Por: Francisco Figueroa Turcios
En el fútbol las luces casi siempre apuntan hacia el arquero que vuela para salvar un penalti o hacia el delantero que marca el gol decisivo. Pero detrás de cada atajada memorable existe una figura silenciosa, un artesano de la confianza y del carácter que trabaja lejos de los reflectores. En Junior de Barranquilla, ese hombre tiene nombre propio: José María Pazo.
José María Pazo en los años 1993 y 1995 , fue el guardián para que Junior obtuviera dos títulos en el fútbol profesional colombiano por lo que es un referente del cuadro Tiburón y tiene los argumentos para ser el entrenadores de porteros del onceno rojiblanco .
Por las manos de Josè María Pazo, han pasado arqueros que dejaron huella profunda en la historia reciente del club. Desde el liderazgo monumental de Sebastián Viera, símbolo de carácter y jerarquía durante más de una década, hasta la personalidad serena y competitiva de Santiago Mele, sin olvidar el presente esperanzador de Mauro Silveira, todos encontraron en Pazo mucho más que un entrenador.
Uruguayos hacen historia…
Tres porteros uruguayos han dejado huellas imborrables en la historia Junior: Mario Sebastián Viera, Santiago Mele y Mauro Silveira. Tres guardianes distintos, pero unidos por la misma misión: custodiar el alma competitiva de Junior.
Todo comenzó en 2011, cuando Sebastián Viera aterrizó en Barranquilla. Llegó como un arquero de experiencia internacional y terminó convertido en símbolo eterno del Junior. Durante diez años levantó siete títulos, lideró desde el fondo y transformó el arco juniorista en territorio de seguridad y carácter. Su figura trascendió las atajadas: fue capitán, referente y emblema de una generación dorada.
Después apareció Santiago Mele en 2023. Joven, explosivo y con una personalidad serena bajo presión. Apenas seis meses después de ponerse la camiseta rojiblanca ya celebraba un campeonato, ratificando que la escuela uruguaya seguía escribiendo capítulos de grandeza en Junior. Sus reflejos y personalidad lo convirtieron rápidamente en pieza clave de un equipo campeón.
Y cuando parecía difícil sostener la herencia, llegó Mauro Silveira en 2025. Otro uruguayo para custodiar la portería rojiblanca. Otra historia de títulos. En diciembre volvió la vuelta olímpica y otra vez un arquero oriental aparecía como protagonista silencioso de las noches decisivas.
Desde entonces, el arco de Junior ha estado bien respaldado por guardametas uruguayos. No ha sido casualidad. Hay algo en esa mezcla de temperamento charrúa, liderazgo y valentía que terminó conectándose con la identidad de un club acostumbrado a vivir entre la pasión y la exigencia.
Porque mientras Barranquilla baila, canta y sueña con goles, allá atrás —bajo los tres palos— siempre apareció un uruguayo dispuesto a sostener la esperanza. Y así, entre vuelos imposibles, penales atajados y títulos celebrados, Viera, Mele y Silveira terminaron convirtiendo el arco de Junior en una auténtica frontera oriental.
Pazo.. gran maestro…
Porque José María Pazo no enseña solamente a lanzarse de palo a palo o a achicar en un mano a mano. Su verdadero trabajo está en la cabeza y en el corazón de los porteros. Moldea temple para soportar la presión de una ciudad que vive el fútbol con intensidad caribeña. Construye seguridad para resistir el error y valentía para levantarse después de una derrota. Les enseña que defender el arco de Junior no es únicamente una posición: es una responsabilidad emocional frente a miles de hinchas.
Mientras Barranquilla celebra las atajadas imposibles de sus arqueros, pocas veces se detiene a mirar al hombre que aparece discreto en un costado de la cancha durante los entrenamientos. Allí está Pazo, observando cada movimiento, corrigiendo detalles mínimos, sembrando confianza en silencio. Como un viejo maestro de escuela que entiende que el éxito de sus alumnos será siempre el reflejo más fiel de su trabajo.
Y quizás por eso el arco de Junior sigue teniendo acento uruguayo y espíritu de resistencia. Porque detrás de cada vuelo salvador, detrás de cada penalti detenido y detrás de cada noche gloriosa, aparece la figura paciente de José María Pazo, el hombre que convirtió la preparación de arqueros en un oficio de fe, carácter y pertenencia rojiblanca.
En una ciudad donde el fútbol se vive con el corazón desbordado y donde cada partido puede convertirse en una tormenta emocional, José María Pazo entendió que un arquero no solo debe tener reflejos felinos, sino también alma de sobreviviente.
Por eso su legado en Junior va mucho más allá de las atajadas de Sebastián Viera, la seguridad de Santiago Mele o las ilusiones que despierta Mauro Silveira. Pazo construyó una escuela de carácter bajo los tres palos, una herencia silenciosa que convirtió el arco rojiblanco en territorio de valentía y resistencia. Y aunque pocas veces aparezca en las fotografías de la gloria, en cada vuelo salvador de un portero juniorista siempre estará escondida, como una firma invisible, la mano paciente de aquel maestro uruguayo que enseñó a sus guardianes a no rendirse jamás.
