Nuestro neoliberalismo criollo camina sobre los hombros del uribismo, de cambio radical, del conservatismo y de liberales proclives a César Gaviria.
Por Jorge Guebely
Mueren los relatos políticos por sus esterilidades humanas y sociales, por el permanente incumplimiento de las promesas que le dieron vida. Mueren por sus excesos de fraudes, por sus prácticas contrarias a sus principios programáticos.
Murió en el siglo XIX el proyecto aristocrático. El poder, que descendía de Dios, resultó malsano, injusto, ignominioso. Murió por las revoluciones: industriales, políticas y, sobre todo, científicas. Su muerte arrastró el proyecto católico, su principal aliado. “Dios ha muerto”, gritaba Nietzsche.
Por las mismas razones, murieron varios relatos políticos en el siglo XX. Murió la democracia liberal. Los derechos individuales quedaron consignados sólo para la Constitución, en un pernicioso canto a la bandera. La igualdad se convirtió en discurso hueco; la libertad, en tragedia social; el orden, en dictadura de los poderosos. Que “La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”, no fue más que una ficción soñada por Lincoln.
Murió el relato fascista ahogado en sangre. Lo mató la locura de caudillos demenciales: Hitler, Mussolini, Franco. Peligroso fue su nacionalismo; su odio a judíos, gitanos y homosexuales. Terrorífico fue su espíritu militar y su delirio de supremacía étnica. Mintió a los obreros de la época. Relato que se definía, no por el número de víctimas, sino por la forma en que los mataba, según Sartre.
Murió el relato comunista en pavorosas dictaduras, en la sumisión siniestra del individuo. No hubo igualdad ni desarrollo humano porque el poder lo ejercía una élite de partido único. Generó campos de concentración como el Gulag novelado por Solshenitsyn, el espantoso genocidio de Pol Pot y dictadores bananeros como Maduro, Chávez, Ortega…
Y ante el vacío, surgió el relato neoliberal a finales del siglo XX y muere a principios del XXI. Muere por sus excesos de corrupción, fraudes y cinismos. Muere por sólo servir a una élite que usufructúa las principales riquezas mientras una muchedumbre se derrumba en la pobreza. Su nacionalismo y pasión por las armas lo emparenta con el modelo fascista ya muerto. Lo consolidaron Margaret Thatcher y Ronald Reagan y hoy lo abanderan internacionalmente: Putin, Trump, Bolsonaro… Nuestro neoliberalismo criollo camina sobre los hombros del uribismo, de cambio radical, del conservatismo y de liberales proclives a César Gaviria
Relato que el mismo Klaus Schwab, fundador y animador del foro de Davos, rechaza por ser capitalismo de accionistas, de plutócratas ambiciosos, de empresarios insaciables. En su lugar, propone el “capitalismo de las partes interesadas” donde el beneficio sea universal, no únicamente para las élites enfermas de codicia.
