Dennis Hastert pasó de legislador cazador a legislador cazado. Un caso para meditar sobre la moral de quienes hacen las leyes y juzgan a personas de alto rango.
Por Richardo Rocha/Chacharero
Dennis Hastert, expresidente de la Cámara de Estados Unidos y uno de los Republicanos más aguerridos en sus debates en defensa de la moral y las buenas costumbres, cayó por inmoral y malas costumbres. Ironías de la vida.
El ex-presidente de la Cámara de Representantes, Dennis Hastert, de 74 años, fue condenado esta semana a 15 meses de cárcel en una prisión federal y una multa de 250 mil dólares al finalizar el proceso en el cual fue enjuiciado por fraude bancario.
El Juez federal de Distrito, Thomas Dirken, adicionó la condena a Hastert con una pena accesoria de 24 meses de libertad supervisada.
Este es un caso lleno de ironías puesto que la legislación que le fue aplicada fue una provisión de la Ley patriota que Hastert impulsó en su cargo como líder de la Cámara de Representantes poco después de los ataques terroristas de 9 de septiembre de 2001. Fabricó la soga para su propia garganta y repitió la no menos sarcástica suerte de varios de los inventores de la guillotina durante la Revolución Francesa, que terminaron con el pescuezo en ella.
Los hechos de abuso sexual a sus alumnos ocurrieron hace 40 años, y desde luego se había cumplido el plazo establecido por el estatuto de limitación, pero algunos de los jóvenes que fueron abusados por el antiguo entrenador de lucha en una secundaria le exigían dinero para callar la historia. Hastert comenzó a hacer retiros de cuantiosas sumas de dinero y el Banco reportó el asunto al Servicio Secreto que a su vez alertó al FBI.
Hastert fue también el líder de la Cámara de Representantes que fungió como jefe de fiscalía en el proceso de impeachment que los Republicanos hicieron contra Bill Clinton por el affaire con la pasante Mónica Lewinsky. ¡Qué tal, un corruptor de menores fiscal de un asunto entre un presidente adulto y una practicante mayorcita que sabía lo que hacía y porqué lo hacía!. No era ninguna niñita que chupaba caramelos.