En Alaska, un Estado de los Estados Unidos, se puede. Sus dirigentes, liberales o conservadores, optaron por distribuir con justicia los dividendos del petróleo.
Por Jorge Guebely
Por supuesto que se puede. Basta una dosis de sensibilidad humana para superar la vergüenza de ser el Estado más desigual de la región. Sin los excesos de revoluciones sangrientas, con la construcción de una conciencia auténticamente ciudadana.
Se puede porque en Alaska, un Estado de los Estados Unidos, se puede. Sus dirigentes, liberales o conservadores, optaron por distribuir con justicia los dividendos del petróleo. Otorgan anualmente una renta, especie de Renta Básica Universal, a cada ciudadano. Cantidad que gravita los dos mil dólares, suficiente para vivir dignamente, sin los excesos caprichosos de la abundancia, ni las calamidades de la indigencia.
Lo hacen a través del Fondo Permanente de Alaska, institución que se nutre con dineros provenientes de la explotación petrolera. Indemnizan al ciudadano porque se le llevan sus recursos no renovables y le destruyen su ecosistema. Pero, sobre todo, porque las riquezas del subsuelo deben beneficiar directamente a todos los habitantes.
Lo hacen para dignificar la existencia, sin importar el sexo, ni la raza, ni el estrato social, ni la nacionalidad. Basta demostrar residencia en el Estado y no haber sido condenado por delito alguno. Al final del año, le consignan, en su cuenta bancaria, la cantidad según los intereses.
Aliente el resultado. Es uno de los Estados con mayor ingreso per cápita. Su nivel de desigualdad decrece. Según índice GINI, es de 0.422, mientras que, en el resto del país, es de 0.469. Mucho más igualitario que en los Estados ricos: 0.499 en Nueva York y 0.471 en California. Y muchísimo más igualitario que en Colombia donde la desigualdad alcanza el nivel 0.517, índice maquillado por el parámetro de la pobreza multidimensional.
Se proyecta como un servicio perpetuo. Los funcionarios negocian con los dineros del fondo. Los hacen siempre para favorecer la comunidad, con verdadero sentido de solidaridad. Multiplican las ganancias en un cien por ciento y no sucumben ante la tentación del enriquecimiento ilícito. Los transporta la certeza de que es un mecanismo eficaz de justicia social. Sólo los tienta el orgullo de servir honestamente a la comunidad, sentido original de la política. Practican el pensamiento de Marco Aurelio: “…hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados…”
Experiencia social loable, ponderada positivamente por académicos de Norteamérica y de Europa. Modelo del que, Vernon Smith, premio Nobel de 2002, conceptuó: “Un modelo que todos los gobiernos del mundo harían bien en imitar”. Sólo que, para imitarlo, se necesitan políticos menos locuaces y con mayor sensibilidad humana.











