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A 52 años de la conquista de su título mundial: ‘Pambelé’, el hombre que enseñó a Colombia a ser ganadora

Por Fausto Pérez Villarreal

El eco de sus puños permanece intacto; a los colombianos nos dio una lección de dignidad, coraje y superación. Nos enseñó a ganar, a entender que la gloria también podía tener acento palenquero y sudor caribeño. Que no era necesario nacer entre apellidos ilustres, crecer en una familia de abolengo ni disponer de privilegios para alcanzar la cima. Bastaba con tener los puños firmes, cargados de coraje, el corazón dispuesto y una voluntad capaz de desafiar los rigores del destino.

Antonio Cervantes Reyes, ‘Kid Pambelé’, hizo posible que un país como el suyo, Colombia, acostumbrado a mirar desde abajo, levantara la cabeza y se reconociera en la figura de un campeón.

Su legado no se mide únicamente en el campeonato mundial obtenido ni en las defensas que protagonizó durante sus dos reinados (entre 1972 y 1976 y entre 1977 y 1980). Tampoco cabe en una colección de estadísticas, fotografías amarillentas, recortes de periódicos o recuerdos de aquellas noches en las que sus adversarios terminaban tendidos sobre la lona.

La verdadera dimensión de ‘Pambelé’ está en la huella que dejó en la conciencia nacional, en la transformación de una mentalidad colectiva que encontró en aquel hombre de San Basilio de Palenque una razón para creer que la victoria no era patrimonio exclusivo de otros pueblos. Antes de él, Colombia había conocido frustraciones, derrotas y aproximaciones a la gloria. Con él, por primera vez, el país supo lo que significaba tener un campeón mundial en el fascinante mundo del deporte.

Los días de Palenque

Para comprender la magnitud de aquella conquista es necesario regresar a los días en que Antonio Cervantes todavía era un muchacho sin horizonte aparente, uno más entre tantos hombres del Caribe colombiano que debían salir a buscar el sustento con las manos.

Nació el 23 de diciembre de 1945 en San Basilio de Palenque, Bolívar, una población cuya historia está asociada a la libertad, la dignidad y la insurrección de los africanos que se rebelaron contra la esclavitud. Allí, en esa tierra de tambores, lengua propia, memoria ancestral y orgullo cimarrón, comenzó la historia de quien muchos años después sería considerado el deportista más importante de su época.

Palenque no era un escenario cualquiera para que naciera un hombre destinado a desafiar el mundo. En su memoria colectiva permanecía la figura de Benkos Biohó, el líder africano que encabezó rebeliones de esclavizados y contribuyó a la formación de comunidades libres en las cercanías de Cartagena durante el siglo XVII.

Benkos, símbolo de insumisión frente al poder colonial, representa para los palenqueros la posibilidad de conquistar la libertad aun cuando todas las circunstancias parezcan adversas. Cuatro siglos después, ‘Pambelé’, sin proponérselo, prolongaría esa tradición de dignidad por un camino diferente: no empuñaría armas contra los esclavistas, sino guantes de boxeo contra los mejores peleadores del planeta. Su combate sería otro, pero la victoria tendría resonancias semejantes en el orgullo de su pueblo.

En Cartagena es la pelea

La vida no le tendió una alfombra. Las estrecheces económicas obligaron a su familia a buscar mejores oportunidades en Cartagena, ciudad en la que Antonio conoció desde temprano las dificultades de la supervivencia. Fue vendedor de pescado, lustrabotas y vendedor de cigarrillos. Aprendió a caminar las calles, a reconocer las urgencias de la gente y a ganarse unas monedas sin demasiadas preguntas. El boxeo apareció como una posibilidad de conseguir dinero, no como la puerta de entrada a una gloria que entonces parecía reservada para otros.

Comenzó a combatir profesionalmente en 1964. Sus primeros pasos no anunciaban al futuro monarca de las 140 libras. Por el contrario, su estilo era rudimentario, sus movimientos carecían de refinamiento y su técnica estaba lejos de la de los grandes estilistas. Era un peleador tosco, de recursos limitados, que parecía resolver los combates más por la fortaleza física que por la inteligencia del oficio. No tenía todavía la precisión que después lo distinguiría ni había encontrado la fórmula para convertir sus brazos largos y su potente izquierda en instrumentos de una estrategia eficaz.

Los números tampoco invitaban al entusiasmo. En su pelea profesional número 27, disputada el 15 de febrero de 1969 en el estadio 11 de Noviembre de Cartagena, enfrentó a un genuino ‘don nadie’ en el mapa pugilístico: Jesús ‘Chico’ González. Hasta entonces, ‘Pambelé’ había disputado 26 combates, con 19 victorias, seis derrotas y un empate. Su carrera transitaba por una zona de incertidumbre. No era una figura admirada por las multitudes ni un boxeador que despertara prometedoras expectativas. Había perdido, había ganado y, sobre todo, todavía no encontraba la dimensión de su talento.

De aquella contienda con González quedó una anécdota que parece escrita por un humorista, aunque retrata con crudeza la precariedad de aquellos primeros años. ‘Pambelé’ había aceptado apostar, de manera clandestina, a que perdería por nocaut en el quinto asalto. Su adversario, según el cronista y empresario boxístico Nelson Aquiles Arrieta, había hecho lo propio, pero con una diferencia: esperaba caer en el cuarto. Ninguno de los dos imaginaba que el otro también estaba dispuesto a cumplir el acuerdo. Cuando llegó el episodio decisivo, ‘Pambelé’ lanzó un jab que apenas pareció rozar a González. Este se desplomó sobre la lona y el árbitro inició la cuenta de protección.

Entonces ocurrió lo insólito. En vez de celebrar la caída de su rival, Antonio se desesperó. Se acercó al hombre tendido y, mientras el árbitro contaba, comenzó a patearlo y a reclamarle que se levantara. “¡Párate, que no te he pegado!”, le gritaba, como si pretendiera devolverlo a la verticalidad para que la pelea pudiera continuar y el acuerdo inicial no terminara convertido en una burla. El episodio, además de revelar la precariedad moral de ciertos ambientes del boxeo de entonces, terminó con la suspensión de los protagonistas y se convirtió en una de las historias más pintorescas de su carrera.

La escena tiene una ironía difícil de superar: el hombre que años después haría caer a los pugilistas más reputados del planeta en su categoría —las 140 libras—, en aquella noche cartagenera no quería que su adversario se quedara en el suelo. Todavía no sabía que sus manos estaban destinadas a derribar a los mejores. Todavía no había descubierto que dentro de aquel peleador de apariencia desmañada se escondía un campeón. La sanción y las circunstancias de su carrera contribuyeron a que buscara otros horizontes.

A pelear en Venezuela

Venezuela se convirtió en una estación fundamental de su formación y de su crecimiento profesional. Allí encontró nuevas oportunidades, entrenadores, exigencias y una disciplina que le permitiría empezar a pulir sus condiciones.

Fue entonces cuando el boxeador comenzó a transformarse. La llegada del entrenador chileno Julio Carvajal resultó decisiva en la evolución de su estilo. ‘Pambelé’ fue aprendiendo a utilizar mejor la distancia, a aprovechar la longitud de sus brazos, a administrar el esfuerzo y a esperar el instante oportuno para descargar sus golpes más temidos: el recto de derecha precedido del jab. Aquellas manos, que terminarían convertidas en una especie de firma personal, no eran solamente un recurso de fuerza. Con el tiempo se convirtieron en instrumentos de precisión, capaces de cambiar el curso de una pelea en una fracción de segundo.

Pelear a lo grande

El camino hacia la corona tuvo un primer gran obstáculo el 11 de diciembre de 1971, cuando enfrentó al argentino Nicolino Locche por el título mundial. Perdió aquella oportunidad, pero el combate le permitió demostrar que podía medirse con un campeón de talla internacional. La derrota no significó el final de la aspiración. Al contrario, le permitió reconocer la distancia que todavía debía recorrer. ‘Pambelé’ regresó al gimnasio, corrigió errores y aguardó una nueva oportunidad. Ya no era el muchacho que se conformaba con sobrevivir en el cuadrilátero. Empezaba a entender que podía pertenecer a la élite.

La oportunidad llegó el 28 de octubre de 1972. Aquella noche, en el Gimnasio Nuevo Panamá, Antonio Cervantes se enfrentó al panameño Alfonso ‘Peppermint’ Frazer, campeón mundial de la categoría wélter júnior de la Asociación Mundial de Boxeo. El título estaba en juego y los pronósticos no favorecían al colombiano. Frazer contaba con el respaldo de su condición de campeón, peleaba ante su público y llegaba con el reconocimiento que ‘Pambelé’ todavía no tenía. Para muchos, el retador era un aspirante sin posibilidades reales de destronar al monarca.

Pero el boxeo tiene esa virtud: permite que un hombre desbarate en unos minutos los cálculos que otros han elaborado durante semanas. ‘Pambelé’ subió al cuadrilátero sin el prestigio de los favoritos, pero con una convicción que no necesitaba anuncios. Durante los primeros asaltos fue imponiendo su ritmo, midiendo la distancia, castigando y desgastando al campeón. La pelea avanzó hasta que llegó el décimo episodio. Entonces, el palenquero encontró el momento para desatar la fuerza de sus puños. Frazer terminó en la lona y el árbitro decretó el nocaut. Colombia tenía, por primera vez, un campeón mundial de boxeo.

No fue una victoria más. Fue una sacudida nacional. En los hogares, las calles, los bares, las plazas y los establecimientos comerciales, la noticia se propagó con la velocidad de un relámpago. Un colombiano, un hombre nacido en una población humilde de Bolívar, había conquistado un título mundial. La voz de los narradores, los gritos de los aficionados y la emoción de quienes siguieron el combate por radio se confundieron en una celebración que desbordó las fronteras del deporte.

El país descubrió que podía ganar. Y esa afirmación, que hoy puede parecer sencilla, tenía entonces una trascendencia enorme. Colombia no era todavía la nación que celebraría campeones mundiales en distintas disciplinas, ciclistas en los podios europeos, futbolistas en las grandes ligas o medallistas olímpicos. La victoria de ‘Pambelé’ abrió una puerta simbólica. El triunfo dejó de ser una aspiración distante para convertirse en una posibilidad concreta. Aquel hombre había demostrado que se podía llegar desde la periferia, desde la pobreza y desde un pueblo que apenas figuraba en los mapas de la notoriedad nacional.

La hazaña tuvo, además, un significado que iba más allá del resultado deportivo. En el torso de ‘Pambelé’ se encontraron dos Colombias: la que había sido relegada durante siglos y la que, por primera vez, se reconocía en un héroe de origen afrodescendiente. Su triunfo puso a San Basilio de Palenque en los titulares internacionales y llevó el nombre de aquella comunidad hasta escenarios que difícilmente habrían reparado en ella. El mundo del boxeo comenzó a pronunciar el nombre de ‘Pambelé’ y, al hacerlo, pronunció también el de su pueblo.

Defiéndete, campeón

El campeonato no fue un accidente ni una noche afortunada. ‘Pambelé’ se encargó de demostrarlo con una permanencia extraordinaria en la cima. Defendió exitosamente su corona en diez ocasiones. Bajo el poder implacable de sus puños cayeron, uno a uno, todos los que intentaron arrebatarle el título: Josué Márquez, Nicolino Locche, Alfonso Frazer, Carlos María Giménez, Lion Furuyama, Chang-Kill Lee, Víctor Millón Ortiz, Shinchi Kadota, Esteban de Jesús y Héctor Thompson.

Resignó el fajín en su undécima defensa, el 6 de marzo de 1976, ante el joven puertorriqueño Wilfred Benítez, en San Juan de Puerto Rico. La decisión dividida de los jueces puso fin a su primer reinado. Había sido campeón durante más de tres años y convirtió su nombre en una referencia de la división wélter júnior. No se trataba ya de un retador que había sorprendido al mundo, sino de un monarca que había sostenido su autoridad frente a una sucesión de aspirantes.

Aquellas defensas consolidaron su reputación. ‘Pambelé’ no era un campeón de ocasión. Había aprendido a competir en las grandes citas, a soportar la presión, a estudiar a sus rivales y a responder cuando el combate se complicaba. Su gancho de izquierda se volvió una amenaza reconocible, pero también desarrolló una capacidad para manejar los tiempos y administrar las energías. En cada presentación estaba en juego algo más que un cinturón: estaba la posibilidad de prolongar la alegría de millones de colombianos que habían encontrado en él una razón para sentirse representados.

La derrota frente a Benítez no borró su historia. El puertorriqueño era una figura excepcional, un prodigio de juventud y talento que terminaría convirtiéndose en uno de los grandes nombres del boxeo mundial. ‘Pambelé’ había perdido la corona, pero no la condición de referente. Su carrera todavía tenía páginas por escribir. El 25 de junio de 1977, en Maracaibo, Venezuela, volvió a conquistar el título al derrotar por nocaut técnico en el quinto asalto al argentino Carlos María Giménez, en un combate por la corona que había quedado vacante después de que la Asociación Mundial de Boxeo despojara a Benítez porque este accedió a no concederle la revancha al colombiano.

El regreso fue otra demostración de carácter. Recuperar un campeonato mundial después de haberlo perdido exige una fortaleza que no siempre acompaña a los grandes deportistas. Muchos se quedan atrapados en la nostalgia del primer triunfo; otros no consiguen reconstruir la confianza. ‘Pambelé’ volvió a levantarse. Recuperó la faja de las 140 libras y prolongó su condición de campeón con seis defensas exitosas. Superó a Adriano ‘Nani’ Marrero, Tonga Kiatvayupak, Norman Sekgapane, Kwang-Min Kim y Miguel Montilla (dos veces).

Dónde está Pambelé

Su figura adquirió una dimensión que desbordaba los límites del cuadrilátero. ‘Pambelé’ era un personaje nacional. Su popularidad alcanzaba a los hogares más humildes y a los círculos de mayor influencia. Su nombre aparecía en las conversaciones de los taxistas, los vendedores, los estudiantes, los políticos, los artistas y los intelectuales. Era una celebridad sin necesidad de construir un personaje. Su origen, su manera de hablar, su sonrisa y sus gestos lo hacían cercano. Colombia lo sentía propio.

Una anécdota recogida por el notable periodista Alberto Salcedo Ramos en su libro El oro y la oscuridad, publicado en 2012, permite medir hasta dónde había llegado aquella popularidad. A comienzos de la década de los ochenta, el entonces presidente de Colombia, Belisario Betancur Cuartas, asistió a una reunión con intelectuales colombianos en Madrid. En medio del encuentro irrumpió Gabriel García Márquez, quien acababa de recibir el Premio Nobel de Literatura. Alguien anunció su llegada con una frase que pretendía reconocer la importancia del visitante: “Ha llegado el personaje más importante de Colombia”. Gabo, según la anécdota narrada por Salcedo, miró a su alrededor, como si buscara a alguien entre los presentes, y preguntó: “¿Dónde está ‘Pambelé’?”.

La respuesta atribuida al Nobel encierra una lección sobre la naturaleza de la popularidad y el lugar que ocupaba el boxeador en la imaginación nacional. García Márquez, cuya obra había situado a Colombia en el mapa de la literatura universal, reconocía con humor que había otro compatriota cuya fama alcanzaba una dimensión extraordinaria. No se trataba de establecer una competencia entre dos glorias, ni de disminuir el mérito de uno para engrandecer al otro. Era, más bien, una manera de reconocer que ‘Pambelé’ se había convertido en un símbolo que atravesaba todas las clases sociales. Su nombre era una contraseña de orgullo nacional.

La historia, sin embargo, no estaba destinada a prolongarse indefinidamente en la celebración. Detrás del campeón comenzaba a asomarse un hombre vulnerable a los excesos, a las malas compañías y a los hábitos que terminarían por comprometer su salud y su carrera. La fama, el dinero y la exposición pública llegaron a una velocidad para la que no siempre estaba preparado. La disciplina que había construido su éxito empezó a perder terreno frente a la bohemia, las noches prolongadas y el consumo de drogas. El hombre que había aprendido a dominar a sus adversarios no siempre consiguió dominar sus propios demonios.

El deterioro de su preparación física se hizo evidente en la etapa final de su carrera. La noche del 2 de agosto de 1980, en Cincinnati, Estados Unidos, enfrentó al local Aaron Pryor, uno de los pegadores más temibles de su generación. ‘Pambelé’ llegó a aquella contienda en condiciones físicas inferiores a las que exigía un compromiso de semejante magnitud. Su preparación no había sido la adecuada. La vida nocturna, el desgaste y los problemas asociados al consumo de drogas habían debilitado al campeón que años atrás parecía capaz de soportar cualquier adversidad.

Aun así, su instinto de peleador dejó una última muestra de su grandeza. En el primer asalto consiguió derribar a Pryor y por unos instantes pareció que podía repetir una de las noches memorables de su carrera. El estadounidense, sin embargo, se recuperó. La pelea cambió de dueño y el colombiano comenzó a mostrar señales de agotamiento. Los golpes de Pryor fueron minando su resistencia hasta que, en el cuarto asalto, después de sufrir un corte en el rostro, ‘Pambelé’ terminó arrinconado, sin capacidad para ofrecer una respuesta efectiva. La pelea concluyó por nocaut.

Fue una imagen dolorosa. El campeón que había levantado a Colombia parecía ahora incapaz de sostenerse a sí mismo. No se trataba únicamente de la pérdida de un título. Era el final de una época, la evidencia de que hasta los hombres que parecen invencibles pueden ser derrotados por circunstancias que no se resuelven con un gancho de izquierda. En Cincinnati terminó su segundo reinado y quedó expuesta la fragilidad que se escondía detrás de la leyenda.

La caída posterior fue todavía más dura. ‘Pambelé’ conoció los estragos de la adicción, atravesó momentos de desorientación y debió enfrentar las consecuencias de una vida que se había apartado de la disciplina deportiva. El país, que lo había celebrado como un héroe, también fue testigo de sus episodios más difíciles. Hubo titulares que se recrearon en su deterioro, comentarios que redujeron su existencia a sus problemas personales y miradas que parecían olvidar lo que había representado. La fama, que alguna vez lo elevó hasta los altares de la admiración popular, también lo dejó expuesto a la crueldad de la opinión pública.

No hay que ocultar esa parte de su historia. Tampoco sería justo convertirla en el centro de su biografía. Las adicciones son una realidad dolorosa, con consecuencias profundas para quien las padece y para su entorno. ‘Pambelé’ cayó hondo en el mundo de las drogas y esa circunstancia marcó su vida. Pero sus problemas no borran el campeonato conquistado, las defensas realizadas ni la transformación que produjo en el deporte colombiano.

Su figura permanece ligada a una época en la que el país aprendió a celebrar sin pedir permiso. Antes de que las nuevas generaciones se acostumbraran a escuchar los himnos colombianos en los escenarios internacionales, antes de que otros deportistas multiplicaran las alegrías y demostraran que el talento nacional podía competir en cualquier latitud, hubo un palenquero que subió a un cuadrilátero en Panamá y derribó al campeón. Ese fue Antonio Cervantes Reyes, ‘Kid Pambelé’…

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