Por: Francisco Figueroa Turcios
La historia de Apolinar Paniagua recuerda, como metáfora, el pasaje bíblico del profeta Elías.
El profeta Elías después de vivir momentos extraordinarios, llegó el tiempo de la prueba en el desierto. También Apolinar Paniagua conoció las dos caras de la vida: la gloria que acompaña al éxito tanto en el fútbol Paraguayo y Colombiano y el silencio que suele envolver a los héroes cuando las luces se apagan.
Hoy 23 de julio, mientras el calendario le regala 80 años de vida, Apolinar Paniagua recorre en silencio las diferentes poblaciones de Paraguay, como un habitante de la calle. Son pocos las personas quienes detienen la marcha para descubrir que ese hombre que esta sentado fumándose un cigarrillo en cualquiera calle fue, hace más de medio siglo, uno de los futbolistas más admirados de su país y una figura del fútbol colombiano.
El tiempo, que alguna vez lo llevó a los estadios repletos de los clubes Olimpia y Guaraní en Paraguay y Deportivo Pereira y Millonarios y al reconocimiento de miles de aficionados por su olfato goleador, terminó conduciéndolo a un lugar donde los aplausos ya no existen: el desierto de la soledad.
Exitosa trayectoria…
Foto: Apolinar Paniagua, Julio Gómez y Miguel Ángel Sosa.
La carrera profesional de Apolinar Paniagua comenzó en Paraguay. Con la camiseta de Olimpia, entre 1967 y 1968, dejó ver sus condiciones goleadora, su inteligencia para manejar el balón y la serenidad para vencer a los porteros. Luego pasó a Guaraní, donde entre 1969 y 1970 confirmó que no era una promesa pasajera, sino un futbolista llamado a convertirse en protagonista.
Su talento cruzó fronteras. Apolinar Paniagua ratificó en el fútbol profesional colombiano la estirpe de goleador que traía desde Paraguay, donde había dejado su sello con Olimpia y Guaraní. Su llegada al Deportivo Pereira confirmó que su mayor virtud era convivir con el gol. En la temporada de 1971 conquistó el Botín de Oro del campeonato colombiano al compartir el primer lugar de la tabla de artilleros con el argentino Hugo Horacio Lóndero, ambos con 30 anotaciones, una cifra extraordinaria para la época.
Su capacidad para definir no se apagó con el cambio de camiseta. En Millonarios continuó escribiendo páginas memorables y, en 1973, terminó como segundo en la tabla de goleadores del torneo al marcar 31 tantos, solo superado por el uruguayo Nelson Silva Pacheco, quien alcanzó 36. Esa regularidad frente al arco confirmó que Paniagua era uno de los delanteros más letales del continente.
Su extraordinaria frecuencia goleadora despertó nuevamente el interés de Olimpia, que decidió repatriarlo para devolverle a su ataque un hombre de eficacia comprobada. El regreso a Paraguay no significó el final de su esplendor; por el contrario, Paniagua mantuvo intacto su olfato goleador y se ganò la convocatoria a la selección de Paraguay primero a la Copa América 1975 y más tarde a las eliminatorias del mundial de Argentina 1978. demostrando que los grandes artilleros no dependen del uniforme que visten, sino de un instinto que convierte cada oportunidad en una celebración y cada gol en una huella imborrable de su legado.
Foto: Apolinar Paniagua y Willington Ortiz
Sin embargo, como ocurre con todos los deportistas, llegó el momento en que el reloj anunció el final del partido. El retiro suele ser el rival más difícil para muchos futbolistas. Se terminan los entrenamientos, desaparecen los periodistas, cesan los contratos y las tribunas buscan nuevos ídolos. La fama, que parecía eterna, comienza a desvanecerse con una velocidad sorprendente.
Hoy, mientras celebra 80 años, la vida de Apolinar Paniagua transcurre lejos de aquellos escenarios donde fue ovacionado. Las nuevas generaciones apenas conocen su nombre. Quedan los recuerdos de quienes lo vieron jugar y la memoria de un tiempo en que su talento despertaba admiración en Paraguay y Colombia.
Su historia trasciende el fútbol. Es el retrato de una realidad que alcanza a muchos deportistas cuando termina la competencia. Mientras el balón rueda, abundan los reconocimientos; cuando deja de rodar, con frecuencia aparece el olvido.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que deja la vida de Apolinar Paniagua. Los títulos, los goles, las convocatorias a la selección y los aplausos pueden llenar los estadios, pero no siempre garantizan un lugar en la memoria permanente de la sociedad. El fútbol conserva estadísticas; los seres humanos deberían conservar gratitud.
Paniagua espera un ángel como el profeta Elías
Como en el relato bíblico del profeta Elías, que después de desafiar a los profetas de Baal huyó al desierto abatido por la soledad y el desánimo, la historia de Apolinar Paniagua también parece haber transitado del clamor de las multitudes al silencio. Entonces, Dios envió un ángel para fortalecer a Elías y darle el alimento necesario para seguir viviendo y encontrar un nuevo propósito.
Ese mismo milagro, aunque con otro rostro, es el que hoy parece esperar Apolinar Paniagua. No un ángel con alas, sino un ángel del planeta fútbol: un dirigente, un excompañero, una institución o un aficionado que recuerde que aquel paraguayo llenó de goles los estadios colombianos y regaló incontables alegrías. Alguien que extienda una mano solidaria para ofrecerle una mejor calidad de vida.
Porque el fútbol no solo debería honrar a sus ídolos con aplausos cuando llenan las tribunas. Su mayor grandeza se revela cuando es capaz de acompañarlos en el ocaso de sus vidas. Quizá ese sea el último gol que el fútbol colombiano aún tiene pendiente con Apolinar Paniagua: demostrar que la gratitud también sabe jugar y que la memoria puede convertirse en el más hermoso acto de justicia.
