Aunque su losa luzca reluciente, barranquilleros de todos los estratos aún tienen la costumbre de comprar sus sanitarios en la calle 30, donde se consiguen usados de todos los estilos, tamaños y colores, a precios cómodos.
Por Jorge Sarmiento Figueroa. Fotos: Francisco Figueroa
La mayoría de esos autos de lujo pasan de largo por esta vía como si huyeran de una fiesta en la que no quieren estar. Pero la calle 30 termina siendo su destino obligado, sea que la tomen como el camino para ir al aeropuerto, que vayan para el mercado o que necesiten alguna de las infinitas cosas que solo en esta calle de comercios increíbles pueden conseguir.
«Y eso que ya no está ‘El boricua’ ni los puteaderos que estaban de este lado, sino la fila de carros no terminara», dice el ‘Papi’ González sentado en un banco junto al bordillo de un negocio de venta de sanitarios y lavamanos de segunda mano. El ‘Papi’ limpia con cuidado la tapa de un bacín que acaba de comprarle a un carro e’ mulero por 3 mil pesos. La tapa solo tiene una pequeña astilla de golpe en la esquina derecha, el resto es sucio del uso.
-A la orden -saluda el ‘Papi’. Alguien baja desde adentro la ventana del copiloto hasta un poco más arriba de la mitad. Aparece un rostro femenino de abundante cabello amonado y ojos verdes, observa la oferta dispuesta en la acera. Lavamanos de todos los colores, formas y tamaños, algunos en perfecto estado, otros no tanto. Bacines, tapas, manijas.
-¿Esa será la tapa que necesito?-, pregunta desde adentro. No hay duda, es una mujer.
-Si usted cree que esa es la tapa, se la vendemos. Y si le queda pequeña o grande se la cambiamos por la que necesita, por eso no hay problema -, responde el ‘Papi’.
El ‘Papi’ anduvo en silla de ruedas
El ‘Papi’ interrumpe para recibir a otro cliente de bacines que se acerca. -A la orden, amigo-. Le vende un lavamanos, regateando lo dejó en 23 mil pesos, y continúa con su relato: «Por ese accidente duré tres años en silla de ruedas. Ya estoy caminando gracias a Dios. Duré cuatro años en Caracas porque Chávez había mandado a traer a unos médicos cubanos que dizque eran la última maravilla. Lo que hicieron esos cubanos fue ponerme más mal. No me encontraron nada y me salieron con que me iban a operar por una hernia discal en el hueso del ‘ñango’ y que si me operaban me iban a dejar inválido de por vida. No acepté. Yo sabía que no tenía ninguna lesión grave, sino un golpe en el nervio ciático que era el que no me dejaba caminar. Y ellos no habían dado con el golpe».
Estando acá se hizo amigo de un médico que lo llevó al Centro Traumatológico del Caribe. «También buscaron por toda la columna con radiografías y resonancias, nunca me encontraron nada. Entonces a punta de terapias me pusieron a caminar, primero con un bastón, pero a la semana ya daba pasos sin ayuda». Fue tan formidable su recuperación que a los quince días le dijeron al ‘Papi’: «Bueno, señor, nos deja el bastón aquí y usted verá cómo se va. Ya no necesita eso, sino convencerse que está bien. Pierda el miedo de caminar porque no tiene nada. Váyase sin agachar la cabeza sino mirando siempre de frente, para que no tropiece ni se amilane».
El ‘Papi’ se levanta del banco donde está limpiando la tapa de un bacín, para mostrar sus fuerzas renovadas. Da dos pasos, menea el cuerpo hacia ambos lados como un gimnasta. Aclara que todavía va al centro médico y que cada tres días le hacen una terapia. No paga un peso por eso, todo lo cubre el Sisben, el sistema estatal colombiano que cobija a las personas sin medios para cubrir por sí mismas las necesidades básicas.
Alguna vez tuvo familia
«Apenas las vi supe que eran mías. Yo se las quité a dos mujeres trasnochadoras con las que había salido largo rato, tres o cuatro años, durmiendo con ellas todos los días. Como era taxista, tenía cierto privilegio de que a la prostituta le gusta estar montada en el carro, ¿ya me entiendes? Me las gané y terminé siendo marido de ambas, las dos tenían el nombre de Carmen (Cortés y Arrieta). Pero con el tiempo eso se derrota porque ellas son mujeres para no vivir con nadie. Si salen embarazadas, o uno se queda con el bebé o ellas se largan de uno».
El ‘Papi’ recuerda cómo era esta calle cuando sus hijas eran pequeñas. «Cuando eso la fila de carros no tenía final. Iba desde allá desde el antiguo teatro Mogador y el Tropical hasta el bar ‘El Boricua’. La venta de fritos y vainas era por doquier. Si las camionetas de hoy estuvieran en aquel entonces, no les daría pena estar aquí».
Era la época en la que las mujeres europeas, especialmente las francesas, deleitaban a los navegantes y prósperos comerciantes de la Barranquilla esplendorosa. «Había una francesa a la que llamaban la Madame, era una ricura. De los pueblos de la Costa también venían bellezas. Todo esto era pura cantina y le llamaban Bocas de Cenizas. El mejor bar era ‘El boricua’, en aquella esquina. Y aquí donde están los evangélicos, frente a lo que quedó de la iglesia San Rafael, quedaba un bar que se llamaba ‘Los ejecutivos’ porque el dueño tenía plata y le puso ese nombre. Llegaban las más bellas y los hombres andaban en corbata». El nombre del bar ‘El Boricua’ lo mantiene en su honor un ex jugador nacido allí en el barrio Montes que se la pasaba metido en aquella esquina, amigo de toda la vida de el ‘Papi González.
Poco a poco las luces de aquel entonce se fueron apagando. Cuando todo se acabó en la vida de oropel de la calle 30, las dos Carmen del ‘Papi’ se fueron del sector, como las francesas y todas aquellas mujeres atraídas por los engaños de la vida fácil. Los que aún viven por aquí quedaron vencidos, regados en el camino, tratando de sobrevivir con el brillo de las cosas usadas para que las disfruten como nuevas los que pasan y no llegan, los que llegan pero no se quedan, como si la fiesta no fuera con ellos.