El eco de los clarines y timbales ha anunciado hace unos años el inicio de esta odisea.
Por: Hernán de la Ossa
. Los alternantes; toreros, ganaderos, aficionados, la gente del toro, ha pisado el ruedo político y las graderías están atiborradas de periodistas (cabales e inescrupulosos), adeptos y detractores que ya han tomado su lugar para esgrimir y defender sus ideales, para aplaudir o tirar cojines.
En este escenario las opiniones son divididas (hoy y siempre) y el presidente del festejo no parece estar comprometido con la causa, vaticino que los pañuelos esta y todas las tardes estarán guardados por su parte y el veredicto estará en manos de sus asesores. Abierta la puerta del patio (de cuadrillas) los actuantes esperanzados se encomiendan a la virgen de la macarena (patrona de los toreros) y alzan la frente para oír aplausos y vítores.
Los enemigos, como en una corrida regular de feria y en perfecto estado, son seis; “censura”, “populismo”, “desinformación”, “prohibición” y “régimen”, en el más oscuro de los corrales un sobrero asoma el hocico, una carta oculta “olvido”. Tendrán que enfrentarse a las astifinas astas de estas alimañas por la longevidad de la fiesta, con capotes hechos de amor por el campo y la especie del toro de lidia, banderillas de argumentos adornadas de blanco como símbolo de libertad, muletas cosidas con hilos de unión y estoques de legalidad.
El panorama político se torna oscuro, el viento (que es el peor enemigo de los toreros) llega en ráfagas y mayorías desde el palco presidencial. La fiesta de los toros corre peligro, esta misma fiesta que genera pasiones y odios (mas pasiones que odios) es amenazada con su exterminio dejando huérfanos a los hijos que cobijan con ahínco y a los miles de aficionados que viven por ella.
El tema es más que una cuestión política, es una discusión que pasa las fronteras de los intereses y trasciende a las fibras más recónditas del alma. Es cuestión de gustos, de afición, de herencia de la madre patria a la cual derrocamos con el argumento de la libertad, misma que hoy se les niega a quienes aman la tradición taurina ¿entonces, porque peleamos en el siglo XV? Los argumentos sobran, para defender y para controvertir, pero no hay argumento que pelee contra los derechos, máxime, si el derecho el cual se pretende denigrar, es el derecho a la libertad.
La jornada va en su ecuador, han sido tres los enemigos que han tenido como último fin la piedra fría del desolladero, los ánimos se enardecen para quienes celebran y para quienes no. No existe una victoria definitiva, las ambiciones macabras de los que tienen el poder en la yema de los dedos no cesan y empiezan a desesperarse quienes ven la causa perdida. En el tinglado de la discusión predomina la teoría que anda sola de curul en curul, el sofisma del “maltrato animal”, teoría que ha sido contrarrestada con vehemencia con el argumento de que el toro de lidia cumple (morfológicamente) con las condiciones para ser lidiado, que ha nacido y criado para este único fin.
Por otro lado, emerge de la sombra la situación económica, los ingresos que genera la fiesta brava, la manutención de los que la mantienen viva y el miedo del posible desamparo al que pueden verse sometidos si esta declina. El tema cultural no se hace esperar, la tauromaquia es por antonomasia el ritual en el que convergen las condiciones de dos seres vivos y que indefectiblemente desemboca en la muerte, que históricamente se antepone como una manifestación ancestral con bases culturales sólidas respaldadas por su perduración en el tiempo.
Las razones y disgreciones no paran, esta es una situación de cuyo final no vemos vestigios aún. Los defensores y contradictores aún no se cortan la coleta y los actores siguen capoteando la censura hacia el camino de la libertad, una libertad lejana con un camino escabroso “largo y culebrero”. Un eventual veredicto en una de estas batallas ideológicas se convertiría en una razón más para perpetuar la discusión, lo cierto es que son muchos los flancos que atacar y defender para llegar a una concertación donde no se violen los principios, los intereses, donde no se denigre la historia y donde se resguarden las pasiones y convicciones.
