Casi todo lo que toca el mercado capitalista lo convierte en basura, en desechos tóxicos. A los honorables pinos de una montaña los reduce a viejos largueros de cama vieja.
Por Jorge Guebely
En basura terminan algunas especies de animales, feriadas en mercados internacionales. Las desacralizan arrancándolas de sus hábitats naturales. Las humillan poniéndoles un precio para convertirlas en mercancías. Al final, quedan reducidas a basura, a horrendas cabezas de tigres disecadas sobre paredes lujosas. Parodiando a Baudelaire, ‘Su grandeza sagrada ya no le sirve para nada’.
Más de cinco millones de aves capturadas anualmente son vendidas en países desarrollados. Más de quince millones de pieles pertenecientes a diferentes felinos terminan en ostentosas peleterías de Europa, Estados Unido, Japón…
Y el dolor lo carga la silenciosa Naturaleza. Ella ve cómo sus hijos se hallan en irremediables vías de extinción por la voracidad de mercantes con alma de dividendos.
Basura, los políticos que se ferian día y noche al mejor postor. Basura, sus discursos que venden mágicas basuras. Basura, la salud en las EPS. Basura, los magistrados y jueces que negocian fallos. Basura cara, el magistrado Pretelt que se ferió por quinientos millones de pesos a Fidupetróleo. (Nadie supo el precio de Pretelt y Alberto Rojas para venderse a Granahorrar.) La honorable basura también nos intoxica.
Y crece la basura material y moral a una hora por segundo. Lo mismo da una llanta vieja que un magistrado nuevo. Ninguno cumple correctamente sus funciones. Como basuras capitalistas, desarmonizan con el planeta y con el ser humano. Sólo son esclavos de la insaciable voracidad que los convierte en basura, en verdaderos tóxicos sociales.