Por Samuel Solórzano Cisery
¿Quién alguna vez no soñó con poder estar en varios lugares al mismo tiempo? Qué no daría yo por ser un espectro tan vivo como el de los colores proyectados de un prisma, que en lugar de dividir la luz mejor dividiese mi conciencia, filtrarla en cada resquicio de Barranquilla.
Ese agobio onírico lo sentí otra vez cuando conocí el programa oficial del Carnaval Internacional de las artes durante una rueda de prensa en La Cueva.
Miguel Iriarte, director de La Cueva y hombre de metáforas precisas, fue quien orquestó el preludio que anunciaría la atmósfera y los espacios donde se llevarían a cabo los cinco días de intensa agenda cultural, llena de una gran oferta de cine y audiovisuales, lanzamientos de libros, conversatorios animados por una reflexión literaria, y la música, ante todo.
Frente a una sala interior atiborrada de sillas, todas llenas de periodistas y gente avezada en distintas áreas de la cultura, Miguel Iriarte no paraba de dar pinceladas en mi mente como un pintor en frenesí y la imaginación hacía el resto.
Me encontraba de pie a falta de espacio sobre el piso ajedrezado del restaurante, y hubo momentos en que sentí el roce de alfiles y caballos impelidos por la cadena de escenarios que eran mencionados y acogerían al público para disfrutar el Carnaval Internacional de las Artes: varias universidades, la Cinemateca, la Alianza Francesa, entre otros lugares que en total sumarían diez escenarios que a distintas horas presentarían suculentas muestras de espectáculo y reflexión.
Antes de entrar en los delirios de un jaque-mate mi conciencia no solamente quedó aferrada al momento que se vivía La Cueva, lugar convertido en un sistema solar al que le orbitaban planetas de escritores y artistas, sino que también mi conciencia trató de tentar el futuro y balancear las mejores estrategias para encauzar mi tiempo hacia la posibilidad de asistir a la mayor cantidad de espacios posibles.
Conozco bien la astucia de mover la lengua y los labios, lanzar hacia el mundo un susurro que solo sea inteligible para mí: balance. Es suave y liviano como un velo, y mientras musitaba un plan secreto para poder a ir a todos los espacios, veía a toda la gente en La Cueva, ansiosa, tomando fotos y prestando mucha atención a los demás gestores culturares, poetas y artistas que acompañaban a Miguel Iriarte en una mesa para anunciar los detalles de este magno evento.
Cerca de Miguel Iriarte estaba sentado Carlos Polo, periodista con una barba que me recuerda al Nevado del Ruíz por lo parcialmente blanca y por acompañar en la expresión enérgica de su voz, él timoneaba la rueda de prensaba como un hábil director de teatro que indicaba cuándo entraba un nuevo personaje al acto. Recuerdo que el turno pasó a María Matilde Rodríguez, una dragona de la poesía del Caribe y la Directora de una importante feria del libro en San Andrés Isla.
Cuando María Matilde empezó a hablar hasta sonreía las paredes de La Cueva, las pinturas y fotografías aferradas a un tiempo sin origen sacudían su velo de nostalgia y por un momento todo empezó a vibrar cuando ella nos introdujo a la Nación Caribe.
“¿Por qué son tan importante espacios culturales como el Carnaval de las Artes?”, le preguntó Carlos Polo, y las cámaras de los diferentes medios entraron en una briosa coreografía de colmena, levantándose para capturar y grabar el momento. Las más grandes superaban altamente mi estatura gracias a sus trípodes que les daba la apariencia de dinosaurios pigmeos que observaban nuestra cultura desde una época inmemorial. Se alzaban y se movían con una lentitud jurásica, una se me acercó por detrás y yo cambié de la baldosa blanca a la negra, como si fuese una torre de ajedrez tratando de huir de una amenaza como la de que mi cabeza apareciera accidentalmente en la toma principal de María Matilde Rodríguez.
Ella me habló de la Nación Caribe y mi conciencia por fin dejó de martirizarse en querer estar en todas partes porque luego me enteré que ya pertenecía a una nación de literales y vientos. La Nación Caribe tiene líneas invisibles como cualquier otra línea de los mapamundis políticos, pero aquí se halla una sazón y una resistencia que le da color a la tempestad que aprieta los corazones, y la convierte más navegable.
Estos eventos como el Carnaval Internacional de las Artes son apuestas humanas que resaltan esa resistencia, esa identidad que los artistas y escritores proyectan en sus obras o conversaciones.
Comprendí que querer asistir a todos los espacios del programa del Carnaval Internacional de las Artes no era un capricho, sino una necesidad para saciar una sed primigenia de encontrar un lugar al cual pertenecer. Sin duda me sentí parte de la Nación Caribe no solo porque nací entre sus litorales, sino también porque su música y manifestaciones son latidos de tambores que me llamaban, y son en estos espacios donde se materializan y toman otra conciencia que dialoga directamente con la mía.
No oculté la sonrisa que movía mis labios luego de que hubiera terminando la intervención de María Matilde Rodríguez. Pero, de repente, hubo algo contrajo la sala interior de La Cueva como un acordeón que escupe su alma con una melodía pausada al apachurrarse entre las dos manos de un sabanero. La sala pareció más pequeña cuando llegó el turno de Hernán Gamarra, ilustrador y maestro de artes plásticas, porque él sacó un cuadro que adaptaba una pintura de Orlando Rivera “Figurita” al estilo Pop Art, y los colores que emanaban la flor, la boca y los ojos de la mujer retratada en ese cuadro, conmovió a toda la sala interior de La Cueva, y hasta mi sonrisa pareció indigna ante el misticismo de la boca de “La mujer de la flor del arrebatamacho”.
— ¿Cuáles fueron los retos que tuviste al adaptar la pintura de Figurita para que sea parte del afiche oficial del Carnaval de las Artes? —le preguntaba Carlos Polo a Hernán Gamarra, y fue cuando él saca su cuadro rápidamente como quien desenfunda una pistola en una película de vaqueros durante un duelo, y fue allí cuando todos en la sala cayeron embelesados y los dinosaurios pigmeos de las cámaras empezaron a movilizarse entre las grietas de esa masa de periodistas y artistas.
— Fue un reto hacer una recreación del cuadro, después de todo, quería que fuera diferente al de “Figurita”, porque de lo contrario mejor tomáramos la pintura original para que fuese parte del afiche. Pero, el desafío y principal problema eran los colores. “Figurita” utilizó una paleta de colores opacos que dificultaba la digitalización y propaganda en las redes sociales. Miguel Iriarte me recomendó el Pop Art, al buen estilo de Andy Warhol, y así fue como surgió esta adaptación.
No podía apartar la vista del cuadro que sostenía Hernán Gamarra mientras hablaba de sus descubrimientos en la pintura de Figurita, el homenajeado de esta edición del Carnaval Internacional de las Artes. En efecto, el cuadro sostenía un magnetismo que atraía todas las miradas y no era ajeno a los flash de las cámaras que parecían avispas revoloteadas. Una intermitencia de relámpagos y centellas. Otra vez el dinosaurio se me acercó por mi espalda, pero yo no me moví. Me quedé en mi terreno de escaque blanco y negro, ya no como una torre que huye, sino como una que está dispuesta a sacrificarse y mostrar templanza.
Flor, boca, ojos. Rosita Mosquera.
Amante y musa de Figurita. Quién me diera el placer de haber soñado con unos ojos almendrados y que me miran desde otro tiempo.
Hernán Gamarra nos habló de cómo encontró los brazos de esta mujer. Al desaturar la pintura de Figurita para hacer una adaptación fiel a los contornos, descubrió que sus brazos estaban como apoyados en el marco de una ventana.
Flor, boca, ojos.
Y esa ventana miraba hacia una calle imaginada que solo Rosita dentro de la pintura podría ser la albacea de su secreto, un chisme perpetuo que tal vez bañó esa calle aquel instante y la motivó a asomarse con su imponente flor de arrebatamacho en la oreja.
Me entristecí porque supe que jamás sabría con certeza lo que Rosita estaba mirando en la calle y le produjo la sonrisa más sincera y genuina que parece rechazar los límites de la tristeza o la alegría. Una sonrisa que sirve para todo. Y yo, que quería que mi conciencia estuviera en todas partes para no perderme nada, al menos sé que estoy acompañado con la nostalgia de Rosita Mosquera, que también quiso estar con medio cuerpo dentro de una casa, y la otra mitad afuera para enterarse del mundo.
Flor, boca, ojos. El regalo que dejó Figurita fue recordar por siempre la flor, la boca y los ojos de Rosita Mosquera. Esa flor se dilatará, esparciendo sus pétalos a lo largo de cinco días que tendrá el Carnaval Internacional de las Artes, la única flor capaz de ocupar todos los lugares y los tiempos en los que quiero estar.