Kaguta Museveni*, presidente de Uganda, cansado de estar cuidando a su población como quien ataja pollitos, habló fuerte y duro.
Por Chacharero/vozugandés
Calles de Kampala atiborradas de gente sin tapabocas, ni guantes ni distanciamiento preventivo.
Uganda es un país relativamente pequeño, con una población total –según censo de hace dos años–, de 43 millones de habitantes, un millón y medio de ellos residen en la capital, Kampala. Desde cuando arribó a su territorio el fatídico Coronavirus nacido en Wuhan, China, Kaguta hizo un llamado fraternal para que se aplicaran de manera estricta todos los protocolos para evitar los contagios.
Nadie le hizo caso. La gente siguió rumbeando por las calles a pata pelá, sin tapabocas, ni guantes. Como si nada en la vida los estuviera amenazando. Resultado: en menos de lo que canta un gallo resultaron dos mil contagiado y, gracias a la eficiente y urgente reacción de los equipos médicos, se logró recuperar 1.046, pero la tasa de contagios siguió creciendo, y aunque todavía no se registra impacto de letalidad, es de suponer que estos vendrán a chorro.
Entonces vendrá el ‘mamita mía, sálvese quien pueda…¡Dios sálvanos de este desgraciado virus cachón”. Lo mismo que ocurrió en Barranquilla y en Atlántico. Que mientras las autoridades locales luchaban por frenar la indisciplina social, la falta de camas en los hospitales, las pocas Unidades de Cuidados Intensivos (UCI), el Gobierno Nacional no sabía hacia dónde correr a apagar los tantos conatos de incendios por el Covid-19. Y el Congreso de la República, en su mayoría partida de malandrines que viven dándose trompadas por los contratos de los aportes para la pandemia, de la corrupción rampante y campante en las cuevas de ratas llamadas EPS. Y para colmo de todas las vergüenzas de estos desvergonzados representantes y senadores (con respetables excepciones dignas de sobresaltar), negándose a aceptar devolverle cada uno de ellos al Estado 14 millones de pesos por unos recursos que no se gastaron ni ganaron porque las sesiones son virtuales. Un mequetrefe senador salió con el cuento estúpido de que los derechos adquiridos se respetan y ellos tienen ese derecho a recibir esa recompensa por los desplazamientos de cada semana para acudir a las sesiones presenciales. Lo que se cae de su peso, al ser reemplazadas por sesiones virtuales, en donde ellos están desde la cocina o en el baño, como lo ocurrió a una senadora que dejó el micrófono abierto por los afanes estomacales de ir al baño y desde allí, en medio del ruido de lo que salía d su abdomen y el escándalo de los vientos fecales, le recordó la madre al ilustre senador Bolívar y le dijo que era un regalado. El cinismo de esos Congresistas que defienden los derechos adquiridos no tiene límites, como si fueran unos tontos ignorantes que no recordaran que durante los dos periodos de senador de Álvaro Uribe y los dos como Presidente, pisotearon y trapearon con todos los derechos adquiridos por la clase trabajadora al quitarles el recargo nocturno, el pago doble de dominicales, y la mesada 14 de los pensionados. ¿Quién chistó por la pérdida de esos derechos adquiridos? ¡Nadie! Y ahora vienen unos desalmados congresistas a reclamar para sí unos derechos adquiridos cuando ellos han pisoteado de manera infame y miserable los derechos adquiridos de las clases trabajadoras, del magisterios y del personal médico y para médico. Lo que justifica de manera plena parafrasear la frase del presidente ugandés: «¡Dios no puede postergar el más duro y merecido castigo a tanto malandrín en la política colombiana».
«Dios no puede estar cuidando a tantos idiotas», es la pura verdad, señor presidente de Uganda, Kaguta Musevoni.
El discursp de Kaguta Musevoni
Dirigió este discurso a las personas que no están dispuestas a cuidarse durante este período de cuarentena por el COVID-19. Este fue el discurso:
“Dios tiene mucho trabajo, tiene que cuidar a todo el mundo. No puede estar aquí en Uganda cuidando idiotas …”
“En una situación de guerra, nadie le pide a nadie que se quede en casa. Usted se queda en casa por elección. De hecho, si tienes un sótano, te escondes allí, mientras persistan las hostilidades.
Durante una guerra, no insistes en tu libertad; voluntariamente la abandonas a cambio de sobrevivir.
Durante una guerra, no te quejas del hambre. Si tienes hambre, rezas para sobrevivir, para poder volver a comer algún día.
Durante una guerra, no discutes sobre tu derecho de abrir tu negocio. Cierras tu tienda, sin pensarlo, corres por tu vida y rezas para sobrevivir a la guerra. Esperando volver a tu negocio, rogando que no haya sido saqueado o destruido por el fuego de los morteros.
Durante una guerra, estás agradecido con Dios, por ver otro día en la tierra de los vivos.
Durante una guerra, no te preocupas si tus hijos no van a la escuela. Ruegas para que el gobierno no se los lleve a la fuerza para entrenarlos como soldados en las instalaciones de aquella escuela que ahora convirtieron en depósitos militares.
“Bueno, el Mundo entero se encuentra actualmente en un estado de guerra. Hay gente que aún no lo entiende”. Una guerra sin armas y balas. Una guerra sin soldados humanos. Una guerra sin fronteras.
Una guerra sin acuerdos de alto al fuego. Una guerra sin una sala de guerra. Una guerra sin zonas sagradas.
El ejército en esta guerra no tiene piedad y ni bondad humana. Es indiscriminado: no respeta a los niños, a las mujeres ni lugares de culto. Este ejército no está interesado en botines de guerra. No tiene intención de cambio de régimen. No le preocupan los recursos minerales valiosos debajo de la tierra. Ni siquiera le interesa la hegemonía religiosa, étnica o ideológica.
Su ambición no tiene nada que ver con la superioridad racial. Es un ejército invisible, despiadado y despiadadamente efectivo.
Su única agenda es una cosecha de la muerte. Solo se sacia después de convertir el mundo en un gran campo de muerte. Su capacidad para lograr su objetivo no está en duda. Sin máquinas terrestres, anfibias y aéreas, tiene bases en casi todos los países del mundo. Su movimiento no se rige por ninguna convención o protocolo de guerra.
En resumen, es una ley en sí misma. Es el coronavirus. También conocido como COVID-19. Desafortunadamente, este ejército tiene una debilidad y puede ser derrotado. Solo requiere nuestra acción colectiva, disciplina y paciencia.
Capitula frente al distanciamiento social y físico colectivo. Se inclina ante una buena higiene personal. Es impotente cuando tomas tu destino en tus propias manos, manteniéndolos desinfectados tan a menudo como sea posible.
Este no es un momento para llorar por el pan y la mantequilla como niños mimados. Obedezcamos y sigamos las instrucciones de las autoridades. Aplanemos la curva COVID-19.
Ejercitemos la paciencia. Seamos los guardianes de nuestros hermanos. En poco tiempo, recuperaremos nuestra libertad, nuestras empresas y nuestra socialización “.
En medio de la Emergencia, practicamos la urgencia del servicio y la urgencia del amor por los demás
*Estas palabras se consideran hasta ahora, el mejor y más inteligente discurso público jamás realizado durante Covid-19.
