A mí estas elecciones me resultan esperanzadoras, y me parece que son el principio de un nuevo relato de país.
Por Fabián Buelvas
Que el uribismo tenga el 40%, cuando Uribe llegó a ganar la presidencia con el 62% y tener una popularidad del 84%, es algo que solo podía darse una vez caducara la historia del gran enemigo interno que representaban las Farc. El castrochavismo, ese pastiche ideológico que se inventó Uribe, no dio para reemplazar al de la amenaza terrorista que lo colocó dos veces en la presidencia.
Sé que dirán que muchos de los que votaron por Fajardo votarán por Duque y sí, seguramente, y está bien, ya que no es igual votar por miedo a Petro que por amor al uribismo. «Hoy, a más del 60% del país le pareció que el uribismo no era, en principio, una buena opción. Ser de derecha y ser uribista no es lo mismo: una cosa es querer un Estado mínimo que se dedique a garantizar las reglas de la libre competencia privada y otra muy distinta modificar la constitución con sobornos o asesinar a 10.000 civiles para prolongar una guerra».
Me alegra que la izquierda haya ganado en Barranquilla, cuando lo lógico era que triunfara Vargas Lleras. Incluso en Corozal, el pueblo donde nací, ganó Petro, y recordé cómo hace más de 20 años ese mismo pueblo escogió contra todo pronóstico a un alcalde de izquierda que asesinaron a los pocos meses. Las luchas son largas, gente: 4 años son mucho en la vida de un individuo, pero poco para un país que hasta hace nada mataba, desplazaba y mutilaba con una intensidad que espero jamás regrese. ¿Hasta donde llegaremos? No sé, pero sé que esa pregunta se la hizo el poeta Gonzalo Arango hace exactamente 60 años: “El fin no importa, desde el punto de vista de la lucha”, dijo. Y agregó, no lo olviden: “Porque no llegar es también el cumplimiento de un Destino”.