La cronista alemana Maja Petersen derrumba los clichés de Filipinas con la misma mirada que derrumbó los de Barranquilla.
Por Maja Petersen
Mi compañera de piso me decía: «piénsalo otra vez». Justo antes de planear mi viaje a Filipinas, habían matado a un turista alemán allá después de haberlo secuestrado por cuatro meses para chantajear dinero al gobierno. También habían matado a su esposa durante el atraco. Fue el grupo terrorista islámico llamado Abu Sayyaf que fue responsable por este crimen y siguen luchando por un estado islámico en Filipinas.
Me costó mucho mirarla a los ojos porque sabía que estaba pensando en su hermano, que falleció en el extranjero por causa de un accidente y que no solamente fue una gran tristeza de perder un familiar, sino, sobre todo, perderlo estando lejos.
La escuché con atención cuando me dijo que no solamente podía ser peligroso para mí ir a Filipinas, sino también para mi novio, por el nuevo presidente Rodrigo Duterte, que según los periódicos alemanes mandó y manda a matar a miles de narcotraficantes. Mi novio no es un narcotraficante, pero es negro, y todos conocemos los clichés… Enfrentaba racismo trabajando en varios países lejanos de su tierra.
¿Por qué debería ser diferente en Filipinas? Mi novio decidió trabajar en Filipinas después de que se había acabado su contrato anterior. No lo había visto hacía cinco meses y también decidí ir al país asiático para encontrarme con él. No había otra opción. Le habían rechazado la visa para Alemania, por los mismos razones racistas, pero esa es otra historia.
Miré a los ojos a mi amiga, y le dije: «Me voy a cuidar, seguramente todo saldrá bien».
Diciéndolo me acordé de cómo fue antes de hacer un viaje a Colombia. También se dice que es peligroso y las amigas de mi mamá decían que era loca dejarme ir a un país así, pero me fui y pasé ocho meses maravillosos allá sin que me robaran ni un peso y sin ser tocada de manera violenta.
No quería ser ingenua, pero también estaba muy consciente de que los clichés no son verdad y de que muchas historias contadas son solo de una cara, incluso los artículos de los periódicos. Compré mi vuelo a Manila en la noche del mismo día.
Pasé la inmigración del aeropuerto sin problemas. No necesitaba visa y ni siquiera miraban el tiquete de mi vuelo de regreso, pero estaba preocupada por mi novio. En el aeropuerto a él le sacaron de la fila para hacerle una entrevista, no le creían que viajaba a Filipinas por turismo. Esa ya fue la primera indicación para mí de que en Filipinas también son racistas contra los negros. Sin embargo, mi opinión cambió durante la estancia en este país.
Resulta que ese breve tropiezo en la oficina de inmigración fue su único inconveniente. Los filipinos son personas muy amables, abiertos y alegres. Sobre todo me sorprendió e impresionó su tolerancia. Parece que aceptan a todos en su sociedad. No solamente son amables con los extranjeros negros como blancos (caminando por la ciudad recibimos comentarios como: «¡Wow! ¡Un negro y una blanca!» y nos preguntaron varias veces si se podían tomar fotos con nosotros), sino también con homosexuales y transexuales. No me esperaba que la gente maneje este tema de manera tan natural. Sobre todo porque ochenta por ciento de la población es católica, casarse con alguien del mismo sexo es prohibido y, es más, también es prohibido divorciarse. Pero parece que a la gente no les importa tanto esas leyes.
Los homosexuales y transexuales no se esconden ni les da pena por lo que son. En Manila vimos varias personas no heterosexuales y nadie les miraba de manera rara. Cuando mi novio empezó a trabajar me contó que en su equipo había una lesbiana, una transexual y un gay. El último mencionando ya se reveló el primer día del trabajo y nadie estaba sorprendido ni empezaron a tratarle diferente.
Me imagino el mismo escenario en una oficina en Barranquilla. Creo que sobre todo a varios hombres que conocí no les hubiera gustado trabajar con él. Tenía la impresión que a los barranquilleros les da miedo ser «marica» y sobre todo no quieren que alguien lo sepa. En cambio no ser heterosexual de verdad no parece ser algo extraño en Filipinas.
Me gusta que la gente «no normal» sea tan aceptada en la sociedad, aunque la religión y la ley diga algo totalmente diferente.
Estoy acostumbrada a la tolerancia hacia homosexuales y transexuales, porque en Alemania es legal casarse con alguien del mismo sexo y, si pasas ciertas pruebas médicas y psicológicas, el seguro médico te paga la transformación del sexo. Así que todavía es más impresionante esa tolerancia considerando el ámbito de Filipinas. Luego leí que la homosexualidad ya estaba integrada en la sociedad antes de que los españoles colonizaran el archipiélago en 1565.
Sin duda es por la colonización española que muchas veces Filipinas me hacen sentir como si estuviera en un país latinoamericano. El centro de la capital se llama «Intramuros» y hay muchas calles, lugares y ciudades que tienen nombres españoles como la estación del metro «Buendía», el barrio «Las Piñas», la isla «Negros» y ciudades como «Ángeles», «San Antonio» y «Puerto Princesa».
Pero no solamente son los nombres de lugares y de la gente lo que me da la impresión de que no estoy en Manila sino en Barranquilla; también es la gente en sí. En Filipinas siempre nos ayudaban con cualquier cosa y nos miraban con una sonrisa grande. Me acuerdo del conductor del bus que me calmaba cuando me perdí el primer día del trabajo y que me regaló una galleta cuando ya era la única persona en el bus y llevaba mucho tiempo pasando allá antes de llegar a casa. Además también les encanta la música como les fascina a los costeños. Aún no les he visto bailar, pero oigo gente cantando por todos lados; un día escuché a un guarda de seguridad que estaba en un supermercado cantando sin vergüenza ni timidez la canción que había en la radio.
Pienso que físicamente muchos filipinos se parecen a los latinos, incluso a los indígenas de Latinoamérica. Me hizo pensar en un amigo arhuaco que conocí en Palomino, La Guajira, y que por eso me dio otra vez razón de pensar en mi estancia en Colombia.
Parece raro que Asia y Suramérica sean dos continentes muy distintos, pero si uno lo piensa bien se nota que el mundo es más conectado, y que estamos más cercanos de lo que pensamos.
Otro aspecto que me hizo comparar Filipinas con Colombia es la naturaleza. Colombia me impresionó con su diversidad. Desafortunadamente no he podido visitar la selva, pero disfruté el Parque Tayrona y el cañón de Chicamocha, conocí la Isla San Bernardo del Viento y el desierto de La Guajira y hasta caminé en la Sierra Nevada. La naturaleza de Filipinas me sedujo con la misma diversidad y hermosura. Me dicen que el Parque Nacional de Cien Islas se puede confundir con islas caribeñas de Colombia, y que la naturaleza montañosa no se ve extraña comparándola con el Eje Cafetero, aunque aquí siembran arroz y admito que esas terrazas arroceras son algo muy único.
Filipinas no me parece mejor ni me gusta más que Colombia, tampoco los comparo para decir que son iguales. Ambos países para mí tienen su propia alma y caras diferentes, ambientes distintos. Sin embargo, me gustaría subrayar que a pesar de sus orígenes diferentes, siempre tendremos algo en común. A fin de cuentas todos venimos del mismo planeta. Sé que no es una novedad, pero pienso que hay que recordarse de eso de vez en cuando para disfrutar nuestra tierra de lo mejor, incluso el país en lo cual vivimos, porque a veces no es necesario ir lejos para conocer lugares interesantes y exóticos.
No me creo la más sabia pero les puedo asegurar que vale la pena saltar prejuicios para vivir momentos maravillosos y únicos. Así hice amigos en los barrios «peligrosos» de Barranquilla, que según la gente del norte no debería haber visitado, y participé en una comparsa de Carnaval aunque el entrenamiento era en el sur de la ciudad. Así hice un viaje inolvidable a la Sierra Nevada con un amigo recién conocido, aunque me dijeron que no saliera con un hombre que no conocía bien.
Así me fui a un país donde hace poco habían matado a un turista alemán y pasé vacaciones espectaculares sin sentirme en peligro ni un día. No me entiendan mal: Mi intención no es hacer la publicidad por acciones peligrosas (también evité ciertos lugares en Barranquilla, como no visité ciertas partes de Filipinas), sino que les animo de pensarlo otra vez cuando escuchen comentarios e historias como las que yo escuché antes de tomar la decisión.
¡Que disfruten conocer nuestro mundo hermoso y viajen sin prejuicios!
¡Y bienvenidos a Alemania cuando gusten! De pronto me encuentren aquí, o en cualquier otro maravilloso lugar de mi hogar, que es el planeta.