Con malicia indígena, Lachachara.co se mimetizó en la logística del día de las elecciones de un ‘cacique político’ para develar cómo se pone en marcha la ‘maquinaria’ de los candidatos al Congreso y de paso se destruye la democracia.
Por Jorge Sarmiento Figueroa
Eran las tres y media de la tarde del viernes 7 de marzo en Colombia. Se acercaban las elecciones para el Congreso. Juancho contaba con el préstamo para pagar 40 autos, entre buses, vans y mototaxis que tenía palabreaos’ para el transporte de sus electores el domingo, el día definitivo. Además, con esa plata, compraría refrigerios para los comandos de votación, para los sancochos de las casas de apoyo y distribuiría los últimos «cartuchos» entre los líderes y compradores de votos que siempre salen cuando menos se piensa a pedir más recursos.
En total, de su propia pecunia, Juancho calculó invertir en esta campaña al Congreso 100 millones de pesos y reunir otros 50 entre sus aliados con los que controla el sector de la salud del pueblo (clínica, oficinas de las EPS e IPS). Ese cálculo resulta de multiplicar 50 mil pesos que cuesta cada voto, por 3 mil que este ‘cacique’ prometió ponerle a un Senador y más o menos la misma cantidad a su fórmula en la Cámara de Representantes. A cambio de mantener y aumentarle contratos y puestos, ni más faltaba.
«¡Juancho! ya te conseguí la plata. Toma», le dijo sonriente el médico, sostenía entre sus manos una caja de cartón pequeña que puso en la mesita de noche. Ya Juancho se sentía mejor, mucho mejor con la buena noticia de su ‘mano derecha’, así que salieron a hacer los últimos preparativos y alistar toda la maquinaria.
Llegó el domingo
Desde las 4 de la mañana del 9 de marzo estaban listos cinco comandos en las afueras de igual número de puestos de votación, los más grandes del pueblo. Cada comando era operado por cerca de ocho personas, que tenían que ser muy allegadas y de toda la confianza de Juancho, para registrar en planillas a cada votante al salir de depositar su voto en las urnas y así llevar el conteo propio de su caudal electoral. Cada comando era administrado a su vez por un líder, de esos que aportan plata y velan por ella.
A las 6 y 30 de la mañana empezaron los electores a llegar a los puestos de votación, primero pasaban a saludar al comando, a que les vieran la cara y preguntar, como quien no quiere la cosa, por su ‘billetico’. Por sus 50 mil. Desde los comandos llegaban y salían ríos de gente a lo largo de la jornada, pero los picos más tumultuosos fueron a la primera hora del día y al rayar las once de la mañana.
A los ancianos los movilizaron de primero, con un acompañante que aprovechara la ausencia de control electoral en el pueblo para entrar hasta el cubículo e incluso marcar los tarjetones que les interesaba. Los carros grandes, las vans, hacían un recorrido circular por todos los puestos de votación, pasando por cada comando a recoger y traer gente. Los moto taxis servían para cortar caminos y meterse por vericuetos donde las calles estuvieran atestadas con los vehículos de las otras campañas políticas. Las vans cobran 400 mil el día, los moto taxis 150 mil.
El Senador manda a vigilar
El delegado, el médico y el ‘cacique’ se vuelven a subir a la camioneta, la ronda incluye cinco comandos más. En todos se cumple con ligeras variaciones la proyección, nada que alarme. En el recorrido aparece un ‘comando fantasma’. «¿Y este de quién es, Juancho?», pregunta el delegado. «Aquí no pregunte mucho -le dice el ‘cacique’-, en este comandito voy a ponerle 90 votos al Senador, pero ellos no están con su Representante, son con el de otro Movimiento, entonces es mejor no preguntar. Además esta casa es de una querida mía». Una mujer saturada de colorete se levanta de un brinco de la mecedora en la que estaba sentada junto a varias personas en la terraza, vio al ‘cacique’ y se puso roja de alegría, se mete a la casa sin explicaciones. Juancho saluda y sigue detrás de ella. El médico entretiene al delegado, que ya entendió. Juancho va a darle un poco de cariño a su amante, quien, además, le es útil para la dura brega de conseguir los voticos en los pueblos.
Otros ‘caciques’
El ‘cacique’ siente el peso de un ex alcalde que se unió a la campaña del Senador a última hora y rechista cuando el delegado le pide que lo lleve al comando del nuevo miembro del equipo. «Te voy a llevar a donde ese tipo, pero te advierto que está venido a menos, no le pone al Senador ni 200 votos. No sé porqué le dieron plata. Esta mañana me llamó a que yo le prestara. Me pidió doce millones y se quejó de que ustedes lo tratan como si fuera un aprendiz. Yo también se la apliqué, nada más le di seis millones y que me los pague esta semana».
Todos inflan sus egos y sus promesas de votos. El ex alcalde los recibe con sancocho y algarabía: «le voy a poner al Senador 500 votos, ¡mínimo!». En la planilla aparecen registrados algo más que 600, pero el delegado sabe de sobra que ningún político, sea Senador, ‘cacique’ o líder, dice nunca la verdad. No le puede creer ni a Juancho ni al exalcalde.
La fiesta democrática
A las diez de la noche el ‘cacique’ seguía rodeado de los amigos de la última hora, se unen a la celebración anunciada aunque todavía no se sabe oficialmente cuáles fueron los resultados. Casi toda la plata del Senador, de los aliados y la suya, alcanzó a ser repartida como lo planeó el ‘cacique’, pero aún quedan migajas que los hambrientos quieren. Hay ‘ley seca’ en el pueblo, pero rondan agachadas las botellas de ron barato. El ‘cacique’ y sus amigos cercanos llevan dos de whiskey abiertas, del más fino y añejado líquido espirituoso inventado por los escoceses hace centurias. De ese no le comparten un trago ni a las ánimas.
Los escrutinios citan que los grandes ganadores de esta jornada electoral son el Partido de Uribe (Centro Democrático), el Partido Conservador, el Partido de La U, y el Partido Liberal. Más abajo quedó Cambio Radical y después la lista es tan pequeña que casi ni los cuentan.
El papel pegado al computador dice «campesinos», para señalar allí los votos de la gente venida del campo.
Los caciques, los comandos, los vehículos, los sancochos, las queridas, el dinero, los delegados, los hambrientos, los vendedores, los compradores, los pueblos. De cualquier Partido político, en cualquier rincón de Colombia, pudo haber salido la historia de este ‘cacique’, porque mientras se le veía manejar como un arreador de ganado a sus electores, también se le veía convertido en un buitre al que le tocó batirse contra la jauría de los otros partidos, e inclusive contra los de su misma campaña que querían ganarse voto a voto.
No se salvó ningún partido tradicional, ninguno de los aclamados dirigentes que están saludando ahora la victoria en televisión, la prensa y las redes sociales, dejaron de patrocinar y liderar las prácticas narradas aquí. Uno que otro, con una buena dosis de cinismo, se tapa la nariz y mira hacia otro lado, pues hereda la pulcritud y honradez de una casa política que se enfrentó con gallardía a la corrupción. Todos hicieron parte de la ‘fiesta democrática’. Y a todos les corresponde ahora repartirse entre ellos el tesoro del país, mientras en los pueblos queda la soledad de toda fiesta terminada.
Ya a los Senadores y Representantes no les está haciendo falta ni hacer promesas falsas, cada vez les está bastando menos, porque lo único que les cuesta los votos es dinero. Y ese se lo dan las empresas, contratistas y grandes inversionistas y banqueros que ocupan lo más alto de la cadena entre quienes deciden el futuro de la economía, la política, el medio ambiente, la agricultura, la industria, la educación, la salud, la cultura y en general todo lo de la sociedad.
Parece mentira que la destrucción de un país comenzara en un pueblo perdido, en las manos de 3 mil colombianos mal llamados ciudadanos que entregaron su voto por 50 mil pesos a un ‘cacique’ en un día de «fiesta democráctica».
A las once de la noche el delegado del Senador llamó al ‘cacique’ con tono altivo, de autoridad: «Juancho, obtuvimos de las más altas votaciones. Sacamos incluso al Representante. Tú también estás en esto. ¡Felicitaciones! ¿Ya sabes el dato de cuántos sacaron tú y los demás en el pueblo? ¡Dime rápido! que quiero reportarle temprano al Senador». Al ‘cacique’ lo acababa de acostar su esposa, medio borracho y enteramente fulminado por el cansancio. Ella lo despertó por respeto a que era una llamada del Senador. «Mira gran hijueputa -le ripostó Juancho de inmediato al delegado-, a usted no lo vi si no hoy en esta campaña, pero yo llevo más de 20 años al lado del Partido y siempre saco los votos que digo. Eso lo sabe el Senador. Así que dígale que espero que él venga a mi casa esta semana y nos tomemos unos tragos, que le tengo unas hojas de vida para que me las contrate y unas cuentas de la EPS para que me las apoye. Tengo que recuperar la plata. Si quiere usted también venga, acá lo recibimos bien, porque este pueblo es mío, ¡duélale a quien le doliere, carajo!, Y ahora déjeme dormir tranquilo, que yo sí trabajo».
*El nombre del ‘cacique’ fue reemplazado.