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Ana Morales, un laboratorio de emociones

Por Jorge Sarmiento Figueroa

Ana Morales entró al escenario convertida en una dragona. Llevaba unas manoplas de fuego con las que encendió varios puntos de unos hula hula que hizo girar con estupor circense en sus caderas, brazos y cuello mientras hacía una ‘danza del vientre’. Todo sucedió ante un público que admiró su danza alrededor de una fogata en la orilla de la playa. Era el encuentro Magia bajo la Luna, concierto de Shonny y El Hijo del Búho realizado en el hotel Pradomar el 23 de julio. Fue la primera vez que la vi en escena.

Ana no solo enlaza diversas disciplinas artísticas en los escenarios. Es psicóloga con especialización en psicología clínica, tiene una amplia experiencia en procesos terapéuticos grupales e individuales en niñas, niños y personas adultas con manejo de técnicas artísticas como forma de intervención. Ha trabajado con diversos tipos de población, como la comunidad de desplazados en Pinar del Río, Atlántico, o con los funcionarios que durante 45 días cumplen su labor de manera interna en el Parque Natural El Tuparro, en la Orinoquía colombiana.

“Cuando trabajé con niñas y niños desplazados por la violencia me sentí impactada por la sensación de desesperanza en el Estado, la sociedad y en sus mismas familias. Entendí entonces que la única manera de aportar algo de mí era desde el arte y el deporte, darles el encuentro, el regocijo y la sanación emocional que eso puede producir en una persona”. Ana practica el arte y el deporte desde temprana edad. Estudió en el Colegio Alemán, donde hizo parte de la orquesta cuyo método de enseñanza de la música está basado en el modelo Orff, que combina el sentido rítmico de la percusión con la recreación melódica y auditiva.

También practicó taekwondo, llegando a cinturón verde en la modalidad ITF y luego alcanzó ese mismo color en la modalidad WTF. Todo esto me lo cuenta en una entrevista en la casa de su madre, donde vive ahora que ha regresado a Barranquilla después de haber vivido en México durante 6 años y de haber viajado durante largo tiempo por varios países de Latinoamérica.

Luce unas rastas largas y fuertes con el color de la tierra, me parecen simbolizar las raíces que ella ha extendido en sus viajes y experiencias. Se las empezó a hacer en el año 2015, en Costa Rica, justo en el momento en el que le avisaron que su padre había fallecido. Su mirada tiene también toda la extensión de su camino, sus ojos son dos piedras con el color de brillo intenso que solo alcanza el jade imperial.

Aunque sus aptitudes para la psicología le han valido trabajos destacados, como la asistencia de investigación en la Maestría en Psicología en la Universidad del Norte, a los 25 años sentía que su visión de vida no era compatible con labores de oficina de tiempo completo. Vivía en Santa Marta y trabajaba como psicóloga en varias instituciones cuando conoció a un grupo de artistas circenses y artesanos de varios países que venían cruzando Latinoamérica de abajo a arriba. “Ver cómo creaban su propio estilo de vida de la mano con el arte mi inspiró tanto que a la semana siguiente renuncié a todo y me fui del país con ellos. Recuerdo el viaje entre Turbo y Panamá, en una lancha rápida que hace dos interminables tramos de 10 horas y 8 horas seguidas a mar abierto. Después de ese susto infinito, todo lo demás se abrió como la magia”.

Así conoció Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, El Salvador, Estados Unidos y México, donde extendió sus raíces durante seis años. Adquirió varias destrezas, como tejer en macramé, practicar la belly dance o danza del vientre, a jugar de manera profesional con el hula hula, gracias a todo esto se desempeñó con éxito en las zonas turísticas de esos países, a veces en grupo, a veces en pareja y también por cuenta propia, siempre con calidad de vida, tal como se lo había propuesto.

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Acaba de regresar a Barranquilla. Tiene el propósito de realizar aquí laboratorios de emociones a partir del arte y el movimiento. Con ello desea brindar a las personas procesos en los que los participantes encuentren un lugar dentro de su cuerpo, “encuentren la paz y el amor que habita dentro de ellos y resuelvan nudos o trabas que les impiden expandirse en la entera libertad de sus potencialidades. También es un laboratorio para resolver somatizaciones corporales de manifestaciones de ansiedad, traumas y duelos no resueltos”, explica. El primer laboratorio se realizará entre el 14 de agosto y el 3 de septiembre En la sede de Nueva Acrópolis en la Cra 49 # 66 – 02.

El enrevesado destino hizo que menos de una semana después de su espectáculo circense en el Hotel Pradomar, Ana y yo nos encontráramos por casualidad en Barranquilla. Conversamos y nos propusimos crear juntos, ella con la danza, yo con la poesía. El resultado fue una experiencia emotiva en la que varias personas, entre ellas la emprendedora indígena Lucía Chaparro, el músico Juan Camilo Henríquez; y Mango y Mar, creadoras de la marca Martesana, vivimos lo que Ana Morales viene aplicando como laboratorio de emociones: arte y movimiento.

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