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«Ahora le canto a Dios, no a los borrachos»

Jesualdo Blaño, después de estar perdido en el infierno de la droga, ahora anda por los caminos de la música cristiana.

Por Rafael Sarmiento Coley

La vida de Jesualdo Bolaño ha sufrido un cambio radical: de andar borracho de caseta en caseta y dormir muchas veces bajo las sombras de los árboles del parque Venezuela en Barranquilla, pasado de coca y licor, ahora vive en una mansión en Miami, sus hijos son juiciosos ejecutivos bien remunerados y él sigue viviendo de la música, solo que ya “no le canto a los borrachos. Solo a Dios y a Jesucristo”.

En la Capital del Sol se lo encontró el periodista trotamundos Héctor Sarasti, el coequipero de Rafael Poveda, director del muy acreditado programa de televisión ‘Testigo Directo’, que no tiene presa mala.

‘Bolañito’, como siempre fue conocido en Villanueva –su tierra natal—y toda la Costa Caribe colombiana—desde muy joven demostró que estaba para cosas grandes con el acordeón al pecho. Era un  digitador magistral, buen oído musical y una nota melodiosa.

Muy joven contrajo matrimonio con la villanuevera Ana Elina Campo, con quien tiene cuatro hijos (más uno mayor por fuera del matrimonio, que se quedó como acordeonista en Villanueva).

Con destino a Barranquilla

En aquellos años 70 y 80 cuando los poderosos capos del contrabando de cigarrillos, licores y electrodomésticos tenían su imperio en Maicao, se trasladaban con frecuencia a Barranquilla a disfrutar de tres y cuatro días de parranda con media docena de los mejores conjuntos del momento. Fue en ese ambiente en que surgió un juvenil conjunto que de inmediato saltó a los primeros lugares.

El conjunto salió con una fuerza descomunal por dos factores determinantes y de mucho peso: el cantante era, además, un reconocido compositor, que venía de ser corista (primera voz) del afamado Binomio de Oro. Ese no era otro que Marcos Díaz Alarza. De una voz fina y bien cuidada.

Y el acordeonista era una figura promisoria de quien se decía que toca tan bien, o mejor, que cualquiera de los acordeonistas de moda. Se trata de Jesualdo Bolaño, mejor conocido como ‘Bolañitos’. Con un extraordinario oído musical, una fabulosa digitación y recursivo para improvisar lo que llaman ‘la rutina’.

El nuevo conjunto se denominó ‘Los Pechichones’, que de entrada pegaron tres éxitos que se pusieron de moda no solo en la Costa Caribe, sino en todo el país. En Venezuela y Panamá.

El tema de mayor éxito fue una composición del talentoso Marcos Díaz, ‘Me vieron llorando’, y a ese le siguieron muchos más. No descansaban ningún fin de semana.

Pronto la fama empezó a ponerle trampas a Bolañito, el más díscolo del grupo. Llegó al extremo de que, a la hora de recibir la paga por animar una parranda o una caseta, pedía que su paga se la dieran en cocaína: un kilo, medio kilo. Todo lo cual se lo pasaba él por la nariz en compañía de los malandrines que lo seguían como perra en calor.

Fue una diabólica etapa para Ana Elina Campo, su compañera fiel. Con frecuencia alguna amiga o amigo caritativos le avisaban que su marido estaba durmiendo debajo de un matorral en el Parque de Venezuela de Barranquilla. Y hasta allá iba la paciente y valerosa mujer a rescatar al padre de sus dos primeros hijos (en total tuvieron 4).

5 balas que no eran para él

En esos tiempos (años 70 y 80), Barranquilla era el epicentro de la música vallenata, después de que siempre se le había estigmatizado porque la ciudad estaba invadida de orquestas venezolanas, salsa, neoyorquina, merengue dominicano y las congas y el son cubanos.- Pero paso a paso se fue ‘colando’ el vallenato, hasta imponerse como el rey de las parrandas privadas y casetas de Carnaval.

Por esos tiempos estaban los mejores grupos vallenatos: Jorge Oñate, los Hermanos Poncho y Emilianito Zuleta Díaz, el Binomio de Oro, Alfredo Gutiérrez –quien nunca dejó que lo bajaran de su pedestal- y conjuntos nuevos que surgieron con mucha fuerza, como el de Héctor Zuleta Díaz, acordeonista brillante y talentoso compositor- hermano menor de Emilianito y Poncho- con la voz brillante de Adaníes Díaz.

Fue un conjunto que salió como un barrejobo, arrasando con todo, con canciones que se convertían en éxito tras éxito, y, además, Héctor tenía tanta capacidad y talento que no solo hacía todas las canciones de sus producciones, sino que le daba temas a otros afamados conjuntos como el de Diomedes Díaz (‘Me deja el avión’).

Como todo joven con semejante talento, afamado, bien remunerado por las casas disqueras y por los capos parranderos, se dejó arrastrar por la vida de mujeriego, con el grave inconveniente de que no respetaba si la dama era soltera, novia o casada. Se llevaba todo lo que se encontraba por delante.

Por una de estas tantas maldades un marido despechado lo puso en la mira de dos sicarios. En una parranda privada, en la cual coincidieron casi todos los cantantes y acordeonistas de moda en el momento, Héctor estaba como uno de los primeros para tocar y versear. Estaba sentado en un butacón. Terminó de tocar. Se quedó un rato sentado, y repentinamente se paró preguntando por un baño. Cuando Héctor se levanta y se va, Jesualdo Bolaño llega y se sienta exactamente en el mismo butacón. En esos momentos entraron los mercenarios y le dieron cinco balazos en el abdomen, pensando que estaban matando a Héctor Zuleta, quien, de todas maneras, poco después fue asesinado en su propia casa (en la residencia de doña Carmen Díaz, la madre del ‘zuleterío’) en Valledupar, en un episodio que nunca fue del todo bien aclarado, con la extraña circunstancia de que poco después también murió en un absurdo accidente de tránsito en la vía a Riohacha, su cantante Adaníes Díaz.

Se escapó del infierno

Bolañitos, a pesar de haber llegado a los últimos anillos del infierno, nunca perdió su humildad, su nobleza y sus creencias. Una noche, pasado de licor y perico, salió a la calle a buscar un taxi que lo llevara a su casa. Como era bien conocido, cada taxi que paraba, al ver que era él, marchaba a toda velocidad.

Entonces el hombre torturado por el desprecio de los taxistas, embolatado por la ‘traba’, salió a la mitad de la carretera, se arrodilló y no pudo aguantar el llanto. “¡Señor, sácame de este infierno, ponme una camioneta cuatro puertas aquí y ahora mismo me convierto en tu siervo fiel y cantaré solo para ti!”.

Segundos después sintió que, a sus espaldas, un carro frenó en seco para no atropellarlo. Del susto él pegó un salto. El conductor se bajó y lo abrazó. “No ha pasado nada hijo, dime para dónde vas y yo te llevo”.

Tartamudeando le respondió. Le dio la dirección y el gentil conductor de la camioneta lo llevó a su casa en un barrio humilde de Barranquilla. Cuando se bajó, el conductor lo llamó: “Yo lo reconocí apenas lo vi de frente. Usted es el músico Jesualdo Bolaño. Yo soy el Pastor José Manuel. Tome mi tarjeta. Si le interesa entrar por los caminos de Dios, llámeme”.

Bolañitos dice que ese era el mismo “Señor que se me aparecía en mis sueños”.

Desde entonces solo tiene talento, voz y música para la religión cristiana.

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