Varios medios del país se han ocupado de esta historia de fortuna y desdicha. De poder y miseria. Detrás se oculta una estela de corrupción.
Por Rafael Sarmiento Coley
Adrián Hernández, un mejicano de origen muy pobre, quien a duras penas terminó un pregrado en contaduría, se convirtió en pocos años en uno de los hombres que podía hablarle al oído a Carlos Slim y contradecirle, en algunas ocasiones, sin que uno de los magnates más ricos del planeta se molestara.
La historia no es, según fuentes confiables, tan color rosa como la pintan algunos medios bogotanos. Detrás del muchachito pobre que se convirtió en una enorme multinacional y después vuelve a quedar en la ruina, se enferma de Parkinson, medio se levanta y surgen unos angelitos que le permiten un final feliz a la telenovela, hay una historia negra, de corrupción en muchos niveles de lo público y privado que se mueve desde Bogotá.
Una fuente allegada a un bufete de abogados que prestan servicio independiente de cabildeo o lobby en el Congreso de la República, sostiene que Hernández llegó a Colombia a comienzos de este milenio, entre el final del Gobierno de Andrés Pastrana y el comienzo de los 8 años de Álvaro Uribe. En esas circunstancias de un país en un momento turbulento le quedó fácil armar un buen equipo de cabildeo que iba con maletines de plata al Capitolio y con los proyectos redactados por estos mismos abogados, a la medida de las necesidades de Comcel, para sistemas de aplicar tarifas, cobro del tiempo de espera en el celular y todas las demás minuciosas que Hernández aprendió en la “universidad” modelo de Guatemala.
Historia de su pobre niñez
Según la revista Semana, Adrián nació en Delicias, en el estado de Chihuahua, México, en donde se come carne seca y se preparan los burritos más prestigiosos de todo México. Hijo de un albañil y nieto de un soldado que combatió junto a Pancho Villa, Adrián creció en la pobreza y en ella forjó su olfato para los negocios. De niño conseguía juguetes viejos, los pintaba y colocaba en el centro de aros de alambre, y cobraba a sus amigos por dispararles pelotas de trapo para derribarlos. “A los ocho años yo era el único niño con crédito en la tienda del barrio”, recuerda. Vendía paletas, alquilaba revistas de cómics y ayudaba a su padre en la construcción; y encima obtenía las mejores notas en la escuela. Y así como abrigaba desde entonces sueños de negocios y prosperidad, había espacio también en su cabeza para leer, desde La Odisea y El principito, hasta las biografías de Napoléon, Tito y Stalin, de cuya sabiduría estratégica exprimió lecciones que le serían útiles años después.
Sin abandonar el trabajo en la construcción, junto a su padre, Adrián fue a la Universidad Autónoma de Chihuahua y se graduó como contador público y a partir de allí todo comenzó a ir mejor. Obtuvo empleo en una empresa local, el primero en el que no tenía que vérselas con cemento, ladrillos y sujetos rudos y pendencieros. Después trabajó como profesional independiente, llevando la contabilidad de pequeñas empresas, hasta que alguien le abrió una puerta que lo llevaría lejos. Fue reclutado para trabajar en el área administrativa de una compañía apenas en pañales, Telcel, cuando Carlos Slim hacía los pinitos en el negocio que lo convertiría años después en el número uno de la lista Forbes. Allí estaba destinado a permanecer tranquilo en su pequeño escritorio del área administrativa, pero Adrián podía hacer más que eso; y lo hizo.
La oportunidad llegó cuando, por razones accidentales, ni su jefe ni el jefe de su jefe pudieron atender una cita con los directivos de más alto nivel, y el joven Hernández se vio sentado en una enorme sala de juntas, rodeado de yuppies que habían estudiado en Stanford y Harvard, vestían Armani y apestaban a arrogancia. Era inevitable sentirse un ‘patito feo’ en medio de tantos dandis, pero en ese punto se vio quién era Adrián Hernández. Estuvo en desacuerdo con casi todo y expresó sus opiniones sin titubear. Su franqueza valiente, sus ideas audaces y su irreverencia llamaron la atención del señor de bigote que presidía la reunión, el gran Carlos Slim, quien lo encontró ideal para abrir trocha en sus planes de expansión por el continente. Y lo envió a Guatemala, a dirigir la primera operación de América Móvil por fuera de territorio mexicano. En Guatemala hizo maravillas con pocos recursos, porque está en el ADN de Slim invertir poco y ganar bastante. Y mostró a América Móvil que era factible conquistar las telecomunicaciones latinoamericanas.
“Por tus malas mañas”
Un empleado de una de las empresas de móviles en Colombia, competencia de Claro (que es la antigua Comcel, el escenario de la gloria y el infierno de Adrián), contó, bajo la reserva del nombre de la fuente, que “acá los ejecutivos nos quedamos boquiabiertos cuando nos contaban las irregularidades que hacía Adrián por su forma agresiva de hacer negocios. Sin duda, en un país tan pequeño, pobre y corrupto como Guatemala, un tipo avispado como Hernández no necesitó ir a Harvard ni a Oxford. Allí tuvo su mejor escuela, el laboratorio en donde puso en práctica la forma de sobornar a todo el mundo, de aplastar a la competencia, de jugar sucio, porque, aunque no era comunista, se sabía de memoria que en esta guerra se valen todas las formas de lucha”.
En su momento de gloria los principales medios bogotanos lo entrevistaban casi a diario y le hacían estudios de fotografía.
El hombre le demostró a Slim que estaba destinado para grandes cosas. Era un triunfador. Un demoledor. Es lo que le gusta a Carlos Slim Helú: quedar de jugador solo en la cancha, para imponer tarifas y volverse más rico. Con ese fin, el hombre perfecto para Colombia era Adrián Hernández para que aplicara acá todas las triquiñuelas que aprendió en Guatemala como alumno sobresaliente.
Aquí muy pronto se habló de sobornos a algunos miembros de la Comisión Reguladora de las Telecomunicaciones. De una oficina especial para recibir a Congresistas que desearan recibir “auxilios extras” sin firmar ningún papel “y sin ningún compromiso, por ahora”. Llegado el momento, Adrián consiguió entregar en “auxilios parlamentarios” cerca de diez mil millones de pesos a congresistas clave en comisiones que manejaban áreas de interés para Comcel. De eso sacó extraordinarios provechos Comcel.
Adrián, como un mago de circo, multiplicó por cinco las ventas de Comcel (hoy Claro, como quien dice: “para que quede en claro que nada tenemos que ver con la Comcel de un tal Adrián”). Abrió tiendas de Comcel hasta en el último rincón de Colombia. Llamaba una viuda que vivía por allá en el culo de la mula, y ahí estaba Comcel montándole su tienda, no sin antes pagar un “peaje”, como todos los demás dueños de tiendas Comcel, a Adrián Hernández, dineros que él recibía a través de una red bien aceitada que le era fiel y altamente aduladora.
Adrián estaba en el pináculo de la gloria. Carlos Slim lo quería más que a un simple ejecutivo por alto que tuviera. Adrían estaba solo por debajo de Daniel Hajj, esposo de una hija de Carlos Slim. Daniel es el CEO de América Movil, el holding de Slim.
La caída del ídolo de pies de barro
Adrián (izquierda), se codeaba con los grandes como Gómez Palacio, presidente de Movistar y Carlos Slim, su jefe.
“Lo malo comenzó –según la fuente proveniente de una empresa competidora de Comcel- cuando Adrián se fue rodeando de personas aduladoras de adentro de la compañía y de los asesores externos que lo colmaban de regalos finos y costosos. Comenzaron las invitaciones a rumbas pesadas con prepagos estrato 10, los más finos licores y todo tipo de drogas, desde las más fuertes, hasta las más suaves. Orgías hasta las seis de la mañana, para llegar a las ocho a una reunión de junta con los estragos del licor y el perico. Al comienzo le perdonaban todo. Porque era un ejecutivo de confianza y se conocía todas las triquiñuelas de Slim para ir ganando terreno frente a los competidores. Y, para su mejor suerte, él llegó al país en una época convulsionada de la telefonía celular y fija. Ahí fue en donde él entró con todas las formas de lucha y con juego sucio como lo había aprendido de su jefe”.
Lo otro que cuenta la fuente es que Hernández tuvo una suerte increíble. Casi todas las demás compañías de telefonía móvil y fija estaban en manos de compañías norteamericanas o canadienses que siempre procuran jugar limpio porque son vigiladas por los organismos de control ético de sus respectivos países. Y la compañía española que se quedó con Telecom hizo negocio fue con el propio Estado colombiano, que le puso la pelea cuesta arriba con clausulas severas en caso de actuaciones ilegales.
Por eso Hernández se despachó solito. Hizo y deshizo. Se gastó cinco millones de dólares en rumbas y paseos por el mundo con su ahora exesposa Marta y sus tres hijos. Coleccionó relojes Rolex y los mejores vinos del mundo, así como whisky con muchos años de añejamiento en toneles de roble que él mismo iba a verificar si eran ciertos.
Las otras compañías, entre tanto, avanzaban en sus reformas internas y alianzas estratégicas, como el de Movistar con Colombia Telecomunicaciones o el de la unión de Millicom con Empresas Públicas de Medellín (EPM) para quedarse con UNE antiguo Tigo. EPM mantiene el 51% y Millicom el 49%, pero con un protocolo que permite a Millicom controlar la empresa.
Y justamente en los momentos en que se aprecian esos movimientos de gigantes, sale de las alcantarillas Adrián Hernández. Se supone que Juan Carlos Archila, su sucesor, ya no en Comcel (que pareciera haber muerto con la caída en desgracia de Hernández) sino en Claro, debe estar preocupado. Hernández recibió, según cuenta una fuente que trabajó 8 años en la desaparecida Comcel, que en agosto de 2009, cuando salió Hernández por la puerta trasera de la compañía, selló, sin embargo, un acuerdo con los representantes de Carlos Slim que le permitió llevarse una tula repleta de dólares a cambio de su silencio eterno. En ese momento Comcel sacó un lacónico comunicado en el cual señalaba que Hernández se iba «por razones personales y por voluntad propia. La empresa no hablará más al respecto». Y cerrado de esa manera el caso Adrián Hernández en Comcel.
Ahora no se sabe porqué Adrián saca la cabeza de los bajos fondos. No se sabe si es un mensaje para los Slim dándoles a entender que quiere más plata. O, como se acerca el vencimiento de sus cinco años por fuera de toda empresa relacionada con la industria de las telecomunicaciones, esté buscando pista para aterrizar en alguna de ellas.
A pesar de haber firmado un compromiso de confidencialidad de por vida, y de no hablar en público de asuntos de telefonía celular ni meterse en negocios relacionados con estos servicios durante cinco años, Adrián empezó a sacar la cabeza con una estrategia truculenta. El niño pobre que llega a ser uno de los más poderosos de América. Su caída vertiginosa hasta el fondo de las alcantarillas. Sus lágrimas al relatar que tuvo que pedir limosnas para sobrevivir, ese cuento raro del ángel convertido en bella y noble mujer que le cayó en la pensión de mala muerte donde vivía. Mujer que, además de su belleza, le alivió sus males del Parkinson, lo hizo olvidar por completo las drogas y todo ello le permitió a este antiguo chamaco chicano recuperar un archivo de su memoria para recordar que tenía unas acciones en varias compañías en el exterior, tantas que con esa plata mantiene a su exmujer y sus tres hijos en el exterior, y se mantiene él y el angelito que le cayó del cielo.
Sus palabras compungidas
Para la Blueradio Adrián declaró que hoy, después de haber salido del infierno, “es más importante mi vida por todos los errores que cometí y por todos los desaciertos que tuve en mi vida. Yo llegué a este país invitado por el grupo de Carlos Slim después de una carrera universitaria de esfuerzo y de trabajo en México. Como en todos los grupos de poder son difíciles de escalar”.
Al contar su historia, el empresario, manifestó que no es fácil acomodarse en los vericuetos del poder y cuando alguien llega es difícil mantenerse: “Yo tenía un despacho pequeño de contador, llevaba la contabilidad de una ferretería y aplique a una vacante como gerente administrativo (de Telcel) y me contrataron”.
El empresario explicó que fue despedido de Comcel “porque perdí el control” de sí mismo y admitió que debió haber sido más estratégico para enfrentar los problemas.
“Debí haber continuado siendo tan diplomático como fui en los primeros 10 años de operación en el grupo. Debí haber aguantado los golpes un poquito más. La vanidad y la soberbia y lo que viene del dinero. Empecé a defenderme y eso cansa”.
Reveló, además, que en su contra levantaron un “montón de acusaciones falsas, como que había robado 47 millones de dólares”.
“Cuando usted lo acusan así uno busca un abogado para que lo defienda. Él revisó el tema, dijo esto está ganado. De México enviaron una persona hablé con él y salí con mi liquidación”, manifestó.
Agregó que hoy como ayer solo recuerda a los amigos y a la gente que conoció durante sus años de gloria y que decidió quedarse en el país porque le gusta mucho Colombia.
“Colombia siempre me ha gustado. Viaje por toda Colombia, la conozco desde Ipiales hasta La Guajira. Hice muchos amigos viajando por el país y los ayudé a montar muchos de sus negocios”, comentó.
Finalmente, Hernández, que ya salió de su pensión en la calle 26, reveló que vive del dinero que le dejó la venta de unas acciones y que ahora está invirtiendo en unos negocios pequeños.