Es el municipio del sur de Bolívar más golpeado por las inclemencias de la naturaleza, la contaminación de sus aguas y el completo olvido.
Por Rafael Sarmiento Coley
En lo poco que quedó seco se amontonan muebles y colchones, como recuerdos de lo que fue Montecristo.
Hubo una época en que todo el sur de Bolívar, la Mojana sucreña y el sur del Magdalena, miraban hacia Montecristo como el pueblo de la prosperidad, y de eso no hace mucho tiempo, menos de medio siglo.
El pueblo está ubicado desde siempre en una esquina estratégica por donde bajan varios afluentes del Magdalena como el Caribona, que a su vez recibe las aguas de una decena de quebradas y arroyos que salen de las ciénagas que, cuando están superllenas, vomitan el agua sobrante por esos canales.
En la época de esplendor, Montecristo era paso obligado de la inmensa cantidad de madera en bruto, trozos hasta del grueso de un camión, que bajaban del Caribona y de otras quebradas y ciénagas. Las gruesas vigas venían atadas unas a otra con lianas o bejucos del tamaño de serpientes, y encima los bogas construían una choza para dormir y guardar y preparar los alimentos.
Le llegó la mala hora
Toda esa bonanza se le ha convertido en tremenda desdicha para Montecristo. La tala sin control en esas agrestes montañas llenas de tigres y otros animales silvestres ocasionaron el descontrol de las aguas que bajan por ríos, riachuelos y quebradas y cada vez que hay lluvias fuertes el primero que queda bajo las aguas es Montecristo.
Literalmente ha quedado ‘ahogado’ como muchos candidatos en tiempos de política. Se calcula que las pérdidas superan los dos mil millones de pesos, pues además de las viviendas, enseres domésticos y animales de corral, las aguas desbordadas arrasaron con miles de hectáreas de cultivos y pastos para ganado.