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Del homenaje al Binomio de Oro a la burla: el viacrucis del escultor Jhon Peñaloza

Por: Francisco Figueroa Turcios

Una Virosis dejó a Jhon Peñaloza Almanza fuera del taller justo en el momento más delicado: la fundición en bronce, ese instante en el que una escultura deja de ser barro, molde y paciencia para convertirse en eternidad.

Y fue allí, según el escultor Jhon Peñaloza, donde se torció la historia de las figuras de Rafael Orozco e Israel Romero, las mismas que terminaron convertidas en motivo de burlas, memes y decepción colectiva tras su develación en el Festival de la Leyenda Vallenata.

La polémica cayó sobre Valledupar como un aguacero de abril. Las redes sociales no tuvieron compasión. Los rostros de los ídolos del Binomio de Oro parecían extraños, ajenos, desfigurados. La indignación fue creciendo hasta obligar al alcalde Ernesto Orozco a ordenar el retiro de las esculturas para ser corregidas. En una ciudad donde el vallenato tiene rango de religión popular, tocar la memoria de Rafael Orozco era tocar una fibra sagrada.

Apareció la voz John Peñaloza. No para esconderse, sino para explicar el tropiezo.

“Por una virosis tuve un descuido de parte mía. No pude estar presente en la fase final donde se fundieron las esculturas en bronce. La persona encargada jugó a ser escultor y realizó modificaciones que terminaron desfigurando las obras. Y me toca afrontar la responsabilidad a mí”, confesó Peñaloza, con el peso de quien sabe que en el arte también existen las derrotas públicas.

La frase tiene algo de tragedia artesanal. Porque Peñaloza no es un improvisado. Sus manos llevan años modelando la memoria cultural de Valledupar. Por su taller han pasado casi todos los grandes nombres del vallenato. Su trabajo está sembrado en parques, avenidas y plazas como una galería a cielo abierto donde la ciudad se reconoce en sus juglares. Por eso el golpe duele más: al mejor cazador también se le va la liebre.

La crónica puede moverse entre dos territorios: el juicio feroz de las redes sociales y la fragilidad humana detrás del artista. Porque mientras internet dispara burlas instantáneas, pocas veces se detiene a mirar el proceso silencioso de un escultor que trabaja entre hornos, yeso, fuego y desgaste físico. En el fondo, esta historia también habla de la presión de inmortalizar rostros que viven tatuados en la memoria sentimental de todo un pueblo.

Jonh Peñaloza, entrega detalles donde la historia se fracturó

El escultor Jhon Peñaloza decidió romper el silencio y explicar, paso a paso, en qué momento se deformó la imagen de Rafael Orozco e Israel Romero durante el proceso de elaboración de las polémicas esculturas que terminaron retiradas tras el vendaval de críticas desatado en el Festival de la Leyenda Vallenata.

Más que una simple defensa, el relato que John Peñaloza le hizo a Agustìn Bustamante parece una autopsia artística. Una reconstrucción minuciosa de cómo una obra concebida para honrar la memoria del Binomio de Oro terminó convertida en un símbolo de controversia nacional.

“El escultor hace el modelado basado en estudios fotográficos de los personajes. Luego viene el modelado en plastilina y después la etapa de moldes en silicona de caucho con sus contra moldes. A partir de ahí entra la fundición en cera, parecida a la parafina. Esa pieza en cera es la que después se funde en bronce”, explicó.

La descripción parece casi un ritual antiguo: fuego, yeso, hornos y metal líquido buscando eternidad.

Peñaloza detalló que las piezas en cera son introducidas en yeso refractario y llevadas durante dos o tres días a hornos de 1.500 grados de temperatura para desencerrarlas. El calor derrite la cera y deja un vacío exacto dentro del yeso, espacio donde luego se vierte el bronce líquido.

“Se supone que la pieza que se hizo en cera, fiel copia de la silicona de caucho, debe salir igual porque eso fue lo que captó el molde”, afirmó.

Pero fue justamente allí donde la historia se fracturó. El escultor reveló que no estuvo presente en la última etapa debido a una virosis que lo obligó a ausentarse del proceso final en Medellín, ciudad donde desde hace 14 años trabajaba con el mismo fundidor de confianza.

“En esta última etapa fue donde yo no estuve. El señor fundió el bronce y luego viene una fase de limpieza, pulimiento y patinado. Él limpió las piezas con una grata de pelos y cerdas de acero, y eso cambió formatos, texturas, direcciones, volúmenes, sombras y profundidad”, relató.

Según Peñaloza, esas intervenciones alteraron la fidelidad de los rostros hasta deformarlos. Cuando recibió las esculturas fundidas desde Medellín, el daño ya estaba hecho. La confesión tiene el peso de quien carga una derrota pública. Porque en Valledupar, donde el vallenato forma parte de la identidad sentimental de la ciudad, tocar la imagen de Rafael Orozco no es apenas un asunto estético: es intervenir un patrimonio emocional colectivo.

Lo paradójico es que Peñaloza no era un desconocido enfrentando su primer reto. Por sus manos han pasado durante años las figuras de muchos artistas vallenatos. Sus esculturas están dispersas en plazas y parques como guardianes silenciosos de la memoria musical de la región. Tal vez por eso la caída fue más estruendosa.

“Nunca me había pasado esto. Obviamente yo asumo la responsabilidad de la obra”, reconoció. Y luego soltó una frase que parece resumir el verdadero tamaño de la herida: «Mi labor es volver a hacer desde cero las esculturas. Esto me deja como aprendizaje que no puedo confiar en nadie”.

En esa sentencia hay algo más profundo que una explicación técnica. Hay un escultor golpeado por el descrédito público, un artesano obligado a empezar de nuevo y una ciudad que descubrió que incluso el bronce puede equivocarse. Porque detrás de cada monumento que pretende inmortalizar la gloria, también existen errores humanos, ausencias inesperadas y cicatrices invisibles que no siempre alcanzan a borrarse con el pulimento del tiempo.

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