójica la asociación del carnaval, fiesta de las fiestas, con la muerte. No solo en el entierro de Joselito. La muerte vestida de esqueleto es un disfraz popular, terror de la imaginación infantil con su aparición durante las fiestas. En una de nuestras danzas más tradicionales, la del garabato, su protagonista central es la muerte que con su guadaña se va llevando, uno a uno, a los bailarines que la enfrentan. Y en la literatura inspirada en nuestros carnavales suele predominar también la muerte, casi como obsesión. Así lo ilustra muy bien un ensayo de Ramón Illán Bacca, donde se preguntaba ¿por qué no se había escrito “la gran novela sobre el carnaval entre nosotros”? Cuentos y novelas con “fondo de carnaval” no han faltado, aunque no parecen abundar, pero en ellos se impone la muerte en sus diversas formas: el suicidio de un desempleado un lunes de carnaval, en el cuento de Olga Salcedo de Medina, Desolación; o en Algo tan feo en la vida de una señora bien, de Marvel Moreno, donde quien se suicida es la “señora bien”; o el asesinado a cuchillazos en Domingo de carnaval de Nestor Madrid Malo. Hay parricidio en el Cadáver de papá de Jaime Manrique Ardila, y asesinato equivocado a balas en La última batalla de flores de Hipólito Valencia. La misma novela de Ramón Illán Bacca, Disfrázate como quieras, es una historia policíaca alrededor de los misteriosos crímenes en el hotel Alhambra durante los carnavales de Marta Ligia Primera.

El Carnaval de Barranquilla.

Por supuesto que la asociación entre carnaval y muerte no es única de Barranquilla. En La Paz, Bolivia, por ejemplo, despiden el carnaval con el entierro del pepino, como símbolo de la fertilidad. “Las máscaras confrontan la muerte” es el título del cuadro en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, de James Ensor, el pintor Belga cuya casa era también un almacén de máscaras para el carnaval y quien llevó como pocos el carnaval a las artes plásticas en su época. En Mardi Gras, recordaba Carlos Monsiváis al inaugurar este evento aquí en 2007, “el demonio siembra cadáveres como si diera autógrafos”.

La asociación del carnaval con la muerte es además parte de su esencia alegórica, un festival que, como lo definen Victor Stoichita y Anna Maria Coderch en su fascinante estudio sobre Goya, El último carnaval, un festival (repito) que “celebra el periódico renacimiento del tiempo”. Joselito en realidad no representa la muerte del carnaval en Barranquilla, sino su anticipada sobrevivencia o, mejor aún, la suspensión de las fiestas hasta el año venidero. Goya pintó el “Joselito” del carnaval madrileño a comienzos del siglo diecinueve en uno de sus cuadros más famosos: El entierro de la sardina. En vez de un martes, ocurría el miércoles de ceniza. Y en vez del muñeco de la parranda, la muerte del carnaval era simbolizada por una sardina. (Aunque lo que se enterraba no era una sardina sino medio cerdo en forma de sardina). Pero al enterrar un pescado (aquella sardina), el día mismo en que se iniciaban el ayuno y la abstinencia, el funeral pintado por Goya adquiría todo el sentido inverso del carnaval. Era, como lo observan Stoichita y Cordech, como si el carnaval hubiese triunfado sobre la cuaresma, como si “el principio de la ‘carne’ triunfara en el mismo momento en que debía ocurrir su entierro”.

En su amable invitación para unirme a este festival, Heriberto Fiorillo me asignó un tema bien amplio: la imaginación y la creatividad. La muerte es todo lo contrario – destrucción y, en cierta forma, hasta la misma negación de imaginar. No abrí esta charla con el tema de la muerte para hacer de “aguafiestas”. Lo hago para reivindicar el sentido profundamente vital del Carnaval de Barranquilla y poder así apreciar su enorme significado frente a la obstinación intelectual de identificar la cultura colombiana históricamente con guerras y violencia, con la muerte; y su significado también frente a la imperiosa necesidad que tenemos, como nación, de reimaginar un país en paz.

Importa por ello entender muy bien el papel alegórico que juega la muerte en nuestro Carnaval. En vez de definir su esencia, sirve de contradictor. El Carnaval es su derrota. La novela de Ramón Illán Bacca lo ilustra estupendamente cuando uno de sus personajes, Freud Silvestre, escribe en un artículo para el Diario del Caribe, “No es una cultura de muerte, sino de vida la que nos rodea”.

Cultura de vida: eso es el Carnaval, derroche de alegría y felicidad, fiesta que desterró desde siempre las manifestaciones de violencia. “Casi todo es permisible, excepto peleas y puñaladas”, observó Goethe, el escritor alemán, en su magnífico testimonio sobre el Carnaval de Roma en 1788. También en Chile, donde el costumbrista José Joaquín Vallejo describió el Carnaval de Copiapó en 1842 como “manantial inmenso de […] vida”. Este ha sido pues su espíritu universal. Pero entre nosotros dicha expresión genuina y vital del Carnaval tendría que proyectarse mucho más por el enorme valor social que representa, por la imperiosa necesidad de resolver para siempre la verdadera tragedia humanitaria que los colombianos hemos sufrido en las últimas décadas. Cuando Celia Cruz cantaba “la vida es un Carnaval” no se refería a la inversión momentánea del orden social, como se interpreta con frecuencia el sentido del Carnaval por quienes han estudiado el sentido de las fiestas en la Edad Media. No. Para la cantante cubana, en vez de ser la suspensión de la vida cotidiana por algunos días, el Carnaval debía ser la vida misma, un mensaje para enfrentar a “aquellos que usan las armas/ […] 
aquellos que hacen la guerra/ […] aquellos que nos maltratan”. Celia Cruz festejaba entonces la vida como un Carnaval, la vida como “hermosura”, donde “las penas se van cantando”.

“Te jodieron muerte”, celebraba el público al final de la danza del Cipote Garabato en el 2012, cuando el baile triunfaba sobre la muerte, mientras los miembros de la comparsa removían el cadáver al ritmo del canto legendario, “ya me voy a despedir, yo ya me voy despidiendo”. El Cipote Garabato ha sabido reinventar la danza tradicional en forma aleccionadora: la victoria es ahora del baile y no de la muerte con su guadaña.  El video oficial del Carnaval de Cristina es otra expresión fantástica del significado vital del Carnaval. Se abre con la escena que simboliza el fin del Carnaval: con los llantos por la muerte de Joselito, seguidos de la figura amenazante de la muerte que, sin embargo, pronto se ve espantada por los desafíos de Cristina, al son de tambores que anuncian la resurrección. “Carnaval”, grita Joselito cuando se levanta, sacudiéndose del entierro, en esa fabulosa alteración del orden carnavalesco: vuelto a la vida, Joselito se ha convertido así no en el símbolo del fin sino del comienzo de las fiestas.

Carnaval, fiesta de la vida: ningún reto mayor para la imaginación que extender esa realidad festiva a todo el acontecer nacional en Colombia. Difícil concebir aquí otro propósito prioritario que el de desterrar para siempre la violencia. En la introducción a su obra de teatro, El Carnaval de la muerte alegre, Carlos José Reyes interpretó de manera fiel al Carnaval como “expresión que rechaza y niega el papel que la muerte intenta asumir una y otra vez como protagonista” en nuestros destinos.  En ese propósito, el Carnaval de Barranquilla es una muestra extraordinaria de creatividad y pedagogía para la vida.  Que debe servir además para enriquecer la memoria de la nación, revestida a ratos solo de luto. No todo en el pasado colombiano ha sido de barbarie. También contamos con una historia civilizatoria, de convivencia y tolerancia, que es preciso reconocer como parte integral de la cultura colombiana. Y el Carnaval es tolerancia acompañada de fantásticas manifestaciones de alegría. Hace más de un siglo, recordemos, la respuesta del Carnaval barranquillero a la guerra civil en Colombia fue una Batalla de Flores, hoy su fiesta central.

En 2003, la Unesco declaró al Carnaval de Barranquilla “patrimonio de la humanidad”.   Este reconocimiento internacional de nuestra festividad más tradicional debe apreciarse también como un amable desafío a extender sus lazos con la aldea mundial. Es quizás el mejor camino para su nueva reinvención y asegurar así su existencia por los siglos de los siglos. Algunos carnavales en el mundo han muerto y resucitado, como los de Málaga y hasta en la misma Venecia. Otros languidecen eternamente. No el de Barranquilla, cuya trayectoria bicentenaria de buenos éxitos se explica en parte por su capacidad para reimaginarse, una y otra vez. Desde su nacimiento, su naturaleza híbrida le otorgó significado flexible a su ser autóctono, que le ha permitido transformarse sin perder su esencia. Entiendo así la invitación de Heriberto Fiorillo para que nuestro Carnaval rompa con su “relativo encerramiento como fiesta” y entable “diálogos con otros carnavales del mundo”.  Es éste, creo, el sentido que tiene desde sus inicios el Carnaval Internacional de las Artes convocado en buena hora por la Fundación La Cueva. El Libro del Carnaval que registra la inauguración de este magnífico evento, en 2007, destacó en letra de imprenta el origen internacional de quienes atendieron aquella primera convocatoria: Mexico, Argentina, Brasil, Estados Unidos, Cuba, Italia…

En estas y otras partes del mundo, y aquí en Barranquilla por supuesto, el Carnaval ha sido y sigue siendo fuente de inspiración de las artes y las letras, en todas sus manifestaciones. Al querer dialogar con otros carnavales del mundo vale la pena acercarnos también a todas las obras artísticas y literarias inspiradas en el Carnaval. Algunos nombres y expresiones del arte son más obvias que otras. Para mí la gran sorpresa al preparar esta charla fue el descubrir piezas de música clásica dedicadas al tema (reflejo, claro, de mi ignorancia): Carnaval del compositor alemán Roberto Schuman, La obertura Carnaval del checo Antonín Dvorák, el Carnaval de los animales del francés Camille Saint-Saëns. Les he escuchado fascinado en las últimas semanas, intercalados con la canción de Celia Cruz, tratando de identificar algún espíritu común. Y todos, me parecía, animaban la alegría de vivir: En ellos el Carnaval también se proyectaba como festival de la vida. Alcancé, sin embargo, a dudar del ejercicio y le envié un mensaje a Gustavo Bell: oye, le pregunté, “para inspirarme en mi charla inaugural en el Carnaval de las Artes en Barranquilla me la paso escuchando estas obras de Schuman, Dvorák y Saint-Saëns, ¿tu no crees que ande algo despistado”. No tanto, fue su respuesta alentadora, mientras me sugería: “Dale también una nueva lectura, con banda sonora incluida, a Te olvidé, verdadero himno del Carnaval de Barranquilla”. Y así lo hice.

Cuando en mis épocas de estudiante en Bogotá llegaba a una reunión social, quienes identificaban mi origen costeño me pedían con frecuencia que les echara un “chiste”. Reacciones similares provocó entre algunos de mis amigos académicos en Inglaterra cuando les dije que estaba preparando esta charla para el Carnaval de las Artes: “tienes que soltar algunos chistes”, me observaban. No puede ofendernos ni extrañarnos que se asocie el humor con el Carnaval, parte de su mismo ser y expresión más genuina. Dicen que el compositor francés Camille Saint-Saenz concibió “El Carnaval de los animales” como un “chiste musical”. Tras sus primeras presentaciones, sin embargo, decidió abandonarlo pues temió que arriesgaba su reputación de “compositor serio”.  Hoy es su obra más famosa, que le honra como compositor. Hay que tomarse el Carnaval en serio. Eso es lo que ha hecho Barranquilla por 200 años, de lo contrario el Carnaval aquí habría desaparecido. Hay que tomarse el Carnaval en serio para contraponer a nuestra realidad carnavalesca, en su sentido bárbaro y grotesco, este festival de la vida que es nuestro Carnaval. Y este festival, que hoy arranca en su novena edición, es una prueba más de cómo el Carnaval es cosa seria.

Declaro oficialmente abierto el noveno Carnaval Internacional de las Artes.

Que viva esta fiesta de la vida.

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