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Chinulito espera el reverdecer – Serie «Con el corazón en los Montes de María»

Pocos campesinos habitan ahora este caserío. Ya no se levantan con el canto de los gallos, pero despiertan con la esperanza en el corazón de que la vida vuelva a sonreír en los Montes de María.

Por Francisco Figueroa Turcios – Enviado especial de Lachachara.co

Andrés Vitola, retorna a su vivienda 

Los campesinos no se levantan con el canto de los gallos a trabajar la tierra o a ordeñar las contadas vacas, porque en la masacre ocurrida hace 14 años, el 13 de septiembre de 2000, en la que fueron asesinadas 10 personas, hubo además destrucción, despojo de bienes, violación de mujeres entre ellas varias menores de edad, y desplazamiento forzado de la población. Solo cuatro gallinas se salvaron de esa masacre, que no se han podido reproducir por la falta de un gallo.

Dos años después que 56 familias decidieron retornar, aún se observa la mayoría de las viviendas destruidas y las pocas a las que el Gobierno les hizo mejoras hoy están resquebrajadas.

Las 300 familias que habitaban este corregimiento de Colosó, Sucre, huyeron del terror que sembró en la zona el desaparecido jefe paramilitar Rodrigo Mercado Peluffo, conocido con el alias de ‘Cadena’, quien al declarar a estos campesinos aliados de la guerrilla, ordenó exterminarlos. Los condenó de manera arbitraria a la pena de muerte, cuando no eran más que unos pobres campesinos, a quienes mató simplemente para robar el ganado, gallinas y cosechas, y para despojarlos de las tierras que luego han pasado de mano a mano como si fueran objeto de prostitución. Los primeros en asumir el control de esta área, incluyendo a Chinulito, fueron los Frentes 35 y 37 de las Farc y luego el ELN. Finalmente llegaron los paramilitares bajo el mando de alias ‘Cadena’.

Reflejo de la violencia sin cuartel

Detrás de ambos bandos siempre estuvo una guerra histórica, silenciosa y más grande que la de paramilitares y guerrillas: la guerra por la tierra. Y al final, siempre hubo y hay todavía una sola víctima: el pequeño campesino que nació y vivió por los tiempos de los tiempos (desde los indígenas) en su parcela y que hoy no tiene ni acceso para cultivar el alimento. Entre tanto, algunos victimarios están en cárceles norteamericanas y otros acá cómodamente en penitenciarias colombianas en inmejorables condiciones. También muchos de esos victimarios recibieron un castigo de hierro y fueron eliminados por sus propios compinches, como fue el caso de Carlos Castaño y Rodrigo Mercado Peluffo.

En el departamento de Sucre ocurrieron 30 masacres entre 1993 y 2006, según estadísticas de la Vicepresidencia de la República, las más recordadas son la  de Chengue, Chinulito, Macayepo, El Salado, Pijiguay y Colosó. Para el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado de Sucre, las cifras fueron mayores: 75 masacres entre 1999 y 2000, con un saldo de 329 víctimas; desaparición forzada masiva, el asesinato de por lo menos 3.000 personas y el desplazamiento de 70.000 personas en el departamento. San Onofre es símbolo de esa violencia, entre otras cosas, porque muchos asesinados están empezando a ser desenterrados de las fosas comunes que cavaron los paramilitares para esconderlos.

Con fe, sudor y ampollas en las manos, Ever Pérez reconstruye su casa.

Ever Pérez Julio todavía recuerda esa noche, que permanecerá en su memoria hasta el último día de su vida. No quiere recordar la barbarie, quiere mirar el futuro. Es el último en retornar a su natal Chinulito, después de aquel remoto año 2000 en que logró salvarse con su familia, gracias a su perro llamado ‘Anacín’, bautizado con el mismo nombre de un analgésico americano. El astuto perro presintió la tragedia y comenzó a emitir un aullido que alertó a su amo. Ever se asomó sigilosamente para ver qué estaba percibiendo su fiel animal y pudo advertir la presencia de los «paras»; no dudó dos veces en tomar a su mujer (María Isabel) y sus dos hijos (Ever y Jorge Eliecer), encomendarse a Dios y a la Virgen del Carmen y desafiar la noche oscura donde no había la presencia de la luna.

«Esa noche no había luna, ni ella ni nosotros quisimos quedarnos en el pueblo para no sufrir en carne propia la masacre», recuerda Pérez Julio. Y añade: «Tenía recelos de regresar, me tomé el tiempo, le dije a mi mujer que aquí en Chinulito nací y aquí quiero morir. Llegué a un acuerdo con ella: yo me voy solo a ver cómo está el panorama, ella se queda en Sincelejo y los vengo a buscar cuando estén las condiciones para el retorno de todos». Ever hace un pare en su relato porque está cavando el quinto hueco para sembrar árboles que le servirán de sombra y al mismo tiempo de una cerca que fue destruida desde hace mucho tiempo, un tiempo que no quiere recordar.

Ever encontró 5 de sus gallinas, pero no tienen gallo. «Es como si nada», dice el campesino con un dejo de tristeza.

«Observe usted el estado en que encontré mi casa, toda destruida». No tiene techo, así que Ever colocó una carpa. No tiene ventanas. En la pared están las huellas de la noche de terror: los huecos de las balas y los morteros. Le toca reconstruirla, espera la mano «generosa» del Gobierno. «Confío en las políticas del Estado, por eso estoy aquí. La ciudad es dura para uno que está acostumbrado a vivir en el campo».

Ever tiene 36 años de edad y goza de toda la energía para trabajar, por lo que espera una verdadera ayuda para vivir de lo que sabe, del campo y lograr unas vacas para tener con qué sustentar a su familia.

Así como Ever, doña Raquel Pertuz, de 76 años de edad, volvió a su pueblo porque la nostalgia la estaba matando. Su vida es en el campo y recuerda que tenía una cría de gallinas y pavos, pero todo fue arrasado. No pierde la esperanza de volver a vivir como antes, atendiendo a sus animales, y para tal efecto comenzó por comprar un pavo. «Comenzar con tener un pavo es ave de buen agüero, espero tener mi casa nuevamente llena de muchas gallinas y pavos, para que mi marido se dedique a trabajar en la pequeña parcela que tenemos. Nos falta el apoyo del gobierno y de la empresa privada. No es fácil volver a la tierra después de esa masacre. Al principio fue traumático el retorno, pero poco a poco uno se va acoplando», afirma Raquel.

Un pavo viejo fue lo único que pudo rescatar Raquel 

Ella y su pavo se convierten en el centro de atención entre los visitantes del grupo de apoyo del ex-futbolista antioqueño Mauricio «Chicho» Serna, quien en la pequeña plazoleta arma una cancha de fútbol, ya que al día siguiente, es decir el domingo 2 de noviembre, los ex- futbolistas de la selección Colombia, encabezados por Carlos «Pibe» Valderrama y Faustino Asprilla, jugarían un partido en marco de la campaña «Me la juego por las victimas».

Raquel se detiene con el objeto de descansar, pero al mismo tiempo para ver cómo convertían esa montaña de aluminio en una cancha de fútbol.»Este evento está muy bien para los pocos jóvenes que viven aquí en Chinulito y otros que vendrán de caseríos cercanos. Yo no voy a venir a ver al partido, sino a conocer al Pibe, porque me enteré que estará aquí. Él es mi ídolo», Raquel levanta su pavo y continua su marcha…

Así como Raquel y Ever, un puñado de campesinos regresaron hace dos años a Chinulito buscando el reverdecer de su futuro, porque sus viviendas permanecen destruidas producto de los actos de barbarie de la guerra. Ellos ya se resignaron de la pérdida de sus familiares, ahora quieren sobrevivir con la esperanza.

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