Por Ricardo Bustamante
Fue mi hermano Gilberto el responsable de que me interesara por aprender a jugar el ajedrez. Lo hizo de la manera más hermosa y en el mejor de los momentos. Nino, como le decíamos a Gilberto, en verdad hizo lo suyo, y Robert (Bobby) James Fischer se encargó, a la distancia, del resto.
La historia es la siguiente:
Era la Barranquila de 1972, el ajedrez para la época en la ciudad era un deporte ciencia de pocos adeptos, los que se podían contar e identificar con facilidad. De pronto, sin saber el porqué, aparecieron en mi casa libros sobre ajedrez describiendo estrategias para vencer al adversario; textos que luego me percaté contemporizaban con las noticias que llegaban de lejos sobre un Campeonato Mundial de Ajedrez que se realizaba en Reikiavik, Islandia, protagonizado por el campeón defensor Boris Spassky, de la Unión Soviética, y el retador Bobby Fischer de los Estados Unidos.
El match se jugó desde el 11 de julio de 1972, hasta el 31 de agosto del mismo año. Spasski se rindió por teléfono el 1 de septiembre, rehusando proseguir el juego. El puntaje fue de 12½ contra 8½, Fischer fue el campeón oficial número 11.
Los libros y aquel tablero de ajedrez con piezas de madera allegados por mi hermano, le dieron al hogar un toque distinto. Imperceptiblemente se coló en la casa un aire de intelectualidad y reposo callado, que contrastaba con el bullicio de otros deportes como el fútbol y el béisbol. Viendo a Nino entregado a toda hora al deporte ciencia, se metió en mi la curiosidad de aprender a mover los peones, alfiles, torres, caballos, reyes y reinas. Al poco tiempo, ya entendía y jugaba el ajedrez, como dije anteriormente, gracias al ejemplo de mi hermano.
De Fischer tengo el recuerdo fotográfico de un muchacho con pinta de gringo rockero, que más bien parecía un miembro joven de los llamados Cuerpos Voluntarios de Paz que iban a lugares remotos a enseñar temas de salud, educación y agropecuarios. Igualmente, en el torneo mundial, mostraba por momentos su mal genio y excentricidades de muchacho difícil. Fischer con tan solo 29 años se convirtió en Campeón Mundial y todos aquellos ajedrecistas de mi ciudad, incluido mi hermano y quien escribe esta nota, queríamos ser como Bobby.
Mi hermano partió a la eternidad en 1986, me dejó los libros y el tablero de ajedrez con sus piezas que todavía subsisten después de tantos trasteos. Cuando por ahí me los encuentro, llega a mi la nostalgia y los recuerdos de Fischer y Nino.
Mi amigo Estewil Quesada, periodista de los mejores, vocero de prensa de las Olimpiadas Mundiales de Ajedrez Sub 16 que se realizan en el Hotel Dann de Barranquilla, me invitó a presenciar una sesión de juego de los muchachos que llegaron de 43 países para el torneo. Entré al recinto con devoción y felicidad en mi corazón, recordando a los dos seres que me inocularon el ajedrez para siempre.
