Icono del sitio La Cháchara

Detrás del negocio de los sanitarios usados

Aunque su losa luzca reluciente, barranquilleros de todos los estratos aún tienen la costumbre de comprar sus sanitarios en la calle 30, donde se consiguen usados de todos los estilos, tamaños y colores, a precios cómodos.

Por Jorge Sarmiento Figueroa. Fotos: Francisco Figueroa

Entre los buses, busetas, taxis, motos, «carro e’ mulas», vendedores del mercado y compradores de a pie que pululan por la calle 30, una hilera de camionetas y autos de lujo suben y bajan raudas. A pesar de la suciedad, los atascos, la inseguridad, el frenesí, esta calle es una de las más tradicionales e importantes del Centro de Barranquilla, que ha pasado las verdes y las maduras por el crecimiento desordenado de esta ciudad del Caribe colombiano.

La mayoría de esos autos de lujo pasan de largo por esta vía como si huyeran de una fiesta en la que no quieren estar. Pero la calle 30 termina siendo su destino obligado, sea que la tomen como el camino para ir al aeropuerto, que vayan para el mercado o que necesiten alguna de las infinitas cosas que solo en esta calle de comercios increíbles pueden conseguir.

«Y eso que ya no está ‘El boricua’ ni los puteaderos que estaban de este lado, sino la fila de carros no terminara», dice el ‘Papi’ González sentado en un banco junto al bordillo de un negocio de venta de sanitarios y lavamanos de segunda mano. El ‘Papi’ limpia con cuidado la tapa de un bacín que acaba de comprarle a un carro e’ mulero por 3 mil pesos. La tapa solo tiene una pequeña astilla de golpe en la esquina derecha, el resto es sucio del uso.

En esas ve que una camioneta de brillo impecable parece estar apenada por pasar despacio por la 30. «Mírala, está buscando algo. Te apuesto que llega hasta la esquina y se devuelve por el boulevard. Te apuesto a que viene y pregunta aquí». La camioneta hace la U que el ‘Papi’ predijo, tiene los vidrios polarizados, imposible saber quién es el comprador. «Baja la grabadora que si ven a periodistas no se frenan», avisa el ‘Papi’.

-A la orden -saluda el ‘Papi’. Alguien baja desde adentro la ventana del copiloto hasta un poco más arriba de la mitad. Aparece un rostro femenino de abundante cabello amonado y ojos verdes, observa la oferta dispuesta en la acera. Lavamanos de todos los colores, formas y tamaños, algunos en perfecto estado, otros no tanto. Bacines, tapas, manijas.

-¿Esa será la tapa que necesito?-, pregunta desde adentro. No hay duda, es una mujer.

-Si usted cree que esa es la tapa, se la vendemos. Y si le queda pequeña o grande se la cambiamos por la que necesita, por eso no hay problema -, responde el ‘Papi’.

El ‘Papi’ anduvo en silla de ruedas

«Limpio, cuido, vendo, compro a los carro e’ muleros, hago los mandados. Los carro e’ muleros compran los sanitarios y lavamanos en barrios de arriba donde la gente vende por el patio los que ya van a cambiar por unos modernos». El ‘Papi’ se ríe porque se ha dado cuenta que muchas veces la gente que vende por viejos sus sanitarios, luego vienen y los compran aquí sin saber que son los mismos que ya usaron. «Los compramos depende del estado y de si son modernos. Acá los pulimos. Ese crema que está ahí vale 60 mil pesos, mínimo lo dejamos en 55. El verde vale 50; el azul, 50. Los lavamanos casi todos valen 20 mil, pero ese vale 30 mil, míralo que es más pequeño, tiene su estilo y está nuevecito».

El ‘Papi’ ha estado toda su vida por esta zona. Con lo que gana trabajando en el negocio del ‘Chino’ – 12 mil pesos para ser exactos, más el almuerzo- paga una pieza de 8 mil pesos en la misma casa donde nació, que ya no le pertenece. «Con lo otro pago las cosas del higiene y algo de comidita. En el gremio de los taxistas me dicen el ‘mocho’ -le falta medio dedo de la mano izquierda-. Si preguntas por Ricardo González, nadie me conoce. Si preguntas por el ‘Papi’ o ‘el mocho’, ese soy yo. Manejé treinta y tres años de noche por aquí. Lo que pasa es que sufrí un accidente y tengo una lesión en la columna, no puedo caminar muy bien. Me atropelló un bus frente al Hotel del Prado, yo venía con un pasajero. El bus se voló el semáforo de la esquina de la 70 con 54, el carro me lo partió en dos pedazos, mató al pasajero».

El ‘Papi’ interrumpe para recibir a otro cliente de bacines que se acerca. -A la orden, amigo-. Le vende un lavamanos, regateando lo dejó en 23 mil pesos, y continúa con su relato: «Por ese accidente duré tres años en silla de ruedas. Ya estoy caminando gracias a Dios. Duré cuatro años en Caracas porque Chávez había mandado a traer a unos médicos cubanos que dizque eran la última maravilla. Lo que hicieron esos cubanos fue ponerme más mal. No me encontraron nada y me salieron con que me iban a operar por una hernia discal en el hueso del ‘ñango’ y que si me operaban me iban a dejar inválido de por vida. No acepté. Yo sabía que no tenía ninguna lesión grave, sino un golpe en el nervio ciático que era el que no me dejaba caminar. Y ellos no habían dado con el golpe».

Una hermana se lo había llevado para Venezuela, fue ella quien le contó lo de los médicos milagrosos de Cuba. Pero nunca tuvo mejoría. El golpe se le fue acumulando, atravesó Venezuela y le siguió en su regreso a Colombia.

Estando acá se hizo amigo de un médico que lo llevó al Centro Traumatológico del Caribe. «También buscaron por toda la columna con radiografías y resonancias, nunca me encontraron nada. Entonces a punta de terapias me pusieron a caminar, primero con un bastón, pero a la semana ya daba pasos sin ayuda». Fue tan formidable su recuperación que a los quince días le dijeron al ‘Papi’: «Bueno, señor, nos deja el bastón aquí y usted verá cómo se va. Ya no necesita eso, sino convencerse que está bien. Pierda el miedo de caminar porque no tiene nada. Váyase sin agachar la cabeza sino mirando siempre de frente, para que no tropiece ni se amilane».

El ‘Papi’ se levanta del banco donde está limpiando la tapa de un bacín, para mostrar sus fuerzas renovadas. Da dos pasos, menea el cuerpo hacia ambos lados como un gimnasta. Aclara que todavía va al centro médico y que cada tres días le hacen una terapia. No paga un peso por eso, todo lo cubre el Sisben, el sistema estatal colombiano que cobija a las personas sin medios para cubrir por sí mismas las necesidades básicas.

Alguna vez tuvo familia

«Yo sí tenía, lo que pasa es que me dieron la espalda. Me vieron así todo llevao’ y me sacaron el cuerpo. Tengo dos hijas de las que fui padre y madre al mismo tiempo. Las crié desde niñas. Nacieron cuando esto era puro bar por aquí». El ‘Papi’ rodea con su mano la vista de la manzana de la calle 30 con carrera 21. «No sé si alcanzaste a conocer esto -se regodea de sus décadas y décadas de ser parte de este universo-. Una de mis niñas nació allí y la otra allá». Los puntos exactos que señala son hoy una chatarrería y una venta de parrillas de asar de segunda mano. Antes fueron bares de vida nocturna.

«Apenas las vi supe que eran mías. Yo se las quité a dos mujeres trasnochadoras con las que había salido largo rato, tres o cuatro años, durmiendo con ellas todos los días.   Como era taxista, tenía cierto privilegio de que a la prostituta le gusta estar montada en el carro, ¿ya me entiendes? Me las gané y terminé siendo marido de ambas, las dos tenían el nombre de Carmen (Cortés y Arrieta). Pero con el tiempo eso se derrota porque ellas son mujeres para no vivir con nadie. Si salen embarazadas, o uno se queda con el bebé o ellas se largan de uno».

El ‘Papi’ decidió quedarse con las niñas, las crió junto con su madre, que estaba viva en ese entonces. Las bautizó en la iglesia San Roque, sus nombres son Nelvis González y Yaneris González. Les dio estudios y las graduó. A una la apoyó para que se fuera a los Estados Unidos, vive en Miami. La otra está en Caracas. «Desde cuando las vi, supe que eran mis hijas. Pero luego de graduadas, apenas se sintieron mujeres y se enamoraron, se olvidaron del papá y se fueron. Puyaron el burro».

El ‘Papi’ recuerda cómo era esta calle cuando sus hijas eran pequeñas. «Cuando eso la fila de carros no tenía final. Iba desde allá desde el antiguo teatro Mogador y el Tropical hasta el bar ‘El Boricua’. La venta de fritos y vainas era por doquier. Si las camionetas de hoy estuvieran en aquel entonces, no les daría pena estar aquí».

Era la época en la que las mujeres europeas, especialmente las francesas, deleitaban a los navegantes y prósperos comerciantes de la Barranquilla esplendorosa. «Había una francesa a la que llamaban la Madame, era una ricura. De los pueblos de la Costa también venían bellezas. Todo esto era pura cantina y le llamaban Bocas de Cenizas. El mejor bar era ‘El boricua’, en aquella esquina. Y aquí donde están los evangélicos, frente a lo que quedó de la iglesia San Rafael, quedaba un bar que se llamaba ‘Los ejecutivos’ porque el dueño tenía plata y le puso ese nombre. Llegaban las más bellas y los hombres andaban en corbata». El nombre del bar ‘El Boricua’ lo mantiene en su honor un ex jugador nacido allí en el barrio Montes que se la pasaba metido en aquella esquina, amigo de toda la vida de el ‘Papi González.

Poco a poco las luces de aquel entonce se fueron apagando. Cuando todo se acabó en la vida de oropel de la calle 30, las dos Carmen del ‘Papi’ se fueron del sector, como las francesas y todas aquellas mujeres atraídas por los engaños de la vida fácil. Los que aún viven por aquí quedaron vencidos, regados en el camino, tratando de sobrevivir con el brillo de las cosas usadas para que las disfruten como nuevas los que pasan y no llegan, los que llegan pero no se quedan, como si la fiesta no fuera con ellos.

Salir de la versión móvil