Tal como sucede en Colombia, las encuestas lo daban por derrotado desde un comienzo. Se aseguraba que el final sería femenino: Dilma vs. Marina.
Por Chachareros, con apoyo de El País de Madrid, O Globo y AP
Como sucede en Colombia. Las encuestas se equivocaron por un poquitín. Porque indicaban que el domingo ganaría el boleto para la segunda ronda Marina Silva, del Partido Socialista Brasileño (PSB) para disputar, en 20 días, la presidencia en la ronda final a Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT). Que es, valga la pena recordarlo, la pechichona, la consentida, la más querida de Luiz Inacio Lula da Silva, quien la ve y la mima como una nieta.
No fue así. Silva se desplomó, y apenas alcanzó el 21, 32% para quedar en un modestísimo tercer lugar, mientras que Dilma punteó con un 41,59% y en segundo lugar el sorprendente ex playboy Aécio Neves con un 33,55%.
La pregunta es: ¿podrá Neves superar los 9 puntos que lo separan de Dilma? ¿Cómo y con quién lo hará? Esas son las respuestas que se barajan de aquí al sábado 25 de octubre.
En un vistazo a los principales medios que hicieron un completo cubrimiento de lo ocurrido el domingo en Brasil, encontramos detalles muy curiosos.
Por ejemplo, el brasilero es de verdad un votante libre, espontáneo. No faltará, claro que sí, la compra y venta de votos. Con toda seguridad que allá hay mochileros. Y hay dirigentes traviesos, o peores, con toda seguridad, como El Gato Volador, Pulgar Daza, Yahir Acuña o una congresista costeña muda (nunca nadie le ha escuchado la voz ni en la plaza pública ni en el Congreso.)
Sin exagerar, en Colombia hay congresistas porque son ‘suertudos’ – o suertudas—como le ocurrió a una bella dama a quien le compraron la credencial a voto limpio y se la llevaron al lujoso apartamento en donde la tienen viviendo.
En Brasil deben pasar todas esas cosas. Y peores. De todas maneras es admirable que el votante brasilero muestra una altísima participación (el 81% de los electores habilitados acuden a las urnas), ¡admirable!; no es un votante apasionado, fanático, bruto, como el elector venezolano; ni es un votante sin conciencia, como la mayoría de los colombianos que venden el voto.
El Partido de los Trabajadores (PT), el Partido de Lula da Silva, ha disfrutado de 12 años de mandato (8 de Lula y 4 de Dilma), y ha logrado cambiarle el rumbo al país. Lo que no se sabe es si los votantes quieran cambios más profundos. Más a fondo. Porque de que hay atraso, lo hay. Como hay hambre y miseria en las favelas, faltan ajustes en los derechos humanos y en las libertades y derechos individuales. La brecha entre ricos y pobre es cada día más grande. En fin. Un típico vecino suramericano.
Cómo lo vieron en El País de Madrid
La presidenta Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores y el liberal Aécio Neves, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (Psdb), disputarán el segundo turno de las elecciones brasileñas, el próximo 26 de octubre. La gran derrotada de esta primera ronda es Marina Silva, del Partido Socialista Brasileño (PSB), que coqueteaba con el triunfo hace unas semanas, según los sondeos, pero que acabó despeñándose en una caída inusitada.
Rousseff, con el 93,5% de los votos contabilizados, obtiene un 41,08% de las papeletas. Neves, en una remontada inesperada y chocante, consigue un 34,2%. Silva, que se hunde paralelamente al ascenso de su rival, queda eliminada con un 21,14%. La abstención fue del 19%. A principios de septiembre, Aécio Neves, dado por descartado por casi todo el mundo, se arrastraba con un 14%.
Esta auténtica montaña rusa de encuestas que suben y bajan son, simplemente, el reflejo de una campaña imprevisible e hipnótica, marcada por un accidente aéreo que lo revolucionó todo. En este primer turno, los brasileños decidieron, sobre todo, quién es el primer perdedor.
Neves, la sorpresa a lo James Rodríguez
La victoria de Rousseff no es una gran sorpresa. El segundo puesto de Neves (y su 34% de votos), sí. Fue algo así como la inesperada aparición de James Rodríguez en el reciente Mundial de Brasil, en donde, sin duda, opacó el brillo de la estrella mundial local Neymar.
Desde hace 10 días, la presidenta aparecía siempre en cabeza, con una cómoda ventaja en todos los sondeos, muy por encima de sus oponentes.
No fue siempre así. De hecho, a principios de septiembre, Silva, exministra de Medio Ambiente con Lula da Silva, empataba con la presidenta en los pronósticos tras convertirse en candidata sobrevenida después de que el aspirante de los socialistas brasileños, Eduardo Campos, falleciera el 13 de agosto al estrellarse su avioneta en la ciudad de Santos. El accidente conmocionó al país y catapultó las expectativas de Silva, que pasó de casi invisible número dos de la candidatura a verse en todas las portadas de todos los periódicos, nacionales y extranjeros. En un país oficialmente laico pero en el fondo muy religioso, mucha gente pensó en una suerte de predestinación para la presidencia (la candidata iba a montarse en esa avioneta funesta pero desistió en el último momento). Y Silva supo aprovecharse de esa marea.
Pero sonó la alarma en el PT, la única formación con estructura verdadera de partido en Brasil, en el poder desde hace 12 años (ocho con Lula y cuatro con Rousseff). La misma presidenta, que gasta justificada fama de dura, implacable y poca amiga de retroceder, tocó a rebato a sus asesores y decidió que el enemigo a batir era Silva (y no el que hasta ese momento era el oponente tradicional, Aécio Neves) y que convenía centrar en ella sus ataques. Así lo hizo la propia Rousseff personalmente en los debates televisados, donde incidió en las contradicciones del programa de Silva en cuestiones ambientales y económicas. Rousseff jugaba con otra ventaja añadida muy importante: los minutos diarios de televisión. Por ley, ha gozado de mucho más tiempo que su oponente. Y los ha sabido aprovechar: un anuncio que causó un revuelo considerable en el país mostraba a una familia que, de golpe, y por el poder de unos banqueros invisibles, veían cómo desaparecía la comida del plato. El mensaje era evidente: si subía al poder Marina Silva, considerada a la derecha del PT, y según este partido, proclive a dar más poder a los bancos, muchas de las conquistas sociales de la franja más pobre de la población podían desaparecer.
Silva se apresuró a desmentir el mensaje, a acusar a Rousseff de azuzar el voto del miedo y de emplear golpes bajos. Paralelamente, Neves, el tercero en discordia, heredero de las políticas más liberales y estabilizadoras del expresidente Fernando Henrique Cardoso, del PSDB, consciente de que Rousseff era ya inatacable en el primer turno, centró su crítica también en la ya atribulada Silva, acusándola de haber pertenecido al PT durante más de 20 años y presentándose a sí mismo como la única alternativa y bandera del “verdadero cambio”. Un concepto, por cierto, utilizado por los tres candidatos pero que en boca de Neves, según los electores, ha sonado más creíble que en la de Silva.
¿Y ahora? Decidirán los votos de los seguidores de Silva, que no votan en bloque. Neves, con un electorado más de clase media, tratará de convencer a los hasta ahora adeptos de Silva de que con él la economía, ahora estancada, recuperará el rumbo, de que logrará enderezar las cuentas públicas y sacar a la industria del marasmo en el que se encuentra; Rousseff se volcará en la facción de menos renta de esos electores, y les recordará los, a su juicio, logros sociales que el país alcanzó con los 12 años del PT en el país. Todo puede pasar en las tres semanas que quedan de esta campaña abonada a lo sorprendente.
La segunda vuelta, Duro examen para Dilma y Lula
(Análisis de Raquel Seco / Juan Arias / Sao Paulo / Río de Janeiro).- Las elecciones brasileñas que en la segunda vuelta medirán a Dilma Rousseff y Aécio Neves, deciden fundamentalmente una cosa: si el país opta por el cambio o continúa apostando por el liderazgo del Partido de los Trabajadores (PT), un gigantesco aparato político que ha dominado la escena electoral brasileña durante los últimos 12 años. De hecho, es la cuna de dos de los principales candidatos que se han enfrentado este domingo en las urnas: la presidenta Rousseff y Marina Silva, exministra durante el Gobierno del carismático exsindicalista Lula da Silva, fundador, impulsor y emblema máximo del PT.
Lula fundó el partido, una de las mayores formaciones de izquierda de América Latina, en 1980, junto a otros 99 compañeros, entre ellos trabajadores, intelectuales y católicos progresistas. Nacido a la izquierda, llevó a cabo una dura oposición a los gobiernos predecesores y llegó a votar contra la Constitución. Durante los ocho años de mandato de Fernando Henrique Cardoso (Partido de la Social Democracia Brasileña, PSDB), su militancia, la más aguerrida y organizada de todos los partidos, acuñó el eslogan de “Fuera FHC”, las siglas de Cardoso.
La muerte de Eduardo Campos en un accidente aéreo fue un duro golpe para el Partido Socialista de Brasil (PSB).
Tras intentarlo tres veces sin éxito, Lula conquistó por fin la presidencia en 2002. Y aplicó, paradójicamente, algunas recetas económicas de corte neoliberal. “También recibió de Cardoso una inflación baja y una estabilidad económica que supo aprovechar para crear la gran herencia del PT en Brasil: políticas sociales, redistribución de renta y la reducción de la desigualdad”, comenta Fernando Azevedo, politólogo de la Universidad Federal de São Carlos. Su segundo mandato, (2006-2010) además, coincidió con un boom de la economía brasileña que le permitió colocar definitivamente la inclusión social y la lucha contra la miseria en el centro de su agenda política. Esta es la gran apuesta del PT, sostiene Azevedo, que añade: “Y esto va a perdurar sea quien sea el sucesor en las urnas, incluidos los candidatos que no son del PT”.
Lula intuyó que había que convertir a 30 millones de brasileños que se movían entre la miseria y la pobreza en verdaderos consumidores. Les proporcionó créditos, financió el gasto y les apoyó con programas sociales como la Bolsa Familia (subvenciones a familias pobres) o Mi casa, mi vida (subvenciones para comprar viviendas). Con esta idea de apertura al crédito popular, aguantó la crisis internacional y sacó a esa inmensa cantidad de personas de la pobreza.
Rousseff también fue ministra de Lula. Y fue designada por él para continuar su labor al frente del país. Sus cuatro años en la presidencia se han diferenciado de los de su mentor en que el ritmo económico se ha frenado y la inflación ha vuelto a subir. Los empresarios, además, la han visto siempre con más desconfianza al considerarla más intervencionista que Lula.
El PT de 2014 llega también a las elecciones afectado por varios escándalos de corrupción que arrastra desde la época de Lula. El mensalão, la compra de apoyos de parlamentarios para aprobar proyectos gubernamentales, manchó para siempre la imagen del petismo a ojos de la mitad de Brasil. El expresidente acusó a otros cargos de traición y logró salir ileso de uno de los mayores casos de corrupción política del país. La estatal Petrobras también se ha visto afectada durante esta campaña por un caso de supuestas comisiones ilegales que Rousseff ha tratado de minimizar.
Un efecto colateral y sorpresivo del hecho de haber sacado de la pobreza a 30 millones de personas también afecta al PT: “Por primera vez hay un conservadurismo popular en Brasil”, sostiene el sociólogo Rudá Ricci, que añade: “El elector es muy pragmático, preocupado sobre todo por la defensa de su nueva capacidad de consumo y de su familia”.
Las protestas de junio del año pasado mostraron que este brasileño medio está desencantado y que mira con lupa y desconfianza al poder. Según la última encuesta del Instituto Datafolha, el 74% de los electores busca un cambio, pero, según los últimos sondeos, Brasil se ha estancado.