A pesar de todos los esfuerzos de la revolución, hay hambre en las calles. Muchos ‘desechables’ tirados en las aceras con una botella de ron barato al lado. Prostitución de ambos sexos.
Por Moisés Pineda Salazar*
«Ambarina» es una pequeña cafetería situada en el número 212 de La Calle Obispo, entre San Ignacio y Cuba.
https://youtu.be/FylzKcZQF2U?t=11
Se repiten una y otra vez, a lo largo de esta calle por la que una mujer, con evidentes estudios de música y técnica vocal, con timbre de mezzo-soprano «canta a capella» su versión de ‘El Manicero’, mientras ofrece los cucuruchos a los turistas que arrobados la miran, la fotografían y graban su pregón.
El reguetón ya ha taladrado sus oídos, poco o nada les importa, asombra o interesa, aquella canción tradicional que singulariza su cultura a lo largo y ancho del mundo.
A la «Ambarina» llego, cada vez que vengo por estos lares, a degustar lo que en mi niñez se consumía en La Cafetería «Doña Maruja» que funcionaba en la Avenida Olaya Herrera, como parte del Teatro del mismo nombre, donde después funcionó «El Lugar de su Cita», » Mi Vaquita», unos metros antes del Chopsuey en el crucero con la calle 72: una «Vaca Negra».
Sabe que no le creo esa historia
Me guiña el ojo mientras un turista deja caer una moneda de un peso convertible (CUC) que, en teoría es equivalente a un dólar pero que, en la práctica, al momento de hacer el cambio, quién te lo haga, se queda con una comisión- si es en el mercado negro- o impuesto- si se hace en los sitios autorizados- que oscila entre el 10 y el 16 por ciento.
Así que el peso convertible cubano, es una moneda ¡de mayor valor que el dólar!
El rostro se le ilumina pues sabe que con ese CUC puede comprar un sándwich y un refresco en aquella calle en la que tienes la oportunidad de elegir entre comidas de a 10 pesos nacionales – 40 centavos de dólar- y otras que superan los 14 dólares el plato, que son el 50 % del salario mensual de un trabajador promedio en Cuba.
Obispo es una calle de contrastes que lleva al extranjero de una realidad a la otra, sin solución de continuidad.
Del modesto atelier de un pintor sin nombre que lucha por hacerse a uno, al de otro ya acreditado cuya flojera se evidencia en el «corte y pega» que hace de imágenes disponibles en la Internet y que con desenfado mistifica, disfraza, con pinturas de aceite y agua, que es poco decir, para no afirmar que las copia.
Del local individual de artesanías se hace tránsito al pasaje comunitario de artesanos y de allí a la Galería Afamada de Arte.
Se pasa del restaurante Gourmet que anuncia una carta internacional, a la pizzería de a centavos la porción; del Bar en el que te sirven un trago por 11 pesos convertibles, al de medio pelo en el que te ofrecen un whisky de malta por 2 dólares la copa y una cerveza cubana por 10 pesos nacionales.
En el televisor de la trastienda, un mesero, una aseadora y la anciana que atiende el baño, se aburren mientras El Comandante- Raúl Castro- anuncia en el pleno de la reunión extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el proceso legislativo con el que se concluye «la mayor y más consultada norma» que se haya hecho «durante toda la revolución y quizás en toda la historia de la República de Cuba». Un proceso en el que participaron más de un millón 600 mil cubanos, que asistieron a más de 47 mil reuniones.
Lo que Raúl describe, me recuerda el proceso metodológico seguido en Colombia durante cuatro años con las Farc.
Fue el más público y concertado en toda la historia del país.
Pero que, al final y a la postre, nadie leyó- ni ha leído- desde cuando se colgó en la Internet el primero de los centenares de documentos, actas, análisis, ensayos y propuestas que allí aún siguen a la espera de que los colombianos los consultemos en lugar de andar descalificándonos, buscando razones para matarnos, los unos a los otros.
Notan mi presencia
Asumen una estudiada postura interesada y hacen comentarios pertinentes acerca de «nuestro Jefe» quien nos quedó al debe, saber cuáles serán las reformas al «modelo económico y social» que deberán implementarse para enfrentar en los próximos quince años, las nuevas condiciones de la economía mundial, sin traicionar ni poner en peligro «los logros de la revolución«. ¿Que todo cambie para que nada cambie?
Una mulata de turgentes piernas le hace honores a la calle por la que un travesti exhibe con donaire lo que hace cuarenta años fuera razón suficiente para enviarlo a un centro de reeducación.
Un perro va marcando la vía, andando y meando, mientras un gato hambriento se especializa en una dieta a base de espaguetis.
*Polítólogo, ambientalista, periodista y escritor, es, además, colaborador de lachachara.co