Por: William Castro A.
Suenan tambores en el Barrio Abajo. Los vecinos se asoman por la ventana: no pueden creer lo que ven. Hace casi un año no pintaba enero tan bueno, dice una señora. Y el señor que la saca a bailar, pegados ambos al pikó con su sabor verbenero, esa planta mágica que en la antigüedad curaba todos los males (incluyendo el Covid). “Un pique de africano y queda como nuevo”, me aconseja el médico.
Era la primera quincena del año -la más difícil para algunos-. Las fiestas decembrinas dejaron como saldo un número indeterminado de contagios con las nuevas variantes “des-em-pleo” y “pe-la-dera”, pero aún así se podía sacar algo del cajero. Dadas las 4 de la tarde me dirigí al Barrio Abajo, sobre la bocacalle de la 43 con 46, donde se celebraba el regreso de dos fiestas dedicadas al arte sonoro y visual del Caribe colombiano: La tiendita del sticker, con su encabezado “de vuelta al barrio”, y Kumbé Festival, de la fundación Komunidá Kumbé.
Ambos eventos llegaban al barrio después de un tiempo de ausencia, en el marco de su sexta edición y sedes itinerantes: La casa amarilla (que ahora es más “la Bodega”) y Plataforma Caníbal, igual de recargadas con una agenda cultural que tiene felices a más de uno. Tocaba multiplicarse para estar en los dos lugares, si no fuera porque ahora uno funciona justo al lado del otro, motivo por el que hoy se colaboran mutuamente en la organización de un gran escenario.
Decía que la Casa Amarilla es más ahora la Bodega por el simple hecho de ubicarse en un único espacio tres veces mayor al que estuvo hasta antes de la pandemia -a dos casas-, con un vasto portón que, en virtud de sus colores, porta un retrato garciamarquiano de antepuerta a una feria impulsada por mariposas y mensajes de “Amar y ya”.

Alrededor de veinte mesas ocupan el recinto con caras de las ya famosas Feria Circular, Armódica y Magola, en las que ventas de fanzines, cuadernos o afiches vienen acompañadas de otras muestras de música, cine y literatura. Aquí, por ejemplo, se suma el body paint a la carta, junto a la puesta en vivo del dj Marcanay que ambienta y pone a bailar a la gente hasta hacerlas pegar a la barra donde se refrescan con frías artesanales.
Pero en este encuentro donde el sticker es el invitado especial se halla un mundo de emprendedores locales que apuntan hacia lo alto con lo pequeño: un arte minimal de imprenta o serigrafía que ellos mismos se esmeran en diseñar, con un enfoque basado en sus estilos y modus de vida.
Por lo que cada artista recrea una historia y personajes propios. Entre mis favoritos están los dibujos de Angie Manzur (Gretta Con Ganas) y Joyce Obregón, cargados de sátira social y estereotipos de género; las ilustraciones de Nitto427 y Jossimar Borja -más tinte político-, y los matices urbano-fantásticos al collage de colectivos como SWA y Flamingo.
La fiesta que se vive en familia
A las seis de la tarde empezó la brincadera. Hube de moverme a la casa Caníbal, donde hace horas se venía convidando a los asistentes una fritanga de piel y huesos, acompaña de un open desk, tornamesas abiertas para el debut de los deejays King Sebene, Kalido Time y Muzik Noize. Estos se hacen del pikó de Miguel Navarro “el guerrero de la música” que inscribe en sus parlantes las siglas JM y “Sonando Turbolaser”, para ahuecar los pechos de caníbales al acecho de más champeta, cumbia, zouk, soukous, rhumba, benga y afrobeat.
A la batalla pikotera se suma desde Australia El Gran Mono, primer sound system elaborado fuera de Colombia bajo la dirección de Oscar Jiménez y puesto a la disposición de la dj Friday, causante del despertar de otras bestias sauvages que figuran temas como Micaela (Cortijo y su Combo), Sabroso Bacalao (Adolfo Echeverría y su Orquesta), Por las buenas (Billo’s Caracas Boys), entre otras antillas.

Keiner Barragán (Sonora Selectah) es uno de los integrantes de la fundación Komunidá Kumbé, que como muchos de sus compañeros esparcidos en todas partes del mundo vive de la música, el coleccionismo y la melomanía desde el vientre. Aunque forma parte reciente de las línea Kumbé, confiesa estar familiarizado con sus organizadores. “Jorge Guerrero, el más antiguo, que está desde hace seis años cuando solo se hacía el festival en Puerto, hasta que vino la pandemia y tuvimos que pausar todo. Primero cuidarnos”.
Luego de un tiempo vuelve Kumbé a manera de un reencuentro casual de amigos que no se vieran hace rato. Y es precisamente el retorno al barrio lo que marca esta edición verbenera, a la que fue cordialmente invitada directamente desde Sucre la Banda Juvenil del Caimito, conformada por diez músicos que nada tienen que nada tienen que juzgarle a la edad que en realidad aparenta, y que esconden detrás del fandango, el porro y la cumbia (adelanto de un carnaval que aún sigue en la incertidumbre).
“En el Kumbé predomina la esencia Caribe”, señala Barrangán, quien cree que no podemos desligarnos del río, el mar y de todo lo que suena a su alrededor, ya que ello -”desde el vendedor de aguacate al carrito de los helados” nos inspira a seguir en esto. Y en efecto, aquí suena la música del Caribe colombiano, una extensión geográfica de NY a Brasil, pasando por las Antillas, Haití, Curazao, Bonaire. Lo que pises suena a algo.











