España no debe ser mero espectador del desembarco de Pekín en Latinoamérica.
Ya desde hace años la última potencia comunista del planeta se ha convertido en uno de los principales actores del escenario económico global. Una muestra reciente ha sido la reunión celebrada los pasados viernes y sábado en Pekín entre China y los países que forman la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), en la que el presidente chino, Xi Jinping, ha sido recibido por sus pares prácticamente como un salvador, desatando una especie de competición entre algunos mandatarios por ver cuál obtenía condiciones más ventajosas con China.
China ha decidido desembarcar en Latinoamérica de manera abrumadora, no solo por el monto de capital que empleará, sino también por sus objetivos —aumento del intercambio comercial hasta los 500.000 millones de dólares anuales— y por el nivel de representación política que está empleando en la operación.
España no debe ser un espectador en este proceso. Latinoamérica es vital para la inversión exterior de nuestro país, y aunque no pueda competir en cifras con Pekín, cuenta con dos factores que debería hacer valer: el primero, que su importante presencia empresarial, desde hace años, ha supuesto un beneficio para todas las partes. Y el segundo, que los mejores modelos —económicos, pero también políticos y sociales— para Latinoamérica son los de las sociedades democráticas.
Tomado de El País de Madrid ]]>