No ha sido el primero ni será el último. Desde cuando el hombre vio riqueza en sus árboles, ríos, piedras, aves y en todo lo que vivía en la Amazonía, está condenada a desaparecer. Y con ella toda la humanidad.
Escrito por: Jorge Sarmiento Figueroa – Editor general
A Chico Mendes lo mataron/Era un salvador, un ángel/De toda la amazonía./Cuando los ángeles lloran/ lluvia cae sobre la selva
Y lo estamos logrando. Se calcula que desde 1990 la tasa anual de su destrucción es cercana a 50 mil kilómetros cuadrados, lo que significa que en los próximos 50 años habremos acabado con su superficie selvática. El impacto de este daño no solo se medirá entonces en lo que hoy nos parecen inocuos términos ambientales, como la pérdida de biodiversidad y los hábitats de especies animales, sino en la forma de vida cotidiana que llevamos hoy los llamados países civilizados.
En un especial para el diario El Tiempo, la periodista Gloria Helena Rey señala que «la importancia de la Amazonia radica, principalmente, como reguladora de las lluvias, el clima y por su rica biodiversidad. La deforestación puede causar una seria reducción de las lluvias en los trópicos, con consecuencias catastróficas para las poblaciones que viven incluso a miles de kilómetros, alertaron recientemente investigadores de la Universidad de Leeds, en Inglaterra».
Por eso el mundo científico e intelectual conmemora hoy 25 años del asesinato del trabajador brasileño Chico Mendes, quien al dedicarse a la recolección del caucho vivió en carne propia la gravedad de la expoliación de los recursos de la Amazonía, y se sindicalizó para protestar por las condiciones laborales y la crisis ambiental. Sus jefes no se lo perdonaron y al parecer tampoco lo hicieron las autoridades locales cercanas a Acre, el pueblo donde trabajaba. Murió a sangre fría. Un 22 de diciembre de 1988.
Primero fueron los británicos
Ese peruano fue Julio Cesar Arana del Águila. En su libro El sueño del celta (2010), Vargas Llosa narra que a este personaje de la vida real los británicos lo convirtieron en un hacendado londinense que masacraba a los indígenas del amazonas peruano para extraer el caucho. Se calcula, por el registro de procesos abiertos en contra de la Casa Arana, que más de 30 mil indígenas murieron en aquel genocidio, especialmente de las tribus Uitoto, Nonuya, Muinane, Andoke, Bora y Miraña.
Para confirmar la destrucción, en su libro El mundo sin nosotros (2007), el periodista y escritor del New York Times, Alan Weisman, describe el sentir de una abuela indígena amazónica: «Nuestros ancestros son los monos y sin embargo ahora con tortura y destrucción obligan a mis hijos a comerse a los monos. Pronto nos estaremos comiendo unos a los otros».
Hoy en día en la Amazonía confluyen tantos intereses que los principales magnates de Brasil y el mundo, como Eike Batista o el supuesto filántropo George Soros, prefieren ver esos recursos naturales rentando en las bolsas económicas internacionales, sin importar para qué sirven en términos de la vida del planeta.
1988, Chico Mendes
Todo lo que hacían era destruir su propio hogar, mientras que los jefes serviles de multinacionales se llevaban las ganancias sin haber invertido una gota de sudor.
Ante esta caricatura de la historia vivida hacía 100 años, Chico Mendes y un grupo de trabajadores que lo siguió, fundó en 1984 la Central única dos trabalhadores, con lo cual logró defender los derechos laborales de los caucheros y más tarde detener el ritmo vertiginoso de destrucción ambiental.
Pero a pesar de los premios, distinciones y la admiración que los científicos, intelectuales y artistas le profesan (incluso Lula Da Silva nombró a su compañera de lucha, Marina Silva, Ministra del Medio Ambiente), luego de su asesinato en 1988 la Amazonía sigue siendo destruida más rápido que el mismo olvido con el que «un ángel murió».