No se engañe, mi querido amigo. No siempre lo que la lengua dice es la verdad.
Por: Óscar Flórez Támara
Este asunto que no debe ser objeto de aparición masiva en una sociedad sana, ante la mirada interna y externa, es vergüenza que causa escozor ya que ha llegado a los extremos en un país que se debate en la pobreza y la miseria que lo ha carcomido durante largos años. Ahora el pus se ha estacionado en la parte más sensible, donde el dolor pesa doble y el alma se pudre: En la cúspide que busca verdades y clama Justicia, la corteza cerebral del país jurídico parece estar padeciendo el mal endémico del virus corrupto. Lejos de los altos valores y el avance decente del imaginario humano. Distante del pensamiento claro y el juicio acertado de dignidad de especie. Allí yace mancillado el país, en el más degrado ejemplo de atraso humano.
La corrupción aflora la patria como una especie de alcantarilla colapsada por el sedimento de los mugrientos años de iniquidad, exclusión, pobreza, intolerancia, perversidad, indiferencia, mezquindad y pequeñez de alma. Arrastrada por la conciencia de una élite que se cree superior y de sangre azul, ante un pueblo domesticado por la ignorancia sostenida durante largos años de servidumbre. Una especie de vieja enfermedad que ha impedido oxigenar las mentes de las nuevas generaciones, al ser mutante y al no querer salir del mal que la aqueja y la destruye.
No se engañe, mi querido amigo. No siempre lo que los ojos ven es la verdad. Los corruptos son expertos magos en esquilmar presupuestos. Ellos se especializan en hacer resplandecer la mentira como la más pura esencia de la verdad y preparan el escenario en los mínimos detalles. Escogen a sus titiriteros y los ubican en los encumbrados y estratégicos cargos con expertos francotiradores para quitar del medio a todos aquellos que se conviertan en obstáculo. Así ha pasado y viene pasando en la historia del país. Hemos cohabitado con la mugre, hoy metamorfoseada en tristes “carteles”, donde cada grupo tiene a un jefe y este designa su propia cuadrilla al estilo del mejor torero de faena. Lucen trajes fantásticos y enloquecedores perfumes. Ropas de marca y carros de última gama que sobrepasan las cualidades de sus propios dueños. Así ha sido y sigue siendo, lo que acontece es que ahora salpica a otros estamentos, incluso, se siente el tufo en ciertas instituciones académicas, donde cada grupo llega con su propia cuadrilla. ¡Qué dolor de patria y de país enfermo!