Por : Francisco Figueroa Turcios
Hay apodos que nacen por casualidad, otros que se quedan porque suenan bien y existen unos pocos que parecen haber sido escritos por el destino antes de que alguien los pronunciara. El de La Cacica fue uno de ellos.
Cuando a Consuelo Araújo Noguera comenzaron a llamarla así, quizás nadie imaginaba que aquel sobrenombre terminaría describiendo con una precisión casi mágica la dimensión de una mujer que no necesitó corona, cetro ni trono para gobernar un territorio mucho más poderoso: el corazón de Valledupar y el universo del vallenato.
Consuelo fue cacica sin tribu heredada, pero con un pueblo que la siguió. Fue cacica sin ejército, pero con una legión de acordeoneros, compositores, cantantes, juglares, periodistas, políticos y amantes del folclor que encontraron en ella una especie de capitana de la memoria. Y fue cacica porque entendió, antes que muchos, que el vallenato no podía quedarse encerrado en los patios de las casas, en las parrandas de los pueblos o en las colitas que acompañaban las fiestas populares. Había que sacarlo de allí. Había que ponerlo a caminar. Había que convertirlo en una fiesta nacional. Y Consuelo Araùjo lo hizo.
La mujer que vio una leyenda antes de que existiera…
En 1968, cuando el Cesar apenas comenzaba a caminar como departamento, una idea empezó a tomar forma en Valledupar.
Consuelo Araújo Noguera, Rafael Escalona, Alfonso López Michelsen y Dario Pavajeau Molina coincidieron en un propósito que parecía sencillo, pero que terminaría transformando para siempre la historia cultural de Colombia: crear un festival alrededor de la música vallenata y de las tradiciones de la región.
Así nació el Festival de la Leyenda Vallenata. No nació con las dimensiones gigantescas que tendría décadas después. No había grandes escenarios, ni multitudes llegadas desde todos los rincones del país, ni transmisiones masivas, ni una industria alrededor del evento. Había algo mucho más importante: había una idea. Y Consuelo tuvo la terquedad necesaria para convertir aquella idea en una institución.
La historia terminó dándole la razón. El Festival creció, los acordeones comenzaron a multiplicarse, aparecieron los reyes vallenatos, las canciones inéditas, la piquería, los desfiles de piloneras y aquella fiesta que alguna vez pareció una aventura provinciana terminó convirtiéndose en una de las mayores expresiones culturales de Colombia.
La Cacica y los presidentes
Foto: Germán Arciniégas, Consuelo Araújo y Alfonso López Michelsen
Pero hay otra historia alrededor de Consuelo Araùjo que también merece ser contada. La de su capacidad para abrir las puertas del poder sin dejar que el poder le cerrara las puertas del folclor.
Por Valledupar fueron pasando presidentes de Colombia y Consuelo consiguió que la máxima autoridad del país entendiera que, durante unos días, el acordeón también podía convertirse en asunto de Estado. Alfonso López Michelsen no solamente fue uno de los hombres fundamentales en la creación del Festival. Su relación con Valledupar y con la cultura vallenata fue profunda desde sus años como gobernador del Cesar.
Después llegarían otros mandatarios. El Festival se convirtió en una especie de cita obligada de la política colombiana. Presidentes, ministros, dirigentes, escritores, artistas y personalidades nacionales entendieron que no se podía hablar de Colombia sin escuchar primero el acordeón que llegaba desde el Caribe.
Y detrás de aquella transformación estaba Consuelo Araùjo . Ella sabía tocar las puertas. Pero, sobre todo, sabía para qué quería abrirlas. No buscaba únicamente fotografías con los poderosos. Quería que el poder reconociera el valor de una cultura que durante mucho tiempo había sido mirada desde Bogotá como una expresión folclórica de provincia. La Cacica consiguió que el vallenato dejara de pedir permiso para entrar a la historia nacional.
Una mujer con voz propia..
Consuelo Araùjo Noguera, no fue una mujer de silencios. Tenía carácter. Tenía opinión. Tenía una pluma afilada y una voz que podía acariciar o incomodar.
Como periodista y comunicadora encontró en la radio otra plaza para defender sus ideas. Entre 1983 y 1989 dirigió La Cacica comenta, programa desde el cual habló de política, cultura, corrupción y, por supuesto, de ese vallenato que llevaba instalado en el alma.
Era difícil ignorarla. Y quizás esa fue otra de sus grandes virtudes. Consuelo no pasó por la historia del vallenato como una espectadora. La enfrentó. La discutió. La empujó. La organizó. Y cuando fue necesario, también la defendió. Su personalidad terminó siendo inseparable de la evolución del Festival. Durante décadas estuvo al frente de la organización y fue una de las figuras centrales de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata.
La Cacica que llevó a Macondo a Estocolmo…
Foto: Consuelo Araujo y Gabriel Garcìa Màrquez
Hay una escena que parece salida de las páginas de Gabriel García Márquez. Un grupo de músicos vallenatos viajando hasta Estocolmo para acompañar al escritor colombiano que acababa de recibir el Premio Nobel de Literatura.
Y detrás de aquella expedición estaba Consuelo Araújo Noguera. En diciembre de 1982, el vallenato llegó a Suecia acompañando a García Márquez en uno de los momentos más importantes de la literatura universal.
El acordeón, la caja y la guacharaca viajaron miles de kilómetros. Macondo parecía haber empacado sus maletas. Y La Cacica estaba allí, haciendo de capitana de aquella improbable caravana. Porque Consuelo entendía algo que muchos todavía no habían comprendido: el vallenato también era literatura.
Era memoria. Era paisaje. Era oralidad. Era pueblo. Era la manera como una región contaba sus alegrías, sus tragedias, sus amores, sus muertos y sus sueños.
Ministra de una cultura…
El reconocimiento nacional terminó llegando hasta las más altas responsabilidades del Estado. En el año 2000, Consuelo Araújo Noguera fue designada ministra de Cultura.
Para entonces ya no necesitaba demostrar que el vallenato era una expresión cultural de enorme importancia. Había dedicado buena parte de su vida a demostrarlo. Llegó al Ministerio con el mismo espíritu de la mujer que había caminado por Valledupar defendiendo acordeoneros y juglares.
La diferencia era que ahora su escritorio estaba en Bogotá. Pero su corazón seguía latiendo al ritmo de un acordeón. No había cambiado de causa. Había cambiado de escenario.
El último camino hacia Patillal
Y entonces llegó septiembre de 2001. Consuelo quiso acompañar una celebración religiosa en Patillal.Era una de esas decisiones que parecían formar parte de su naturaleza: estar donde estaba su gente, compartir sus tradiciones, caminar por los lugares donde la cultura vallenata tenía sus raíces.
Pero el regreso se convirtió en tragedia.
El 24 de septiembre fue secuestrada por integrantes de las FARC junto con otras personas que viajaban en la caravana.Comenzó entonces una angustiosa búsqueda.Colombia entera quedó pendiente de su suerte.
La mujer que había llevado el vallenato hasta los salones del poder, la que había tratado con presidentes, ministros, escritores y artistas, estaba ahora en manos de la violencia que durante años había golpeado los caminos de Colombia.Seis días después, el 30 de septiembre de 2001, Consuelo Araújo Noguera fue asesinada.Tenía 61 años.La noticia estremeció al país y dejó un silencio profundo en Valledupar.
El Centro Nacional de Memoria Histórica registra el 30 de septiembre de 2001 como la fecha de su asesinato. Años después, un exintegrante de las FARC reconoció la responsabilidad de la organización y calificó el crimen como un error. Pero hay errores que ninguna palabra puede reparar.
Veinticinco años después…
Han pasado 25 años. Un cuarto de siglo. Y resulta curioso que el tiempo, que suele encargarse de borrar los nombres de quienes alguna vez fueron protagonistas, haya hecho exactamente lo contrario con Consuelo Araújo Noguera.
La Cacica sigue apareciendo. Está en las canciones. Está en las fotografías. Está en las historias de los viejos festivaleros. Está en la memoria de los acordeoneros. Está en las calles de Valledupar. Está en el Festival. Está en el Parque de la Leyenda Vallenata que lleva su nombre.
Y está, sobre todo, en esa fiesta que cada año vuelve a convocar a Colombia alrededor de cuatro aires musicales que se resisten a desaparecer. El Festival que ella ayudó a levantar ya no es solamente el festival de Valledupar. Es patrimonio emocional de una nación.
La Cacica no se fue…
Quizás por eso el 30 de septiembre 2026 no debería ser solamente una fecha para recordar su muerte. También debería ser una oportunidad para recordar su vida. Porque Consuelo Araújo Noguera no puede ser reducida al día en que la violencia le arrebató la vida.
Por eso, 25 años después de su partida, Valledupar no la recuerda solamente: la vuelve a convocar.
La Cacica regresa a las calles que tantas veces caminó, a la Plaza Alfonso López que fue escenario de sus sueños, a la casa donde la historia comenzó a escribir una de sus páginas más hermosas y a ese universo musical que ayudó a convertir al vallenato en una de las grandes expresiones culturales de Colombia ante el mundo.
Los días 17, 25 y 29 de septiembre, Valledupar se vestirá de memoria para rendirle un amplio homenaje con una agenda cultural, musical y académica denominada ‘La Cacica vive’, organizada por la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, la Fundación Universitaria del Área Andina y la Alcaldía de Valledupar.
No será solamente una conmemoración. Será una manera de decir que hay legados que no conocen la palabra muerte. La casa donde nació un sueño…
El primer encuentro con la memoria de La Cacica será el 17 de septiembre, a partir de las 4:00 de la tarde, con la apertura del museo en La Casona de la Plaza Alfonso López, el lugar donde vivió Consuelo Araújo Noguera y donde nació el Festival de la Leyenda Vallenata.
Allí, entre paredes cargadas de historia, más de 50 fotografías permitirán reconstruir diferentes momentos de su vida y de su relación indestructible con el vallenato. Será como abrir un viejo álbum familiar. Cada fotografía tendrá el poder de devolver una mirada, una sonrisa, una conversación, una parranda, una batalla cultural..
El 25 de septiembre, a las 4:00 de la tarde, la Plaza Alfonso López volverá a convertirse en un gran escenario para el Concierto inmersivo ‘La Cacica Vive’.
Reyes Vallenatos, semilleros de las escuelas culturales de Valledupar, la Banda Municipal Juvenil, grupos de piloneras y otros protagonistas de la cultura vallenata serán los encargados de ponerle música a la memoria. Y será precisamente allí donde la nostalgia podrá convertirse en música.
Porque si alguien comprendió que el vallenato debía preservarse no solamente en los libros sino también en las nuevas generaciones, fue Consuelo Araújo Noguera.
El 29 de septiembre, a las 8:00 de la mañana, cuando falte apenas un día para cumplirse los 25 años de su asesinato, la memoria de La Cacica tendrá otra estación: una ofrenda floral en el monumento ‘La Pilonera Mayor’. La invitación es a asistir con traje de pilonera y liqui liqui. Será una escena profundamente simbólica. El pilón, que tantas veces bailó Valledupar, volverá a convertirse en lenguaje de gratitud.
Después, a las 9:00 de la mañana, en la Fundación Universitaria del Área Andina, se realizará el conversatorio ‘Del juglar a la memoria: la cadena que salvaguarda el vallenato’. El título parece resumir buena parte de la misión que La Cacica asumió durante su vida: impedir que la memoria se pierda.
Rodolfo Molina Araújo, presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata resaltó . “El legado de ‘La Cacica’ lleva impregnada la música vallenata a la que le aportó sus conocimientos, constancia y entrega, especialmente cuando creó el Festival de la Leyenda Vallenata. Queremos invitarlos a esta amplia agenda cultural, musical y académica llena de recuerdos, nostalgias, pero también de agradecimientos”.
Y Consuelo Araújo Noguera, aquella mujer a la que Valledupar llamó La Cacica, hace 25 años dejó de ser solamente una mujer para convertirse en parte de la leyenda…Y entonces entenderemos que La Cacica no se fue. La Cacica vive.
