Por: Francisco Figueroa Turcios
Hay nombres que se construyen con palabras. Otros, con obras. Y existen algunos que trascienden a sus propios protagonistas. El nombre de Darío Pavajeau pertenece a esta última categoría.
Durante años, en el particular y exigente universo de la gallística, pronunciar el apellido Pavajeau era suficiente para despertar respeto. Detrás de ese nombre había una historia de pasión, disciplina, conocimiento y, sobre todo, una extraordinaria selección de gallos que llegaron a convertirse en protagonistas de importantes jornadas dentro y fuera de Colombia.
Excelente reputación en el mundo gallístico…
Foto: Dario Pavajeau Molina
Darío Pavajeau no fue simplemente un aficionado a los gallos. Desde los 12 años esta en el mundo de los gallos finos. Fue un hombre que comprendió que detrás de cada ejemplar existía una historia genética, un proceso de selección, un cuidado meticuloso y una preparación constante que podían marcar la diferencia al momento de entrar al ruedo.
Así comenzó a construirse una reputación que, con el paso de los años, alcanzó dimensiones significativas. Porque llegó un momento en que los gallos de Dario Pavajeau dejaron de ser únicamente parte de su pasión personal. Comenzaron a viajar. Y con ellos, también comenzó a viajar su nombre. Una pasión que se convirtió en una forma de vida
En el mundo gallístico no basta con tener buenos animales.La experiencia demuestra que un ejemplar puede poseer condiciones excepcionales, pero su rendimiento depende de un proceso que inicia mucho antes de cualquier enfrentamiento.
Está la selección. Está la crianza. Está la alimentación. Está el cuidado. Está la observación constante. Y está, sobre todo, el conocimiento de quien aprende a ver un gallo más allá de su apariencia. Dario Pavajeau fue desarrollando ese conocimiento con el tiempo. Su relación con los gallos dejó de ser una simple afición para convertirse en una verdadera escuela de paciencia y disciplina.
El gallero sabe que los resultados no aparecen de un día para otro. Hay que esperar. Hay que observar. Hay que seleccionar. Hay que equivocarse para aprender. Y hay que comprender que cada gallo tiene su propia historia. Esa combinación de pasión y conocimiento terminó convirtiendo el nombre de Dario Pavajeau en una referencia dentro de la gallística colombiana.
Los gallos que escribieron la historia de Dario Pavajeau
Foto: Darío Josè Pavajeau y su padre Dario Pavajeau
Hay historias que no se quedan encerradas en una gallera. Saltan de los corrales a las conversaciones familiares, de las tardes de domingo a los festivales vallenatos y, algunas veces, terminan convertidas en canciones. Esa es la historia de los gallos de Darío Pavajeau, animales que durante décadas alimentaron una pasión y que hoy sobreviven en la memoria de quienes conocieron aquellas jornadas de pólvora, espuelas, apuestas, nervios y gloria.
Entre los gallos más recordados de su padre, Dario Josè Pavajeau menciona nombres que parecen salidos de una novela del Caribe: El Paraquito, El Tuerto Llinás, El Marimbero y El Rey de Reyes.
El Marimbero tiene un capítulo aparte. Llegó a protagonizar una hazaña poco común: peleó dos veces el mismo día en la edición del festival vallenato del año 1983. Dos combates, dos momentos distintos de una misma jornada, y una historia que quedó grabada en la memoria de quienes presenciaron aquella proeza.
Pero si existe un nombre que ocupa un lugar especial en la galería de los grandes gallos de Darío Pavajeau, ese es El Rey de Reyes. Su historia transcurrió en 1985, un año particularmente intenso. El gallo peleó en Barranquilla y Baranoa, y posteriormente llegó a Valledupar, donde participó durante el Festival de la Leyenda Vallenata. Su nombre, entonces, parecía anticipar el destino que le esperaba: convertirse en uno de esos animales cuyo recuerdo termina siendo mucho más grande que la propia gallera.
La lista que recuerda Dario Josè Pavajeau, hijo del gran gallero continúa con otros ejemplares que también dejaron huella: El Giro Español “Darío José”, Gallinito Cantaleta, de 1989, y Cantaleta Chino. Gallinito Cantaleta protagonizó igualmente una historia singular: peleó dos veces el mismo día en el Hotel Cadebia en Barranquilla.
A ellos se sumaron Tigrito Pinto, perteneciente a Diolfante Lubo, y El Cubanito, otros nombres que forman parte de aquella época en la que la afición por los gallos era también una manera de encontrarse, conversar, competir y estrechar amistades.
Pero entre todas esas historias existe una que parece escrita especialmente para el Caribe: la de Ronaldo y Bebeto. vuelven a caminar por la memoria como si todavía se escucharan, a lo lejos, los murmullos de una gallera y el golpe de las espuelas anunciando una nueva historia.
Foto: Dario Pavajeau, Panchi y Uto Barros Pavajeau
Porque los gallos de Darío Pavajeau no fueron solamente animales de combate. Fueron compañeros de una pasión, protagonistas de viajes, festivales, encuentros y anécdotas que terminaron mezclándose con la música, con la amistad y con la propia vida. Algunos dejaron victorias; otros, derrotas. Pero todos dejaron algo más importante: un recuerdo.
Y quizá ese sea el verdadero triunfo de un gallo: no ganar una pelea, sino conseguir que su nombre sobreviva cuando ya se han apagado las luces de la gallera. Darío Pavajeau se fue llevando consigo muchas de aquellas tardes, pero dejó en sus hijos la memoria de sus historias. Y hoy, cuando Vicky las cuenta, pareciera que su voz levanta nuevamente el telón de aquella época y devuelve a cada gallo su lugar en la historia.
Quizás por eso, cuando Dario Josè Pavajeau pronuncia aquellos nombres, no parece estar hablando de gallos. Está abriendo las puertas de un tiempo que se niega a morir. El Paraquito, El Tuerto Llinás, El Marimbero, El Rey de Reyes, Gallinito Cantaleta, Ronaldo y Bebeto vuelven a caminar por la memoria como si todavía se escucharan, a lo lejos, los murmullos de una gallera y el golpe de las espuelas anunciando una nueva historia.
Porque los gallos de Darío Pavajeau no fueron solamente animales de combate. Fueron compañeros de una pasión, protagonistas de viajes, festivales, encuentros y anécdotas que terminaron mezclándose con la música, con la amistad y con la propia vida. Algunos dejaron victorias; otros, derrotas. Pero todos dejaron algo más importante: un recuerdo.
El Rey de Reyes vuelve a ser campeón por un instante. El Marimbero vuelve a pelear dos veces en un mismo día. Ronaldo y Bebeto regresan de Jerez de la Frontera. Y desde algún rincón de la memoria, como un acorde perdido de un viejo vallenato, vuelve a escucharse aquella canción de Daniel Samper Pizano, con melodía de Adolfo Pacheco: “Los Gallos de Pavajeau”.
Porque al final, las grandes pasiones no desaparecen. Se convierten en historias. Las historias se convierten en memoria. Y la memoria, cuando tiene raíces profundas, termina convirtiéndose en leyenda.
.“Los Gallos de Pavajeau”....
Foto: Dario Pavajeau, Ñame Mendoza, Memo Granados. Jorge Oñate y Cocha Molina
Era 1997 cuando dos gallos fueron traídos desde Jerez de la Frontera, España, en una aventura que reunió a personajes que también pertenecían al universo de la música y la cultura costeña.
Darío Pavajeau emprendió aquel viaje acompañado por Jorge Oñate, Cocha Molina, el Ñame y Memo Granados. La invitación había llegado de Daniel Samper Pizano y Guillermo La Chiva Cortés, quien para entonces se desempeñaba como cónsul en Sevilla.Así, aquella travesía terminó convirtiéndose en una especie de encuentro entre dos mundos: España y el Caribe colombiano; Jerez de la Frontera y las galleras de nuestra tierra; los nombres del vallenato y la pasión por los gallos.
Y como ocurre con las historias verdaderamente memorables, aquella aventura no terminó cuando regresaron a Colombia. Daniel Samper Pizano, atrapado por la singularidad de la experiencia, escribió un vallenato inspirado en aquella expedición. Lo tituló “Los Gallos de Pavajeau”. Posteriormente, el maestro Adolfo Pacheco le puso la melodía.
Y entonces sucedió algo extraordinario: aquellos gallos dejaron de ser solamente gallos. Pasaron a formar parte de una historia cantada. Porque en el Caribe las memorias tienen esa costumbre: cuando una historia es demasiado buena para olvidarla, alguien termina poniéndole música.
Ronaldo y Bebeto llegaron desde España; El Rey de Reyes dejó su rastro en Barranquilla, Baranoa y Valledupar; El Marimbero y Gallinito Cantaleta desafiaron el cansancio de dos peleas en un mismo día. Y todos ellos, con sus nombres curiosos, sus combates y sus leyendas, fueron construyendo alrededor de Darío Pavajeau una memoria que hoy permanece viva.
Dario Josè Pavajeau lo cuenta con la emoción de quien no está hablando simplemente de gallos, sino de una parte de la vida de su padre. Porque detrás de cada nombre había una historia. Detrás de cada pelea, una esperanza. Y detrás de cada victoria o derrota, un pedazo de aquella vieja pasión caribeña que convirtió las galleras en lugares de encuentro, de rivalidad, de amistad y de leyenda.
Los gallos pasaron. Los años también. Pero los nombres permanecen. Y algunos, como El Rey de Reyes, Ronaldo, Bebeto, El Marimbero y Gallinito Cantaleta, encontraron una manera todavía más poderosa de sobrevivir al tiempo: quedaron para siempre en la memoria y, en el caso de Ronaldo y Bebeto, hasta en una canción.
El día en que las llamas se llevaron la cuerda de Darío Pavajeau
La historia de la quema de los galpones de Darío Pavajeau es, probablemente, uno de los episodios más dramáticos y a la vez más reveladores de su vida como gallero. Lo interesante es que no terminó con la destrucción de su cuerda: terminó convirtiéndose en una demostración de la enorme consideración que Pavajeau tenía dentro del mundo gallístico colombiano.
Para entender la magnitud de aquella tragedia que ocurrió el 11 de enero del año 1986 hay que imaginar lo que significaba para un gallero de la época tener 120 ejemplares finos reunidos en sus galpones. No eran simplemente aves.
Cada gallo representaba selección, crianza, entrenamiento, viajes, apuestas, triunfos y, sobre todo, años de construcción de una línea genética. Dario Pavajeau llevaba décadas cultivando esa pasión. Su primer gallo, según el mismo relato, se lo había regalado su padre y se llamaba Luján. Desde entonces comenzó a construir una cuerda que terminaría siendo considerada una de las más reputadas del país.
Y entonces ocurrió la desgracia. El fuego consumió los galpones y con ellos murieron alrededor de 120 gallos finos
El renacimiento de la cuerda de Darío Pavajeau…
La noticia trascendió no sólo en Valledupar, sino en todo el país. Los galleros que conocían a Dario Pavajeau supieron que una de las cuerdas más importantes de la región había quedado prácticamente destruida.
Y comenzó una especie de cadena nacional de solidaridad gallística. Desde diferentes lugares del país comenzaron a llegarle gallos. No uno. Ni cinco. Ni diez. Llegaron 270 ejemplares de todas partes. Entre los amigos que le enviaron gallos finos a Dario Pavajeau se destacaron: Gaspar Lugo, Hèctor González Martínez, Eduardo Lora, Diofantes Lugo, El Chuto Alvira, Juancho Garcìa, Jaime Celedòn, Chema Castro, Guillermo Muria, Carlos Loaiza, Checho Castro, Roberto Gerlein Echeverria, Eliecer Duarte, Álvaro Mazeneth, y Joaquìn Sánchez (Madris, España)
La generosidad de los amigos y aficionados fue tan grande que, después de recibir más de 270 gallos, Pavajeau tuvo que acudir a algo que parece salido de una novela vallenata: publicó un aviso en los periódicos El Tiempo, El Espectador, Diario del Caribe y El Heraldo pidiendo que dejaran de regalarle gallos porque ya no tenía espacio donde tenerlos…
El incendio destruyó físicamente la cuerda, pero reveló algo mucho más poderoso: la cuerda de Dario Pavajeau no estaba construida solamente con gallos; estaba construida también con amistades. El fuego pudo acabar con 120 gallos, pero no pudo quemar el nombre de Darío Pavajeau, toda una leyenda del mundo gallístico y el folclor vallenato. Todos recordamos con afecto y amor a Darío Pavajeau, que el martes 1 de septiembre 2026, cumple un mes del sensible fallecimiento…brille para él la luz perpetua….
