Por, William Castro Atencia.
La payasa Coicoi
Antes cuando las artes y la cultura eran vistas como dos elementos separados que poco a poco podrían trabajar en conjunto por una ciudad en pleno crecimiento, a las familias más tradicionales y conservadoras del país les preocupaba seriamente la inclinación o el interés que sus hijos pudieran tener hacia las artes. “¡Mi hija va a ser tooodo menos artista!”, decía el payaso Monachín, que a los once se encontraba en su primer gran escenario, narrando la historia de una niña cuya madre se enojaba cada vez que le pillaba haciendo teatro en el patio de la casa o en el colegio.
“¡Tú tienes que ser abogada!”, repetía el personaje de la madre interpretada por Monachín, vistiendo una larga pañoleta que a todos sacaba una carcajada. “¡Tú tienes que ser ingeniera, o sino te mueres de hambre!”, una frase directa que persuadía al resto del elenco, dejándoles entre felices y tristes, solo hasta oír que la pequeña niña perseguiría sus sueños de ser artista, pese a los jalones de trenza de su severa madre.
Fue así como Monachín cuenta que, a temprana edad, la niña adoptó los perros que siempre quiso; se tiñó el pelo de colores, escribió su propio monólogo y se ganó unos pesos recitando para sus amigos la obra “de una artista que quería demostrarles a todos que podía hacer dinero como el ingeniero o el abogado”, pero sirviéndose de las clavas y monociclos de los artistas callejeros que solía ver en el semáforo ganándose la vida con sus malabares. “Desde entonces la madre, entendiendo su pasión, empezó a apoyarle en cada una de sus prácticas y ensayos que en la escuela le convencerían hacia dónde encaminar su talento. ¡Su nombre era Carolina, y ahora es la payasa Coicoi!”.
A Carolina Duncan la conocí sin saber que era la payasa Coicoi, durante la gran gala de clausura del Vl Festival Internacional de Circo Nariz Roja, aquel que desde el 2014 homenajea en Barranquilla la memoria de un payaso de Baranoa que siempre soñó con montar un teatro donde poner la nariz en su lugar.
Llegaba del Primer Encuentro Internacional de Circo Social librado en Buenos Aires, Argentina, para dirigir una treintena de jóvenes habitantes del barrio Villanueva, perteneciente a la Localidad Centro Histórico de la ciudad, que de vivir una infancia marginada por la crudeza de las calles pasaban ahora a formarse en las clavas y los malabares de su proyecto “Circo Nu3”, subyacente de la fundación Nu3 orientada hacia el rescate de la niñez y la adolescencia.
William Castro: ¿De dónde proviene su vena artística?
Carolina Duncan: Siento que viene mucho de mi abuelita, porque ella toda su vida ha sido pintora, escritora, poeta; y desde siempre nos ha enseñado a la familia a recitar, a dibujar, pintar y estar conectadas con el arte dentro de la casa.
W.C: ¿Cuándo se decide por ser payasa?
C.D: Yo conecté con la payasería en las clases de teatro que tomé hace años con el profesor Darío Moreau en la Universidad del Atlántico. Desde entonces todo ha sido investigar, improvisar y aceptar con positivismo cada propuesta nueva, manteniéndome conectada con ese ser del payaso que era claramente mi inclinación.
W.C: ¿Y tenía claro qué tipo de payasa quería ser?
C.D: En principio no, pues primero estuve creando desde adentro hacia afuera con una payasa que jugaba tenis y vivía el éxito y el fracaso por medio del deporte. Después, trabajando la técnica en los teatros, las calles y el circo, surgió una payasa inocente, adaptada a otra clase de habilidades y estilos más complejos. De esta forma, Coicoi (que viene de un juego de sonidos que hacía cuando era bebé) fue asumiendo un sentido social, para más allá del entretenimiento, construir un espacio de sanación física, emocional, mental y espiritual.
Payasa sin fronteras
Carolina es graduada de los programas de comunicación y psicología de la Universidad del Norte, y a sus 38 años ha recorrido casi todos los Estados Unidos llevando talleres de circo social, en vínculo con importantes ONG’s como Payasos Sin Fronteras, mediante la que también ha realizado múltiples labores de payasería humanitaria en países como Siria y Atenas, cuyos escenarios señala que “pertenecen más que todo a un contexto cotidiano, donde tú llegas y la función es en el barrio, la esquina o la plaza central, sin manejarse como tal un teatro o una boletería”.
Así mismo, dentro de su propia fundación Duncan Playful Circus, Carolina se desempeña desde hace más de diez años como docente certificada en yoga de la risa, una faceta que deriva de su práctica circense, y con la que conecta desde los aspectos de la respiración, la meditación y los mantras que maneja a la hora de llevar a cabo cualquier actividad física, ya que para ella “la parte espiritual es fundamental, y si a eso le sumo la risa, entonces es como si manejara al mismo tiempo todos los elementos con los que me siento super cómoda en el escenario”.
Aquella tarde novembrina fue motivo de muchas sonrisas para cientos de espectadores que, a la vera del Malecón del Río, se llevaron en sus corazones los espectáculos de Julio Yánez, Pamplinas y Patrañas, Jair Ibáñez, Viento Recio y Coicoi, quien, no obstante, de la noche a la mañana, tuviera que dejar nuevamente Barranquilla, para volver a las itinerancias de un oficio que le exige estar en constante movimiento.
El sueño de todo clown
Después de realizar una breve gira por distintos condados de Arizona junto a la histórica familia de circo italiana Zoppé Family Circus, Carolina regresa a La Arenosa en épocas de carnaval, para revivir dentro de sí estas fiestas que, a partir de aquel aciago 2020, no volverían a ser las mismas. La OMS había declarado pandemia a un nuevo brote de coronavirus en el mundo, dejando a millones de personas impedidas de viajar o al menos movilizarse en un común ambiente de extrema incertidumbre que había surgido, y que ella, aun así, sabría controlar de la mejor manera.
Su amor eterno por el mar acabó por conducirle a Puerto Colombia, municipio del Atlántico que hace tres años no visitaba, para en esta ocasión quedarse a vivir más tiempo de lo usual, a la altura de un Mirador que asombra la mirada del transeúnte inadvertido del paisaje que está a punto de descubrir: El Mirador Vistamar.
W.C: ¿Cuál ha sido tu relación con Puerto Colombia, en comparación con los otros municipios del Atlántico?
C.D: He trabajado en Soledad, Galapa, Baranoa, Barranquilla, pero nada como Puerto Colombia. Puerto tiene su magia. Cuando llegué por primera vez empecé a hacer jornadas artísticas relacionadas con la recolección de basuras y consciencia del cuidado de los mangles, para años después ver cómo el espacio había sido rescatado por la misma comunidad y las secretarías. Recuerdo que con gestión de Dalfre Cantillo (artista escénico de Fundación Sanarte) me podía presentar allá en la plaza, organizar varietés en la Estación del Ferrocarril, pero eso cambió con la pandemia.
En efecto, las reglas del juego son otras, y actualmente rigen ciertas restricciones y protocolos esenciales para preservar la salud de los porteños, como el distanciamiento social, medidas de temperatura, porte de tapabocas y alcohol. Por lo que en principio representó un reto para Carolina adaptarse a los entornos virtuales donde pudiera seguir dictando sus talleres a largas y cortas distancias, hasta pasada la tormenta en que daría apertura física a su Club de Malabares frente al mar, conformado por niños, jóvenes y adultos interesados en aprender o perfeccionar sus técnicas circenses.
Pero motivada a ir más allá de las expectativas impuestas por el confinamiento, Carolina participa de las convocatorias “El escenario es tu casa” y MinTic para la producción audiovisual de espectáculos con la Secretaría de Cultura de Barranquilla y el Canal Telecaribe, resultando ganadora en ambas instancias con sus obras Elella y El verdadero color del amor, por las que recibe a final de año un estímulo para hacer realidad su más grande sueño, que es a la vez el sueño de todo clown: Montar su propia carpa de circo.
W.C: ¿Cómo fue el proceso técnico de gestión y montaje de la carpa?
C.D: La mayoría de los materiales fueron traídos de Barranquilla. Fue un mes de puro irse al Centro para cotizar las guayas, los perritos, los cables, para luego trasladarlo todo en un camión de carga. Aquí fueron varios los amigos que me apoyaron, artistas de todas partes del mundo que primero ayudaron a nivelar el terreno, pues este espacio estaba ocupado por muchos desperdicios, y lo que hicimos fue reciclarlos para empezar a construir.
W.C: ¿Y por qué dicen ellos que al final “nada fue según lo planeado”?
C.D: Porque la ilusión era tener una carpa que pudiera ser itinerante, pero dadas las condiciones climáticas de Puerto, quedamos en que quizás esa no era la mejor opción. Entonces lo que hicimos fue que armamos una estructura con madera y techos de zinc en lugar de toldos y lonas, lo que pese a restarle un poco a la estética tradicional, no por ello deja de ser un espacio que brinda todas las comodidades para entrenar, presentar funciones en vivo, hacer talleres y hospedar a los artistas visitantes.
Entre tantos actores del montaje figuran en Carolina los nombres de José Cudriz, Camilo Osorio y “Wayz”, director del Circo Tropical de Palomino, cuyo diseño inicial atrapa el interés de un anónimo ingeniero dispuesto a resolver sus planos con el teorema de Pitágoras. También evoca la presencia de colectivos locales y nacionales como Orito Cantora, Jenn del Tambó, la Red Colombiana de Payasas, entre otras personalidades como el fundador del Mirador Vistamar, Carlos Blanco, y la educadora popular e itinerante, Manuela Cárdenas, con quienes tuve el placer de conversar.
W.C: ¿Cómo se entiende el proyecto de Carolina con el suyo?
Carlos Blanco: Prácticamente nuestros proyectos conmutaron por el interés en común que tenemos por la permacultura y la bioconstrucción, porque considero que las actividades y las disciplinas del circo también ayudan al mejoramiento de la calidad de vida, así como la experiencia que se tiene con la siembra, el trabajo del producto orgánico en beneficio del cuerpo terrestre. Entonces aquí buscamos desarrollar iniciativas y proyectos que proveen calidad de vida, paz y tranquilidad en nuestra sociedad actual.
Por su parte, Manuela se parece mucho a Carolina, en el sentido de que ambas viajan por el mundo transformando vidas con su arte; esta, como la payasa Coicoi, y aquella como “Ela Espiral”, quien gira en torno a la carpa para sembrar su grano de arena.
W.C: ¿Cuál ha sido su aporte a este proyecto?
Ela Espiral: Lo que empezaron siendo unas funciones de títeres, se convirtió en un hermoso taller llamado “Caracolas”, dirigido a la población infantil de Puerto Colombia, niños de 3 a 6 años que durante dos meses estuvieron viniendo entre semana acompañados de sus padres, para trabajar unas actividades de lectura en voz alta relacionadas con habitar el planeta tal como habitamos nuestras casas, y así fortalecer los lazos de amor, solidaridad y respeto tan necesarios en estos tiempos de crisis.
Al final, todos concuerdan en que se necesita de un equipo de trabajo constante para seguir desarrollando este proceso, sobre el que las entidades públicas y administrativas deben prestar mayor atención, en miras de patrocinar a los hacedores de la cultura por su labor autónoma y autogestionada. Carolina había empezado con pie derecho el 2021, a solo tres meses de proyectar la primera sede-escuela de circo en el departamento.
Apertura y aprendizaje
Llega el sábado 6 de marzo y, bien temprano, me alisto para agarrar un bus a Puerto Colombia desde Barranquilla, esos que salen del Centro para llevarlo a uno hasta la playa por un precio no mayor a $3000 pesos, y que a veces dicen Costa Azul y son de color cielo en lugar de placa amarilla. Dependiendo de cuál se tome, se privilegian al pasajero unas vistas hacia el Lago del Cisne, el Castillo de Salgar, los hoteles de Pradomar y Sabanilla. Ya en Puerto, tengo la opción de bajarme sobre la calle del parque La Rosita y caminar en “U” hasta la nueva sede de circo; o bien, coger una moto por $1000 pesos que me deje en el barrio Vistamar, cerca a la cabina de El Propio o El Nativo.
La primera impresión que me llevo son una serie de murales coloridos a la entrada, indicándome que he llegado a Al Mar, ¡Ola de Circo!, donde hoy se inaugura un espacio biodiverso para todo público, lleno de mangles y cangrejos azules que acompañan los mensajes alusivos a la paz y la armonía con nuestro medioambiente.
A primera hora del día empezaban a llegar los participantes de las sesiones de yoga programadas en la agenda matutina, seguida por una jornada de limpieza y aseo de las playas. A continuación, en horas de la tarde, se congregaría al público en la carpa de Al Mar para socializar unos talleres de circo introductorios al gran varieté. Hasta este punto, Coicoi seguiría bajo la identidad de Carolina, quien se muestra muy emocionada con su compañero de aéreos, Dondier Buitrago, en la instrucción básica que hacen de los saberes del malabar y la cuerda floja.
En un período de transición dado mientras llegaban los artistas, se ofrecía al acrecentado número de asistentes una venta de artesanías varias traídas desde Francia, al igual que degustaciones típicas de comida y buena música. No faltaba el que viniera por invitación de un amigo o el voz a voz en la comunidad, y las familias eran sin duda quienes más disfrutaban de la estancia.
W.C: ¿Qué le ha parecido el espacio?
Carlos Ramírez: Muy bueno, sobre todo para mis hijos. Es un lugar que se presta mucho para la integración de las familias, como para contribuir al desarrollo emocional de los niños con todo este tema de la pandemia. Por otra parte, entre la lista de convocados para animar esta gala de apertura, se menciona la intervención de artistas y comediantes de Barranquilla, Puerto Colombia, Antioquia y Bogotá, como de otras raíces itinerantes más lejanas, procedentes de España, Chile y Argentina.
W.C: ¿Cuál es tu número esta noche?
Payasa Carpanta: Se llama Venta de Aire. Es un numero de clown teatral, de una mujer que va por las calles vendiendo aire de diferentes lugares del mundo a las personas que se encuentra.
W.C: ¿Cómo llegas de la Patagonia a Puerto?
P.C: Puedes venir en bici, pero antes de eso en bus, en chance, en muchos transportes… Yo estoy viajando por Latinoamérica desde hace más de dos años, y haciendo arte y murga desde los trece.
Alejandro Leguizamón, el payaso Varsovia, dice que su personaje es “del planeta del amor”, que el universo se lo dio para hoy depositarlo en Al Mar, y servir de presentador a Coicoi en esta fiesta que asegura al público “conectar con los ritmos de la luna”.
Es entonces como Varsovia saca su tambor alegre y evoca con improvisadas señas la aparición de los hermanos Parapeto: Una familia de payasos que perduran el legado de sus padres barranquilleros en un gracioso número de malabares, donde uno hace el papel del maestro que al otro enseña a jugar a las clavas, hasta juntos conformar una asombrosa dupla. Después del aplauso es llamado en escena Cristian Leiscano, que viene de Medellín sobre su alto monociclo para fascinar al espectador con un acto de fe, en el que sube por el cuello de la jirafa hasta, una vez llegado al pico, mantener el equilibrio en un solo pie.
Tras ver una excelente conducta por parte de los niños, Varsovia comunica a través de su celular con el marionetista Nikolás Gonzáles, que resuelto a saltar de Bogotá hacia el Caribe nos pone a bailar a todos con su títere de Celia Cruz al son de La negra tiene tumbao. Y como la literatura también halla su arte en terreno circense, pisa el escenario la porteña Cristina Ornett, para narrar a viva voz de cuentera las ficciones de Eduardo Galeano.
Complacidos podían darse los asistentes al observar con detenimiento los posteriores espectáculos de viejos amigos: El payaso Monedita, Jair Ibáñez y Dondier Buitrago, quienes ya han compartido antes escenarios con Carolina. Mas aún faltaba Coicoi cuando, repentinamente, ingresa la Policía al recinto, en respuesta a las quejas que vecinos habrían efectuado, producto de algunos parqueos que infortunadamente bloqueaban sus puertas.
W.C: ¿Cree que le faltó asesorarse mejor con los protocolos a manejar?
Carolina Duncan: Yo me había asesorado previamente con mi grupo de actores sociales, pero resulta que al final ellos tampoco tenían todas las respuestas. Entonces fue un fallo general del equipo que, pese a radicar con tiempo los permisos, no concretó un acuerdo tal con los vecinos del sector respecto al parqueo.
Sin embargo, como fácil se entiende la célebre frase “el show debe continuar”, la Policía entendió el percance que se gestaba en aquellos momentos, y por ende permitió seguir el evento hasta medianoche, conservando un aforo de treinta personas que, aunque fueran varias las que se retirasen, no por ello se vivió menos las funciones de Sonia Paredes (payasa Carpanta) y Circo Pánico, colectivo de Judith Segales, Alonso Kurt y Nakarit Cervera, que llena de pavor a todos con sus malabares de fuego y cuchillos oxidados, al tiempo que nos incita a pedirles “¡más peligro!” sobre los ya sumados monociclos y ojos a ciegas.
Te veo en el semáforo
Terminada la fiesta, no resta más que pasar el sombrero por los asientos del público, esperando recibir del mismo una retribución a cambio de la entrada libre a esta clase de eventos sin ánimo de lucro. Quedan la alegría y las enseñanzas de la inauguración, también el sinsabor de quienes tal vez no pudimos ver a Coicoi en acción, y sí a una Carolina comprometida a cumplir con su cometido.
W.C: El dicho “te veo en el semáforo” que muchos de los artistas emplean a la hora de despedirse, ¿Qué emociones te genera?
Carolina Duncan: El semáforo es el escenario para muchos artistas, por lo que a mí me genera gratitud cuando los veo. Pienso en que nos sacan del contexto en el que estamos, si vamos a pie o en carro, es el mismo aburrimiento. También creo que si existieran otros escenarios los estuvieran ocupando con igual o mayor fuerza.
W.C: Lejos del calor y los problemas sociales…
C.D: Sí, y un poco sabes que el semáforo no siempre es super bien retribuido, entonces es como una doble faz donde lo negativo está en que no se ve más allá de lo que la muchacha o el muchacho puede estar haciendo para ganarse la vida dignamente.
W.C: Y esa sensación del reencuentro, ¿La has experimentado?
C.D: Yo personalmente solo he hecho semáforo un par de veces: En Brasil, y aquí en Colombia. No como un recurso económico, sino como un recurso artístico para poderme entender con esos espacios. Pero sé lo rico que es que haya muchos que viajen y se vuelvan a encontrar en equis ciudad, justo en aquel semáforo que comparten.
El sábado 22 de mayo nos volveríamos a reunir todos bajo la carpa de Al Mar, esta vez para despedir a Carolina que retorna a los Estados Unidos, lo que se traduce en una nueva oportunidad de verla en escena, actuando al lado de los compañeros a quienes por un tiempo confía el devenir y circulación de su alcanzado proyecto.
Son las siete de la noche y la gente empieza a llegar. Los niños se sientan adelante, aunque algunos, por temor a los payasos, prefieren resguardarse hasta atrás en los brazos de sus padres. El elenco está conformado por el payaso Molinito, que en su disfraz de domador se ha unido a los hermanos Parapeto para convertir su dupla en una tríada de circo. Luego está Nátaly Acosta con su número de contorsiones y aéreos, en los que vuela y siente poesía al danzar suspendida en el aire.
También está Ela Espiral, quien con sus cuentos, entretiene y enseña a los más pequeños que debemos cuidar nuestra casa. De Venezuela, Darwing Díaz vino a enseñarnos lo que puede hacer con el diábolo, este juego de origen chino que en el pasado se creía que ahuyentaba a las brujas.
Finalmente, Monachín y su padre Monacho han abierto el escenario con fabulosas historias que hoy protagoniza una payasa querida por todos: “¡La payasa Coicoi!”, dicen los niños, cuando ella ingresa para echarle gozo a sus vidas en forma de un platillo que pone a girar sobre un palo a la altura de sus frentes.
Allá va Coicoi a hacer malabares, montada en los hombros de los amigos que siempre están para apoyarle a uno de base. Allá va para subirse al monociclo y dar infinidad de vueltas en círculo haciendo honor a su nombre. Allá, con la nariz roja y una escalera en el mentón, descubriendo desde la comicidad del payaso el fracaso y ridículo de las cosas por las que a veces nos preocupamos tanto.
_
Esta crónica es ganadora con el puntaje más alto del Portafolio de Estímulos Germán Vargas Cantillo 2021, en la modalidad de Periodismo Alternativo e Independiente.
