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Diego Marín, el adiós a un trabajador literario

Vivía en una permanente agonía pensando en el argumento de sus clases y en los temas de sus columnas. Un ser humano incomprendido. 

Por Chachareros/archivos personales
Diego Marín Contreras tenía 58 años (nació en Barranquilla en 1958). No tenía por qué morir tan joven. Era un hombre apegado a la vida, a sus libros, a sus clases y a sus columnas. Pero la vida es así. Como diría uno de sus alumnos con profunda tristeza, “al profe le falló el mango, qué dolor, qué pena”.

Diego Marín Contreras, escritor y columnista de varios periódicos locales y regionales, falleció este domingo en Barranquilla de una falla cardiovascular.

Fue profesor de español y literatura en diferentes colegios y universidades de la urbe. Director de la Biblioteca Piloto del Caribe, la Biblioteca Departamental, Secretario de Cultura del Atlántico y columnista de varios diarios de circulación local en Barranquilla. Además, llevó a cabo, en el plano nacional e internacional, tareas inherentes a la promoción del libro y los hábitos lectores durante décadas. Fue intérprete y comentarista del arte, la literatura y las diversas manifestaciones culturales que se expresan en los temas urbanos de sus columnas. Es escritor y poeta profundo.
Su fallecimiento se produjo en la noche de este domingo en su residencia ubicada en el Alto Prado. Sus allegados confirmaron que su deceso se produjo a causa de una falla cardiovascular.
Además de sus tareas académicas en colegios y universidades, Marín Contreras fue director de la Biblioteca Piloto del Caribe, de la Biblioteca Departamental y secretario de Cultura del Atlántico.
Asimismo, se desempeñó como intérprete y comentarista del arte, la literatura y las diversas manifestaciones culturales que se expresan en los temas urbanos de sus columnas.
Muy a pesar de su innegable talento fuera de lo común, nunca disfrutó de una vida holgada y tranquila, porque, en realidad, en nuestro medio el oficio de escritor o columnista de un diario es muy mal remunerado. Y para colmo de males, el autor tiene que hacerse amigo de alguna secretaria intermediaria, a quien rogarle para que le ayude a sacar el cheque cada mes por el pago de sus columnas. Por eso siempre se le veía angustiado, nunca caminando, sino trotabndo.
Desde luego, es la circunstancia de ser periodista y columnista en Barranquilla y no en Copenhague, la hermosa capital de Dinamarca, en donde un columnista vive de lo más bien con cinco columnas que le publiquen al mes, o un periodista devenga en salario de un ministro colombiano con tres o cuatro buenas crónicas mensuales. Pero aquí, en una economía que parece una montaña rusa, los medios de comunicación apenas ganan para dar de comer (bien) a sus dueños, no a quienes ejercen el sacrificado oficio de periodistas, columnistas o fotógrafos.
Como un homenaje póstumo a tan excelso escritor, publicamos una de sus más leídas columnas, publicada en Tiempo Caribe:

Escribir una columna

Por Diego Marín Contreras/16 de mayo de 1996

Diego Marín Contreras y una de sus más leídas columnas.

A mis alumnos Cuando esta columna va a cumplir un año de aparecer semanalmente en las generosas páginas de Tiempo Caribe, quizá no resulte impertinente que su autor se detenga un instante a reflexionar sobre su oficio, que no acerca de la calidad del mismo, evaluación que corresponde por entero a sus lectores, quienes deciden si lo ha hecho bien o mal.
La reflexión parece legítima en la medida que en nuestro medio periodístico proliferan como conejos los columnistas, y no hay quien no se sienta con derecho a opinar por escrito sobre lo divino y lo humano, explosión demográfica que plantea un serio problema de espacio a los directores de periódicos, pero más aún a la naturaleza y los fines del periodismo, que viene padeciendo desde hace años, en materia de opinión, los excesos sintácticos y conceptuales de tanto columnista improvisado.
Las columnas, ya sean dóricas o periodísticas, deben sostenerse sobre unos sólidos cimientos. Largos años de lecturas, de trato metódico con el idioma y analizadas experiencias vitales constituyen ese basamento que no es necesario exhibir, como un nuevo rico de la cultura, para que el lector perciba que la columna se sostiene con autonomía y suficiencia, incluso aunque no esté de acuerdo con lo que en ella se afirma. Esa sensación de solidez, de estructura férrea, que dejan, por ejemplo, las columnas que Hernando Téllez escribió en El Tiempo durante los años cincuenta. Leídas hoy, en esas páginas se nota el amoroso deleite con que se funden en ellas la piel de las palabras y los huesos de las ideas.
Antes que nada, una columna debe estar bien escrita. Uno debe enfrentarse a esas dos cuartillas y media con el mismo rigor, y la misma ambición de excelencia, que pone un zapatero al pegar los clavos en ordenada fila, un poeta al escribir el primer verso o un matemático al despejar una ecuación de segundo grado. También, por supuesto, con el mismo amor. Este último radica en que el lector no sabe que aquellas palabras que lee distraído mientras toma el café o mira de reojo ese cuerpo que pasa, son el fruto de horas de lenta escritura, donde cada adjetivo ha sido pensado para ganar su atención, para atraparlo y seducirlo con la magia de las palabras.
Porque un buen columnista, en últimas, no es más que un mago, un hombre que lleva a cabo frente a nosotros un acto de ilusionismo, mediante el cual nos persuade que la realidad es tal y como él la escribe. Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con Antonio Caballero –uno de los pocos columnistas que vale la pena leer en este país–, pero de ningún modo le puede negar sus dotes de prestidigitador.
Hacer magia no es decir mentiras, sino hallarse tan comprometido con la propia visión de la verdad que la necesidad de comunicarla se torna imperiosa, un asunto de vida o muerte. Hacerle magia al lector es quererlo, respetar su inteligencia y su sensibilidad humana hacia las obras bellas y bien hechas, sin que el columnista se suba en un pedestal por el simple accidente de que sus palabras salgan publicadas en un periódico (recordemos, al respecto, que las hojas de los diarios acaban en el piso, humedecidas en el borde, a la espera de la basura que envía la escoba).
Por último está la coherencia. Una columna es vertical; así debe ser quien la escribe. Quiere la esquizofrenia de nuestra época que los cínicos hablen de moral y los canallas de lo buenos que son. Sin arrebatos fariseos, sin diluirse en la anécdota espectacular, el columnista debe aprender a llamar las cosas por su nombre. Y esa distancia sólo podrá alcanzarla en la medida que él mismo no forme parte de la farsa que dice denunciar. De lo contrario, se convierte en un bufón que sólo inspira despectivas sonrisas del lector.
Aunque hay quienes escriben columnas de aire, es mejor escribir sobre la propia tierra. Verbigracia a mí me ocurre que, para bien o para mal, escribo más que nada sobre mi ciudad. Debe ser porque la amo demasiado. Pero ya esa es otra columna.

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