Por Ricardo Bustamante
Nota aclaratoria: Juancho Lafaurie fue un empresario de remolcadores por el Río Magdalena, fundó Agencia Rápida, su empresa de carga a través del mayor afluente de Colombia, comenzó de cero y toda la vida luchó para que el Estado se acordara de nuestro río. Actualmente, tres de sus hijos siguen con “Transnaval”, prestando el servicio a los usuarios de transporte y arriendo de equipo fluviales. Juancho se fue a la eternidad a sus 95 años de vida.
Esta nota, inicialmente, fue redactada en septiembre de 2021, cuando mi personaje tenía 92 calendarios encima. En el actual texto agregué otros recuerdos personales, que fueron omitidos por olvido. Las palabras aquí consignadas son un sencillo pero sentido homenaje a nuestra arteria fluvial y a un luchador de la vida y del Magdalena. Narro aquí aspectos personales, qué tal vez no le digan nada a mis contados lectores, pero dan una somera idea del día a día en la Agencia Rápida. La nota está redactada en pasado y en presente.
Así con ese hipocorístico costeño y cariñoso abreviado de decirle Juancho a los Juan, y acompañándolo con su primer apellido, lo conocí en nuestro hogar. Otras veces, a mi padre lo escuchaba decir: «Voy para donde Lafaurie». Sabía a quien se refería. Solo tenía presente para la época de mi niñez y primeros años de adolescencia a un ser humano con ese glamoroso apellido de origen francés.
Los Lafaurie echaron raíces al norte del departamento del Magdalena y en los pueblos ribereños del sur del Atlántico y municipios cercanos, como El Piñón y Salamina. Mi personaje nació en Suan, último pueblo del departamento del Atlántico por la carretera oriental, antes de llegar a Calamar, Bolívar.
Muchos aspectos de su personalidad me atraían. Primero, su carcajada contagiosa in crescendo, aumentada cada vez más por un lapso de tiempo, la cual me producía curiosidad y seguidamente una especie de paroxismo de confianza y familiaridad con este señor enamorado del río. Lo segundo que me hizo fijar en él fue su positividad, su alegría permanente que acompañaba con alguna anécdota de algún personaje típico del Suan. Mucho carisma envasado en una sola persona que lograba, inmediatamente, distensionar el ambiente.
Ágil al caminar y de fácil interactuar con las personas, utilizando como una antesala “abre puertas” un piropo o un gracejo simpático. Por mucho tiempo me saludaba con el “Ricardo, Corazón de León”. Él trataba al máximo que nada le impidiera cumplir con sus objetivos. A todo, me percataba, en mi silencio de niño y adolescente, le encontraba solución. Tenía un ego grande disfrazado de jovialidad y cercanía. Afinando mi olfato de esa edad, observaba que también lo movía ese afán de no ser inferior a sus responsabilidades, con un poco de vanidad, bien llevada.
Un desdén o una fuerte agresión, tal vez provenientes de Alejandro, su padre biológico, recibidas de niño, le pavimentó el futuro. Al tenerlo al frente, a sus 92 años, le pido que me hable de su progenitor, observo que pasa la página rápida y además siento que le molesta el tema.
Siempre con la compostura de no ser derrotado, y principalmente, que nadie lo viera en estado de orfandad. Respirando y transpirando positivismo, alegría y lucha constante. Se dio cuenta que el dinero también era su buen compañero para sentirse bien y para que nadie más en la vida lo desdeñara o maltratara. Nunca más. Lección aprendida y no olvidada, desde muy joven.
Vivía de prisa, y así también manejaba. Iba, sin rodeos, al núcleo del problema. Vistiendo a la moda, contrastando fuertemente con la manera de ser con los hombres de río y todo el entorno elemental y pobre que rodeaba el mundo de la Intendencia Fluvial. Juancho marcaba la diferencia en todo.
Deuda de gratitud
Mi familia, mi padre, mi madre, le deben mucho a Juan Manuel Lafaurie Polo. Siempre dio la mano. Siempre alentó. Siempre ayudó. Nunca se escondió. Nunca eludió una llamada, una visita. Allí estuvo a nuestro alcance. Mostrando cariño y sabiduría. Mi papá lo enalteció nombrándolo de padrino de bautismo de mi hermana Jaquelín. A ella, de estudiante universitaria, le sirvió de fiador para que estudiara en la universidad con un crédito del icetex. Siempre allí, sin vacilar, estuvo Juancho Lafaurie.
Sonriendo en la edad mayor
Me fui para Bogota por espacio de 25 años y muchas veces me hacía la pregunta, que será de la vida de Juancho Lafaurieu? De regreso en Barranquilla, hice una labor investigativa para localizarlo. Deseaba verlo. Sentarme con él. Su hijo Jorge me dio su teléfono. Lo llamé. Tal vez pensaría que a estas alturas le iba a tirar un viajao ($). Mal pensado que es uno. Al principio lo noté un poco ido. Sacando fuerzas, y para no parecer disminuido ni en soledad, me dijo que en su apartamento lo visitaban unos pocos amigos: no le creí. La vejez lleva consigo la soledad y, además, sus contemporáneos, en su mayoría, partieron al otro mundo. Me comentó, también, de la diálisis a la que estaba sometido los martes y jueves. Le prometí visita.
Llegué a su apartamento. Estaba en su estudio refrigerado. Lo encontré adormitado, le pregunté por su carcajada, me hizo el favor de repetirla; él no se dio cuenta que yo estaba llorando por dentro. Si me lo hubiera encontrado por la calle, lo hubiera reconocido. Se ve bien. Conserva el donaire y se nota que a estas alturas de la vida tampoco le gusta mostrarse débil ni en mal estado.
Le pregunté quién lo metió a los negocios de los remolcadores y me respondió que un tío, hermano de su papá, llamado Joaquin Lafaurieu. Me dijo que a ese tío le debe mucho. Que una vez pasó por la oficina de Rafael Marchena y se dio cuenta que este tenía un poco de botes arrumados, ya que el transporte fluvial había decaído, y se le vino la idea de que Marchena le vendiera los botes. Buen olfato el de Juan Manuel. “Arrumado” es una palabra que pronunció muchas veces durante mi visita. Le gusta pronunciarla y me dice que en los momentos de la post diálisis se “arruma” del dolor.
Juancho vive tranquilo, con los cuidados de Arelys Jimenez, quien lo atiende amorosamente en su amplio y confortable apartamento. Bajo las miradas vigilantes, el amor y las rondas de sus tres hijos. A Juancho todavía le sobran fuerzas y ganas para manejar a la misma velocidad de antes y para asistir a la oficina como si hoy tuviera las mismas responsabilidades de hace 60 años. A sus 92 años recuerda a Margarita Henríquez como aquella bella joven que conoció en Cienaga y se aferró a ella por siempre. Solo la muerte los separó.
Pablo Roberto Better
Ahora, rememoro, soy un niño, mi papá está sentado a mi lado, estamos en la oficina de Juancho Lafaurie. Cerca a nosotros está un señor con unos lentes oscuros y un ojo chueco que le dan aire de taciturno y, además, no sé por qué pero me inquieta tanto silencio y su larga y paciente espera, como si nada le preocupara. Le pregunto a mi papá quién es. Él me dice que es hermano de Juancho. Me da sus nombres y un apellido distinto al Lafaurie. Quedo en las mismas porque el apellido de mi vecino no corresponde con el de mi personaje. Insisto en mi inquietud y mi padre, para que yo no vuelva a fregar, alza la voz y responde: «¡Hombre, son hermanos!». Bueno, lo que se quería ahorrar mi progenitor era explicarme que eran hermanos de madre: Pablo Roberto Better, se llamaba, hace años murió.
La voz del 06
María, modosita, arregladita, en su puesto siempre, era la secretaria de Lafaurie, tengo su voz en mis oídos. Le tocaba con sus uñas el vidrio separador a Juancho, para anunciarle que lo estaban llamando por teléfono. Nunca vi a Juancho negársele a un llamado de teléfono, siempre contestando al inicio con un chiste motivador. Había un servicio, para esa época, que brindaba la Telefónica, uno marcaba por el teléfono el 06 y una voz de mujer automáticamente suministraba la hora exacta. Yo creía, vaya ingenuidad, que la voz de la computadora era la de María. Para mí eran igualitas.
Paco
Paco, sobrino y protegido de Juancho, lo rememoro con alegría y nostalgia, me llamaba la atención su mirada extraviada y los papeles enrollados que llevaba en el bolsillo de la camisa o en una de sus manos. Era, es y será un gran amigo, humilde y cariñoso. Muchos años después supe que su nombre es Aurelio y su apellido Vengoechea. Siempre con un chiste o un gracejo agradable en su boca. Paquito, le decía mi papá y mi mamá.
¿A qué hora?
Juancho, tuvo hijos fuera del matrimonio. Quedaré por siempre con la curiosidad: ¿A qué hora se le perdía a Margarita? Uno lo llamaba por teléfono fijo a las 7 de la mañana a su casa, y allí estaba. A la 1 de la tarde y a las 7 de la noche, y allí contestaba. Estaba en su casa. Pues, el tipo, deduzco sin pruebas, como que era diurno y se deslizaba en horarios de oficina. Es la única explicación que me cabe en mi cabeza.
….
Juan Manuel Lafaurie Polo, hijo de Alejandro Lafuarie y Eduviges Polo, solo te quería decir Gracias, Gracias y Gracias, por todo.
