Icono del sitio La Cháchara

Cuando una gran película es un pequeño tratado del dolor humano

Análisis filosófico de la película Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars), un drama que ha puesto a vibrar a los cinéfilos del mundo. Una historia de amor entre dos adolescentes enfermos de cáncer. 

Por Francisco Fadul, MD*

Este junio del 2014 estrenaron una película titulada Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars), un drama, la historia de amor entre dos adolescentes enfermos de cáncer. El que muere es el héroe; ella sólo sobrevive.

Como en Titanic. La infalible temática del dolor, la enfermedad, el sufrimiento, la agonía y la muerte, y el amor, todo a la vez, simultáneamente, como en la vida real, nunca le fallan a la taquilla.

Los protagonistas establecen un emocionante contacto epistolar con un escritor holandés que los embriaga con su libro “Una Tristeza Imperativa” (mal traducido como “una imperial aflicción”) sobre el cáncer y la muerte de su hija. Ellos viajan a Ámsterdam: el autor está alcoholizado y los decepciona.

¿Por qué será que, siendo tan vieja la receta de filosofía y dolor, sigue funcionando y atrapa al espectador, lo hipnotiza y arranca lágrimas a hombres y mujeres, jóvenes y adultos por igual?

Ya sabemos, Sófocles (el hipnotizador griego, el de Antígona, Edipo Rey y otras tragedias de increíble tensión dramática) ha cifrado la tragedia humana en la imposibilidad de evitar el dolor. También Shakespeare usó hasta la saciedad este inagotable recurso retórico. Seguramente fue así como se cocinó la ecuación del éxito de esta conmovedora película.

Toparse con el dolor, tropezarse de frente con cualquiera de sus horripilantes caras y formas que adopta, tal como está enmarcada esta historia de una adversidad más bien absurda, o al menos ininteligible para una joven que se ve abocada a la nada y a la discapacidad, lo tenebroso, aterrador y deprimente de su impotencia ante la persistencia crónica del mal, vivido en un inevitable aislamiento, con cierta dosis maléfica del sin sentido, la ruptura de sus más preciados lazos sociales, encontrarse de golpe con eso es uno de los grandes temores humanos.

He ahí la parte que logra este film, nos toca y conmueve y llega como propia, la historia de Hazel Grace, resignada a la muerte justo antes de conocer el amor de Gus, el manco fantástico, un mamador de gallo que le devuelve la vida, antes de sumirse en el olvido que seremos.

Lo que hace emocionante y racional a esta pequeña joya del cine, es que apuesta desde el amor a la cuestión de la finitud humana. El saber que alguien o uno mismo va a morir. Un sufrimiento absurdo, el dolor ontológico. Eso que nos hace dudar de las creencias, de la ciencia, de la ética de la experimentación con pacientes y de otros aspectos alienantes de la cultura y sus factores psíquicos. La misma ética que nos obliga a verla en términos de antropología filosófica. ¿Por qué muere el chico y no “ella”?

Porque la mujer frente al dolor es más paciente y, aunque más intensa, es más auténtica,  expresiva, sensible, abierta, humana, más fuerte, más mujer. Esta es una de las temáticas más difíciles para la literatura, la ciencia y la filosofía: la mujer frente al dolor. Es difícil porque se suele caer en el facilismo o, peor aún, en el panfleto maniqueista y, en última instancia, en la negación del amor, antesala de la negación de la vida.

Hazel, bella y brillante, cae flechada por Cupido, siendo una adolescente enferma, amargada, sarcástica y aburrida. Imposible, lector, no caer en la trampa del director.

Para mí, insisto, esta película queda inscrita como una pequeña obra de arte que le coquetea en perspectiva a la filosofía existencialista en tanto no tematiza filosóficamente si no que sobrevuela la vivencia del dolor ontológico, no cae en la trampa de una epistemología del dolor, es decir, no pretende teorizar acerca del dolor, trasciende el aburrido gnoseologismo y lo subordina a la caprichosa delicia del arte puro. Es más, si quisiera, podría catalogarla dentro del género de la  literatura existencialista al mejor estilo de Camus, Sartre y/o Merleau-Ponty. Debió ser una película alemana; pero no lo es: es gringa. No importa el toque comercial hollywoodense,  aun así es un pequeño tratado de ética del dolor, digno de ser enmarcado como la pipa de Magritte, a quien el Director Josh Boone (“Divergente”) rinde un sencillo homenaje que lo engrandece como artista.

Bajo la misma estrella es un símbolo de la búsqueda de la verdad. “Esto no es una pipa”, es una representación. Efectivamente, acá en el mundo real los protagonistas no sufren de cáncer. En unos meses estarán en Cannes, caminando por la alfombra roja. Los enfermos de verdad, se mueren. Ellos, mis enfermos de carne y hueso, no son de película. Ellos duelen más, pero de alguna manera la obra brinda esas mágicas pócimas de consuelo que solo el arte cuando es verdadero puede dar a seres reales que están viviendo con dolor la encrucijada entre la vida y la muerte.

La película, en definitiva, sirve también para dejar establecidas dos cosas que Lacán, en su ética del psicoanálisis, supo diferenciar perfectamente: el altruismo y el amor al prójimo. No es lo mismo beneficencia que amor.

*Francisco Fadul es médico acupunturista, experto en medicina tradicional china, columnista de varios medios y activo participante de análisis filosóficos.

Salir de la versión móvil