Por: Francisco Figueroa Turcios
Hay partidos que comienzan mucho antes del pitazo inicial.
Argentina e Inglaterra todavía no han cruzado el primer balón en la semifinal del Mundial de 2026, pero la batalla emocional ya empezó. Esta vez no se libra con goles ni con esquemas tácticos, sino con un uniforme.
La Asociación del Fútbol Argentino solicitó a la FIFA vestir la camiseta azul oscuro que acompañó a Diego Armando Maradona y a sus compañeros en la inolvidable victoria 2-1 sobre Inglaterra en el Mundial de México 1986. No es un simple cambio de indumentaria. Es una declaración de fe.
Cuarenta años después, aquella camiseta conserva el peso de un símbolo. En ella quedaron bordadas la «Mano de Dios», el «Gol del Siglo» y una victoria que trascendió el fútbol para instalarse en la memoria colectiva de un país que aún vivía las heridas abiertas por la Guerra de las Malvinas. Desde entonces, el azul dejó de ser un color para convertirse en un recuerdo que los argentinos evocan cada vez que el destino vuelve a poner a Inglaterra en el camino.
Las cábalas forman parte del ADN del fútbol argentino. Se repiten recorridos, se conservan rutinas, se respetan lugares en el vestuario y hasta se evita modificar aquello que parece haber traído buena fortuna.
En un deporte donde el azar también juega, las supersticiones son una manera de combatir la incertidumbre. Nadie puede explicar su eficacia, pero pocos se atreven a romperlas cuando el sueño de levantar la Copa del Mundo está en juego.
El fútbol, sin embargo, no entiende de milagros sino de rendimientos. La camiseta no marcará goles ni detendrá ataques ingleses. Serán los futbolistas quienes deberán escribir el nuevo capítulo. Pero vestir el mismo color que usaron Maradona y sus compañeros significa cargar sobre los hombros una herencia de gloria, una invitación a creer que la historia puede volver a guiñarles un ojo.
Así, cuando Argentina salga al campo envuelta en azul, no solo desfilarán once jugadores. También caminarán los fantasmas de México 1986, los recuerdos de un pueblo que jamás olvidó aquella tarde y la convicción de que, a veces, el fútbol también se alimenta de la memoria. Porque antes de que ruede la pelota, los argentinos ya habrán disputado otro partido: el de la fe contra la incertidumbre, el de las cábalas contra el destino.
