La imágen de Adelita Chaljub de Char no ha muerto, continúa intacta en la mente de los atlanticenses y los junioristas. Testimonios.
Por Francisco Figueroa Turcios
Parece que hubiera sido ayer. El clamor, la tristeza a lo largo del multitudinario cortejo fúnebre, las palabras de despedida de Fuad entrecortadas por el llanto. Son 22 años de fallecida que tiene Adelita Chaljub de Char, y todavía vive en el colectivo atlanticense.
En efecto, ese pueblo que la quiso siempre, la recuerda como se recuerda a los seres inolvidables, a los ídolos que se convierten en iconos de una sociedad. Para los que recuerdan el 9 de junio de 1994, parece como si fuera ayer. Hay veneración, respeto, simpatía por su memoria, que no se limita a un gran pueblo humilde, sino que se extiende a todos los estamentos de la sociedad, casi sin distinción, sin fronteras sociales, ideológicas, económicas, políticas o religiosas.
El sociólogo Guillermo Mejía, catedrático de la Universidad Autónoma del Caribe, tuvo la oportunidad de conocerla por lo cual ostenta la autoridad para describirla.
«Era muy amable y de buen humor, hacía lo posible para que las personas salieran contentas, era humanitaria y de palabra sencilla. Su sensibilidad se volcaba hacia los más necesitados, a los que llevaba el apoyo por el que siempre se la recuerda. Hacía parte de su personalidad lo que se denomina liderazgo carismático, que tiene un carácter con el que todos pueden identificarse, de fácil conexión con la gente», reseña Guillermo Mejía.
Francisco ‘Pacho’ Márquez, quien llegó de Corozal, Sucre a estudiar a Barranquilla y tuvo que trabajar de día para sostenerse sin el apoyo de su familia de escasos recursos económico, la conoció durante el desbordamiento del Canal del Dique de los años 80. Como pudo se coló en las brigadas de apoyo para cargar y descargar los bultos de comida, ropa, muebles sencillos, hamacas, que doña Adela recogía para llevarles a los miles de damnificados.
Muy pronto doña Adela lo descubrió y lo reclutó de inmediato como uno de sus más entusiastas brigadistas. Después se hizo a su confianza total y terminó siendo «como de la casa. Yo hoy tengo 57 años. Confieso que no he conocido jamás a una persona más sensible ante la necesidad de los demás, y no solo tenía esa sensibilidad frente a gente pobre, sino a gente de todas las capas sociales, inclusive, damas a quienes uno denomina ‘encopetadas’, venían a pedirle ayuda a doña Adela cuando estaban en crisis. Sin pena alguna. Por eso yo pienso, hoy, cuando han transcurrido 22 años de partida, Adela, todos te extrañamos», sostiene ‘Pacho’ Márquez.
Adela Chaljub nació en Lorica (Córdoba) el 10 de diciembre de 1943. Su progenitora Rosita Chaljub de Chaljub, la trajo muy niña a Barranquilla. Aquí, desde muy joven, se dedicó a atender la Joyería Moderna, de propiedad de la familia.
Fue en la ciudad de Barranquilla donde Adelita, muy joven, conoció a Fuad Char, también nacido en Lorica, en una etapa en la cual el hoy próspero empresario gustaba de la lúdica y hasta incursionó, con cierto destello, en el teatro. Amante de las obras de William Shakespeare, claro, y, siguiendo el decir de su admirado autor teatral, no eran frecuentes sus actuaciones. Siempre recordaba la frase: «Los buenos actores no salen en todos los actos».
Adelita y Fuad más tarde contrajeron matrimonio y tuvieron tres hijos: Antonio, el hoy presidente del Grupo Empresarial Olímpica; Arturo, Senador de la República; y Alejandro, por segunda vez alcalde de Barranquilla.
Adelita, la madrina del sur
Adela de Char acompañada por Cecilia López Montaño (Viceministra de Agricultura) recorriendo en canoa el Sur del Atlántico (Foto Jairo Buitrago)
Se destacó en la actividad pública a partir del momento en que Fuad Char es nombrado gobernador del Atlántico, en 1983, sobre todo cuando el sur del departamento se inundó por desbordamiento del Canal del Dique, afectando a unas 300 mil personas que perdieron cultivos y animales; se convirtió entonces en la madrina de los damnificados llevándoles ropa, comida y medicamentos.
El sacerdote Gabriel Izquierdo, quien estaba al frente de los feligreses de Suán en diciembre de 1984, cuando se produjo la inundación del Sur del Atlántico, recordó la admirable labor de Adelita de Char en la catástrofe que sufrieron los campesinos del sur. En la madrugada del 4 de diciembre de 1984, por segunda vez en menos de un mes, el Canal del Dique se rompió en inmediaciones de Santa Lucía. Se inundaron 30 mil héctareas cultivables del cono sur del Atlántico, dejando a 5.200 familias en la absoluta miseria con pérdidas superior a los seis mil millones de pesos de la época. Cerca de 70 mil personas, sobre todo mujeres y niños, quedaron deambulando sin techo ni nada que comer. Santa Lucía, Campo De la Cruz, Bohórquez , Candelaria, Suán y Manatí, todos bajo el agua. Es en esa trágica que aparece la mano prodigiosa de Adelita de Char.
Francisco ‘Pacho’ Márquez reseña todavía con un asombro que le obliga a abrir los ojos como un par de platos de peltre:
«No he visto un caudal de energía igual en un cuerpo tan diminuto y aparentemente frágil. Doña Adela era un dinamo, una batería de larga vida, ella juntaba el día con las noches y ya a las tres de la madrugada nos estaba llamando a formar filas para que se fuera adelante la brigada que ella denominaba de avanzada. La que llevaba el pan y la leche para el desayuno de los niños en especial. La recuerdo llegar más tarde con ese entusiasmo en el rostro, esos pequeños ojos que le brillaban. No me explico cómo una mujer criada en una familia acomodada, tenía semejante habilidad para saltar sobre una canoa, y de otro brinco pararse en un barranco a empezar a repartir cobijas, toallas, ropas, calzados, alimentos no perecederos».
«Adela fue una de esas personas en quien se refleja la gracia de Dios. Por su entrega y servicio a quienes lo perdieron todo en el momento de la tragedia en el sur del Atlántico. Ella fue la voz de aliento y esperanza para quienes lo perdieron todo», reseñó el sacerdote Gabriel Izquierdo.
Pérdida irreparable
En ese peregrinar de ir todos los días a los pueblos del Atlántico afectados por la tragedia de la inundación, Adelita era acompañada de su hijo menor, Alejandro Char, quien solo tenía 18 años de edad. Desde ese momento el joven comenzaba a mostrar sensibilidad social, que heredó de su madre y hoy demuestra en su gestión al frente de la Alcaldía de Barranquilla.
Como sostiene con un poco de buen humor Pacho Márquez, «es que lo que se hereda no se hurta».
Para Alejandro Char la muerte de su madre es una pérdida irreparable y 22 años después reconoce que «tengo un gran dolor y un vacío profundo». La voz se le quiebra al hablar de su madre y no puede continuar la conversación, cuando se le pregunta sobre cómo recuerda hoy a Adelita.
Por su parte, Arturo Char no ocultó un sentimiento de profunda nostalgia. «Hoy me sigue haciendo la misma falta. Heredé de ella la humildad, el amor, la alegría y la sensibilidad. La recuerdo, no olvido su enseñanza».