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Carlos Polo, el escritor que gana premios y lectores en la calle

En su reciente libro viven los barrios, los parques, las calles y la gente de Barranquilla, como si la ciudad fuera una niñez convertida en locura.

Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa

Carlos Polo tiene claro cómo romper las normas, el canon, para abrazar la literatura con su vida y darle ese abrazo al lector por puro instinto callejero.

Su reciente libro, titulado Las malas noticias llegan primero, se lee fácil y parece tener la sencillez de quien lee una historieta de color local, como quien se junta con la parejita traviesa de Tom Sawyer y Huckleberry Finn y se tira en la orilla del río, en la yerba del parque o en el tejado de la casa para contarse las hazañas que solo ocurren en la primera juventud.

Pero debajo de ese disfraz de animal domesticado, Carlos Polo esconde el talento de un escritor filoso, de un narrador que gana de calle porque es capaz de jugar en sus historias con la psicología humana y con la costumbre enquistada de morir de ansiedad por controlarlo todo sin lanzarse a vivir.

Puede que sus formas no gusten a ciertos intelectuales que desdeñan de este tipo de escritores, y les cierran la reja. Pero él, como astuto animal callejero, ha sabido hacerse un camino sin cargar con ínfulas de raza, y logra, de ñapa, aportar con su generación a que otros narradores puedan también abrir su propia senda. “Bravo, Polo, yo quiero escribir como tú”, le dicen lectores diversos cuando se lo tropiezan en un festival de literatura o en la tienda de la esquina, cada quién saque cuentas de lo que valen esas voces en un país y en una época donde muy pocas personas leen.

Las malas noticias llegan primero resultó ganadora a finales de 2017 del Portafolio de Estímulos de la Secretaría de Cultura de Barranquilla. Y otra vez arde la ciudad que ve al escritor consolidar su manera de ser en el arte, tal cual lo logró en 2009 cuando obtuvo el primer lugar en el Premio Nacional de Cuentos de la Universidad Industrial Santander – UIS- con el libro Rapsodia para reclutas asustadizos; o cuando ganó el año pasado el Concurso Nacional de Cuentos de la Universidad Metropolitana con el cuento Paciente X50504, que refleja el extremo de las ideologías en una sociedad del futuro.

Recordemos también que Carlos Polo en el Carnaval de 2017 rompió el esquema de la prensa tradicional y se vistió de mujer abandonada para ganar con La Cháchara el Premio de Periodismo Promigas a la Mejor Crónica de Carnaval Ernesto McCausland Sojo en la categoría Prensa Digital.

La primera edición de Las malas noticias llegan primero, a cargo de Collage Editores, será presentada este 22 de abril en la Feria del Libro de Bogotá. En Barranquilla su lanzamiento será en La Cueva, el próximo 17 de mayo, y luego en Luneta 50, el 7 de junio. También podrá ser adquirido en las librerías a partir de la primera de esas fechas.

Porqué leer Las malas noticias llegan primero

Porque es un supuesto libro de historias contadas por niños en el que, sin embargo, Carlos Polo nos va moliendo el alma a trompadas por el artilugio que hacen juntas la memoria y la literatura. Un golpe de Polo, otro de sus grandes golpes de nostalgia y existencia, parece que duele menos si quien lo cuenta es el niño que se raspa la rodilla al caerse de un triciclo azul. Pero no te confíes, lector chacharero, de esos golpes inocentes que llevan por dentro el lenguaje del alma con que se cuecen las verdaderas preguntas que dejamos de hacernos a lo largo de la vida. Puede que logremos ignorar adrede que las historias de esos niños podrían ser las nuestras, hasta que llega el día en que nos toca responderlas, regresar de golpe a la niñez que creímos olvidada. O que queríamos olvidar.

Con Carlos Polo de nada sirve defenderse cuando se leen sus cuentos. Este escritor, que nació sobre las ramas de un palo de mango, entre pandillas y picós, entre canchas de arena y casas desvencijadas, que tiene en su corazón el laberinto del barrio, de nada sirve correr, de nada sirve cuadrarse para la pelea. Él habla como un vigilante de cuadra, como un estudiante de colegio, como una madre desesperada, como un hermano mayor, como el menor, como un niño vagabundo o como una muchacha alcahueta, habla como el árbol de marañón, como un diablo en la sombra del parque, como el mejor amigo que nunca más tuvimos, como el cometón que vuela cual golero, como el papá que viene y va como si fuera la luz en el culo de las luciérnagas; o como la calle polvorienta que se fue haciendo pequeña con nuestra lejanía y se hizo incapaz de atesorar lo que jamás volverá.

Vale leerlo porque es un libro donde esta ciudad, Barranquilla, habla por los poros abiertos del asfalto que se tragó sus barriadas, en una época fijada por la memoria del escritor que fue niño cuando en la televisión daban El Lobo del aire y todavía no habían llegado estos días en los que por las calles pululan zombies pegados a pantallas móviles. Pero esta especie de álbum de laminitas ochenteras no se queda petrificado esperando a que lo lean, si acaso, los niños que ya están viejos. No. Este libro está vivo para contar con bonita sangre la historia de niños que son capaces de matar jugando, vaya uno a saber si es que el crío tiene eso que ahora llaman bipolaridad o si es que eso de ser psicópata al mejor estilo del cowboy gringo es una moda creciente que no se detiene en los límites de la vida real y la virtual.

Lo bueno de leerlo es que la calle se viste con la mirada de inocencia que un niño tiene, que enternece a los adultos sin hacerlos sospechar que cualquiera puede matar, mucho más si es un escritor que no respeta cánones cuando se trata de partirnos el alma con tal de ayudarnos a despertar.

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