Un cuento que podría parecer de la vida real, una historia que huele a vergüenza. ¿Esta realidad supera la ficción?
Por Rainiero Patiño Martínez
Adentro, el aire acondicionado potencia el olor, lo revuelve, lo esparce como un manto frío y hediondo que se pega en la ropa. Es el olor de veintiún cadáveres políticos esparcidos en el salón principal, apachurrados como momias faraónicas en sus tronos. “Este es un problema de salubridad. Hay que hacer algo para sacar esos cuerpos”, dice un vigilante del edificio, desesperado con la fetidez. “Son más, no lo dude”, añade. Habla de las almas que van detrás de los veintiún cadáveres cada vez que estos se mueven, van con carpetas repletas de papeles sin leer y bolígrafos gastados de tanto firmar. “Esas son incansables”, remata.
Algunos se pudrieron hace años, entre el rancio abultado de sus bolsillos, entre sus gavetas repletas de medallas ligeras, entre sus sonrisitas macabras, entre sus discusiones insulsas, entre sus silencios triunfantes. Otros murieron muy jóvenes, recién entraron al salón, anónimos, sin pronunciar palabra. Da igual. Se trata de un solo olor dañino, que revuelve el estómago de la ciudad y hace pisar el acelerador a los conductores de buses cuando suben por la calle Líbano.
“No crea mucho el cuento. Esos ‘muertos’ no están tan muertos. ¿O sino cómo aprueban tantos proyectos a esa velocidad?”, pregunta Rubén Enrique, el yerbatero de la esquina de Cuartel. “Por aquí los he visto penar en sus camionetas oscuras”, agrega y calla, con el silencio asustador que producen los muertos poderosos.
De todo se había visto en las últimas décadas, pero nada como estos cadáveres políticos. La realidad supera la ficción, se funde como en un texto maravilloso. “Se parece a la reciente historia de Talese”, dice Jaime Zamora, el librero de la esquina de la calle de La Cruz, encaramado en su banco de madera, sin mirar a nadie, perdido en su palabra. Y los presentes estiran la barbilla desconcertados, perdidos en el comentario.
“Hace unos días, – sigue Zamora- el reconocido y afamado reportero estadounidense Gay Talese publicó el adelanto de una historia en la que cuenta sobre un hombre que durante tres décadas espió a los huéspedes de su hotel en Colorado, Estados Unidos, mientras sostenían relaciones sexuales”, dice y se lleva a la boca un trozo de pulpa de coco, mastica despacio, aprieta los labios, los dientes traquean, limpia los dedos en la parte de abajo de la base del banco.
La historia sigue, tan trágica e intrigante como en el viejo hotel de Colorado. Por años, pero sobre todo en estos días, los cadáveres del salón del Concejo han actuado con el futuro de la ciudad, en gran medida, como un Foos, con la única diferencia que ellos casi siempre participan del ‘placer’ del erario, del bacanal. Y afuera, detrás de la rejilla, la ciudad llena también de voyeristas de una divertida escena: espectadores inánimes que solo se indignan cuando ocurre un asesinato cerca, cuando el olor se mete en sus propias casas.
Salubridad Municipal ha dicho que no sabe qué hacer con los cuerpos: nadie en la ciudad los quiere recibir y en el salón no se pueden velar, ese tipo de eventos fueron prohibidos (“gradualmente”) por los mismos ‘cadáveres’. Qué ironía. Con esta ciudad adormecida parece que la única salida es su propio encierro, podrirse junto a sus ‘almas en pena’ como un viejo tarro de encurtidos, ácidos y malolientes. Hasta cuándo ni ellos mismos soporten el olor o hasta que el tarro explote.