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Colombia no quiere apagarse

Se juntaron los del Sí, que gritaron con la derrota: «¡Apaga y vámonos!», con los del No, que ahora claman a pecho abierto: «¡Queremos la paz!».

Por Jorge Sarmiento Figueroa

Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos se reunieron. Solo un grito estruendoso de paz o guerra podía hacerlo. Se van a juntar Martín Santos y Nicolás Uribe, que ni la paz ni la guerra podía creerlos tomando tinto. El sismo que fue el resultado del plebiscito en Colombia, con un empate técnico entre el Sí y el No, puso a temblar a los más osados políticos de la última generación en el país. Y así tembleques como están, les tocó reunirse porque la bomba les estalló en las manos.

Santos y Uribe, expertos en controlar masas, en engañarlas con las más sofisticadas estrategias capaces de convertir en verdad las más rústicas mentiras, se vieron de repente apabullados por sus propias vivezas. Santos, que se creía ya el presidente más histórico de todos los presidentes, no ganó su propio plebiscito ni con el apoyo de medio mundo. Ni comprando conciencias con mercados en la Costa pudo ganarle al Matthew de la abstención. Y Uribe, que se veía encarcelado si ganaba el Sí, ahora con el No se ve más que atribulado, porque para ganar le tocó sacar la verdadera cara, la del político veintejuliero al que no le importa adónde va a terminar el país sino cómo le va a él y a los de Caucasia para abajo.

Las marchas contra el miedo

«¡Apaga y vámonos!», vociferaron muchos nacionales y extranjeros después de la derrota del Sí. Pero los del No no supieron qué hacer con su victoria porque muchos fueron tan engañados como los otros, y entonces todos nos dimos cuenta que la única verdad de a puño es que en una guerra todos perdemos. Y ahí fue cuando nos juntamos.

Ahora todos desconfiamos de lo que está pasando. Ahora miramos con espanto lo que pueda ocurrir. Ya se acabó el plebiscito aunque este miércoles se hizo en las ciudades la primera manifestación del silencio por la paz, con velas pero sin voto, porque la paz parece enterrada y ni los más vivos, Santos y Uribe, parecen saber cómo sacarla del sepulcro. El mundo ya empezó a cobrarnos la falta de quicio: el dólar subió, el grado de inversión bajó, los titulares nos desahucian, los turistas prefieren irse calladitos. No porque no queramos la paz, se supone que todos la queremos, sino porque no sabemos terminar en algo distinto a la guerra. A ella nos conformamos.

Por eso los nacionales que aún quedan con algo de sesos y todavía no sucumben a la neurosis, asumieron el liderazgo de prender las velas por la esperanza. Las encendieron para enarbolar la paz, para exigirla si es necesario, para hacerse oír porque su Sí no era para apoyar los Acuerdos sino para que de una vez por todas los de corbata y los de las urbes se percataran que la guerra en el campo se está comiendo al país entero con las fauces de nuestra desidia. Y muchos del NO también fueron, también van, porque no ven que los líderes que los instaron tengan una alternativa real al problema que es la violencia fratricida. No querían un Acuerdo injusto, pero tampoco quieren ser parte de la horda de matones que arrasa nuestros campos y acaba con nuestra paz.

«Ojo con #PazALaCalle seguiremos en vigilia todas las noches 6 pm en la Plaza de La Paz defendiendo el derecho al Acuerdo de paz», dice el profesor Jair Vega, investigador y docente de la Universidad del Norte, quien es uno de los que votaron por el SÍ y no ha permitido que la derrota signifique permitir la guerra. Él es uno de los miles de colombianos que tiene ahora mismo de pie a todos los que anhelan una Colombia en paz, hayan votado Sí o hayan votado No.

¿Porqué será que hay más colombianos en las marchas que en las urnas? ¿Porqué a la humanidad nos toca llegar al fondo para poder salir del pozo? El grito de guerra tiene 25 días y contando. Porque la noche de brujas, 31 de octubre, es el presagio de lo que serán otros cien años de soledad para Colombia si Santos y Uribe no salen del lado oscuro. Por algo hasta ellos le entregaron el timón a sus hijos, por fin se dieron cuenta que el futuro no quiere estar en sus manos. Y si no quieren salir, será sacarlos a latigazo limpio, a punta de velas encendidas y ramas de laurel.

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