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Así es un día sin agua en Barranquilla

Los estómagos se contraen y se vuelven estíticos. Y a los estíticos ese día es cuando se les da por ir al baño. ¡Vaya qué cosa! 

 Por Rafael Sarmiento Coley

El hombre se levanta de mala gana. Son las cinco dela madrugada y él es de la primera patrulla. Llama con un grito osco: “¡Juana, ponte el tinto que son las cinco!”. Y del fondo del patio sale una voz chillona: “¡Jesús, María y José, ya el café está listo para usté”.

En lo profundo de la tierra, técnicos y operarios arreglaron las gigantescas válvulas y tubería del más grueso calibre.

Jesús María lleva 24 años trabajando en una empresa que ya no sabe cómo se llama. A veces le dice “EPM” y en otras “La Triple”. Este jueves es consciente de que está trabajando en la Triple A con un contrato especial porque es uno de los técnicos que detecta un tubo dañado en lo profundo de la tierra nada más que con su olfato.

Está entrado en años y pasado de kilos. El uniforme overol azul oscuro y camisa azul cielo ya casi no le cierran. Aun así este jueves se despacha en un santiamén tres huevos cocidos, un chicharrón de  tamaño respetable del más puro tocino, dos bollos de mazorca y un tazón de leche hervida. Es el barrio La Victoria, cerca del Jardín Botánico. Cantan los gallos alegres. Ellos creen que será un día bonito. Están engañados. No saldrán de sus patios, porque lo más seguro es que terminen en la olla, “anja, porque no hay pa más na”.

En el otro extremo

Los operarios de la Triple A realizaron una tarea titánica con el fin de culminar el mantenimiento general en el menor tiempo posible.

A varios kilómetros de la casa de Jesús María, el ingeniero David José se levanta de un sobresalto y sale directo al baño apretando las nalgas y caminando con las piernas pegadas. Entra y descubre que no hay papel higiénico. Pega un grito vagabundo “¡Mija, no hay papel para poner un telegrama!” y ella le responde: “¡Acordate Moralito que hoy es un día sin agua, y usted más que nadie lo sabe, David José Morales”.

El hombre se contiene. De algo le ha servido un curso de kun fu de defensa personal. Todo está en el centro de la frente. Desde ahí el hombre puede controlar todo y él acude a esa fórmula para “espantar” las ganas enormes de sentarse en el bacín media hora a leer periódicos y portales de Internet en su Smartphone del tamaño de una tabla de panela.

Desayuna suave. Tostadas con mermelada dietética, no como las que les dan a los concejales, cargadas de azúcar, por eso es que hay algunos que están  gorditos como un cerdito que parece que se fueran a reventar en cualquier momento  como un globo.

¡Qué vaina, llegué tarde!

Juan David, ingeniero veterano, ejerce de jefe de una de las cuadrillas más adiestradas para superar emergencias de tuberías rotas y fugas subterráneas e instalación de tubería de grueso calibre a gran profundidad.

Aprieta el cloch de su camioneta Ranger para llegar rápido a la obra con el fin de usar las baterías móviles que siempre están en servicio mientras se realizan estas obras con presencia de numeroso personal. Pero se encuentra con la triste realidad de que toda su gente está en las mismas condiciones suyas. No hay de otra. Hacer una larga cola para entrar al baño rodante.

Se rasca la cabeza. Juan David se culpa. “¡Qué vaina, llegué tarde! Por estar de pendejo discutiendo lo del extraño novio de la niña”.

De repente emerge del fondo de la caverna Jesús María con su casco, sus botas hasta las rodillas y su uniforme azul. “¡Hola jefe, como amanece!”, dice Jesús María. “¡Hombre, bien¡ te felicito, ya veo que fuiste al fondo de la zanja para ver si la tubería que instalaron esta madrugada quedó bien”. “¡No qué va! Yo estaba era buscando el hueco más oculto para desocupar del todo las vías estomacales y urinarias, porque estaba que me reventaba!”.

Juan David se queda pensativo y en ese momento siente los retorcijones de barriga. Las tripas parece que tuvieran una carga de piedras. Traquean como traganiquel viejo. Y el líquido de sus riñones está que se sale de su bolsa. No lo piensa más. “¡Yo también voy pa esa!”, le dice a Jesús María. Y Juan David se pierde socavón a bajo, a lo profundo de la zanja. Jesús María se olvida de él.

De repente llega el supervisor mayor, un hombre autoritario, que se cree con más poder que el gerente general Ramón Navarro Pereira, quien es tan buena papa y nunca coge rabia y mucho menos grita. “¡Están listas esas tuberías!”. La respuesta es en coro…”¡¡Sííí!!” Y el mayordomo vuelve a gritar, “¡pues entonces, manos a la obra! Que toda la maquinaria empiece a tapar zanja rápidito”.

Cuando las retroexcavadoras, las buldócer, las catapilas, las máquinas que llevan por delante unos trinches que remueven tierra para que caiga al fondo del camino profundo por donde va la tubería que ha sido cambiada o arreglada, es cuando Jesús María recuerda que su jefe inmediato está en el fondo del socavón evacuando el estómago y pega un grito herido que paraliza a todo el mundo: “¡Noooo, por favor, lo van a enterrar vivo!”. Es cuando Jesús María, todo atolondrado, explica lo que sucede con Juan David que ese día, precisamente ese día, amaneció como el pato porque en la noche anterior se pasó de piña con una bandeja paisa y unas cuantas totumas de refajo. Totumas como las que esa madrugada usó para bañarse.

Estanterías vacías

En el resto de la ciudad la situación era distinta.- Las tiendas, supertiendas y supermercados estaban de fiesta. Había, como era poco usual un jueves con la quincena lejana, un lleno total. Las cajas atascadas. Y los carros llenos de agua de todos los tamaños y formas.

Los carritos de compra, además de agua, contenían platos, vasos, cubiertos y toallas desechables. Bolsas de basura tamaño Jumbo, tan grandes, que en una de ellas cabe el periodista Alexander Lewis.

Esas bolsas, en horas de la tarde, estaban en los ‘paraderos de basura’ (en donde los camiones de la Triple A las recogen). Algunas estaban con la boca abierta, y se veían llenas de sobrantes de todo tipo de comida, los platos, vasos, cubiertos y servilletas desechables, y en una  que otra bolsa había unos envueltos bien apretados en papel periódico. Sin duda debieron de ser algunos ‘camuflados’ de alguien que no aguantó las ganas, agarró el primer periódico que encontró y se inclinó a ‘leerlo’ con el tercer ojo.

De esos “pasteles envueltos en papel periódico” estaban atestadas varias bolsas que los perros merodeaban con ganas de saltar la verja donde se acumulaban las bolsas tamaño Alexander.

Así, entre estómagos sometidos a la fuerza a una estitiquez hasta las doce de la noche, y vejigas repletas de líquidos urinarios, y gente bañándose en el patio con totuma y como Dios los trajo al mundo, fueron pasando las horas del día sin agua en Barranquilla. Ramón Navarro, con su bondadosa actitud de siempre, dice que esas “son las incomodidades del progreso”. Y que después de este día ilíquido, vendrán días de abundancia y mejor servicio, pero ojalá con las mismas tarifas. ¡Que no haya aumento! Porque ahí sí que no habrá papel de baño para poner telegramas. ¿A quién? Pues a la Triple A.

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