Por Ricardo Bustamante
Cada persona, lugar y cosa tienen su olor caracteristico. Entendiéndose el olor como la emisión de partículas perceptibles y neutras al olfato. Los aromas son un tipo de olor que se percibe y siente como positivo y generalmente, a los seres humanos, ya de adultos, nos evocan recuerdos que nos transportan directamente a la infancia. En la niñez, antes de los 7 años de edad, dicen los entendidos, la relación entre un objeto, persona y lugar y su olor, se graba de una manera única y profunda en el cerebro.
El sentido del olfato se relaciona con la memoria. Los ganadores del Premio Nobel de Medicina (2004) Richard Axel y Linda Buck, estudiaron y explicaron la organización del sistema olfativo: “Cientos de genes en nuestro ADN codifican los sensores de olor ubicados en las neuronas sensoriales olfativas. Cada receptor es una proteína que cambia cuando una fragancia se adhiere a él, enviando una señal eléctrica al cerebro que permite distinguir las diferencias entre cada uno de los sensores y el aroma específico”.
No me pasa a menudo pero, en ocasiones, de improviso, me llega un olor o un aroma, que me transporta, instantáneamente, no solo a la niñez sino al lugar exacto donde tuve esa sensación agradable que me produjo bienestar y placidez.
La lista de olores y aromas que me llevan a momentos de la niñez no es larga, más bien son recurrentes, aparecen en los lugares menos pensados: el olor del maletín de cuero, los libros y cuadernos nuevos del primer día de clases, el aroma de la crema de afeitar que usaba para rasurarse mi padre, el olor de la tierra al caer las primeras gotas de lluvia, el olor de la casa de mis abuelos maternos, y otros olores y aromas, que se quedaron ahí, en mi mente, por siempre y son poderosos anclajes a un pasado emocional que evocan aquellos días felices.
