Un cuento de Luis Fernando Campero, quien desde su silla de ruedas nos hace imaginar y reflexionar un mundo desconocido.
Por Luis Fernando Campero
Bruno, un infante de cuatro años de edad, de tez blanca, cabello ensortijado de color castaño, ojos expresivos de color oscuro, se hallaba en el aeropuerto de una ciudad de los Alpes franceses en compañía de sus padres, listos para dar inicio a un viaje de dieciocho horas contínuas a una ciudad distinta. Diferente en clima, idioma, costumbres, con alimentos exóticos y todo lo relacionado con un entorno característico a un país totalmente caribeño.
Luego del extenso viaje y agotamiento por el traslado de continentes, Bruno durmió plácidamente en una camita improvisada para la ocasión en la casa de su abuelos maternos, mientras sus padres Pierre y Sara organizaban lo concerniente a su primera noche en este país latino y caribeño, de donde su madre Sara es originaria.
Mientras Bruno, sudoroso por los treinta y cinco grados centígrados de temperatura en el lugar, acomodado en el piso por ser este lugar más fresco, en medio de dos abanicos despierta confundido, mirando a su alrededor, llamándole la atención que en uno de los rincones del lugar hay un objeto extraño nunca visto en su corto periodo de vida, una silla con ciertas particularidades; y sobre aquella silla, hay algo o alguien que lo observa con detenimiento y mucho interés; Bruno alcanza a divisar unos ojos tristes, apagados, pero a la vez percibe una gran tranquilidad.
Pierre, su padre, ingresa al lugar, toma a su hijo, lo levanta y lo abraza, le da un beso en su cabecita, observa el lugar y aprecia que allí se encuentra Misael, padre de Sara, su esposa, sentado en su silla. Se saludan, se abrazan y Pierre le presenta su hijo a Misael.
Misael agradece a Pierre tal acción y dentro de su mente duda si besarlo, abrazarlo o simplemente decirle hola, por temor a que Bruno se asuste o que Pierre se moleste o no le guste, ya que hay padres que no lo permiten por ser costumbres originarias de su país, o simplemente no lo desea. Misael decide coger la manito del infante abrazarlo con gran efusividad y expresarle de manera dicharachera la bienvenida a Bruno.
La casa de tipo caribeño con grandes ventanales de madera, techos altos, habitaciones amplias y espaciosas, cocina austera pero cómoda, y al fondo un gran patio o terreno trasero donde se cultivan árboles como mango, níspero, guanábana, ciruela y limón.
Mientras tanto en la parte exterior de la casa, dos días después del arribo de los visitantes europeos, las mujeres reunidas entre las que se encuentran Sara y Mercedes, madre de Sara y Abuela de Bruno, quienes organizan la cena en honor de los recién llegados, cuyo menú a ofrecer en señal de bienvenida siendo las ocho de la noche son los platos típicos de la región Caribe tales como un sancocho trifásico llamado así por llevar costilla de res, carne de cerdo y pollo, acompañado de yuca, plátano, papa, ñame, mazorca, ahuyama, cebolla en rama, bolitas de pimienta de olor; encontrándose listas a un costado cierta cantidad de totumas con su cuchara alargada del mismo material para que cada comensal de manera individual tome y coma a su gusto, agregando el picante elaborado con ají , cebollín cilantro y un toque de aceite vegetal; adicionándose el caldero de arroz con el cucayo tostao.
Los señores con motivo de celebración deciden festejar al son de la música caribeña de la época, acompañándose con una buena fría, o un buen trago de aguardiente.
Bruno, al participar del festejo con sus padres porque son ellos los invitados, y cuyos anfitriones son familiares, allegados, amigos y vecinos de la familia, observó que todos los presentes cenaron, bebieron, bailaron hasta el amanecer, menos una persona quien poderosamente le llamó la atención, un señor ubicado exactamente en la casa al otro lado de donde Bruno y sus padres se alojaron; un señor de cabello blanco, de tez blanca ojos claros quien se encontraba sentado en otra silla cuyas características eran muy distintas a las de su abuelo Misael.
Con el paso de los días Bruno pensaba y pensaba sobre las dos imágenes que en su mente quedaron de las dos sillas, aumentando su curiosidad; la primera, la de su abuelo Misael, y la segunda, la del señor tipo extranjero ubicada frente al lugar familiar donde se encuentran alojados.
Cierto día Bruno, con el fisgoneo propio de su edad, se acerca donde su abuelo Misael y observa detenidamente ese objeto tan extraño en el que se encuentra sentado, preguntándole a su abuelo en su lengua materna que clase de silla es esa, pero no pudo entender respuesta alguna por parte de su abuelo por la diferencia en su lengua, pero sí pudo visualizar enteramente la silla donde se encontraba sentado su abuelo Misael.
Un objeto de consistencia dura, diferentes a las sillas de su casa, pero con muchos huequitos en su entorno, y lo curioso para Bruno son los dos maderos alargados y curvos que tocan el piso y se deslizan al momento de moverse su abuelo Misael hacia adelante y hacia atrás, convirtiéndolo imaginariamente en un vehículo acuático y de última generación tal como aparecen en los juegos de video, y donde él como principal protagonista hace frente a los adversarios a derrotar.
Posteriormente, el niño de cuatro años de edad descubre que su padre Pierre se encuentra muy entusiasmado y alegre hablando con el señor tipo extranjero, que vive en la casa de enfrente y que se encuentra sentado en la silla cuyas características especiales que le ha interesado tanto. En ese preciso momento Pierre padre de Bruno, es llamado por los familiares porque ha llegado el bus que los trasladará a la zona costera, para pasar un placentero día de sol, brisa y mar. Sin embargo, Bruno se percata que su abuelo Misael no se encuentra como todos los demás.
Bruno disfruta plenamente su paseo, pero al regresar se pregunta porqué las dos personas que se están sentados en esas sillas tan especiales no participaron de la celebración y porqué no fueron acomodados en el bus como todos, aumentando su curiosidad por esas dos sillas.
Así mismo después de las ocho y treinta de la noche escuchan que están tocando en la puerta principal de la casa; es Sara, madre de Bruno, la que se acerca al lugar, abre la puerta y encuentra a una niña de tez blanca, ojos azules de siete años de edad aproximadamente, quien dice buenas noches en el mismo idioma en que hablan Pierre, Sara y por supuesto Bruno. Sara la saluda preguntando cuál es su nombre, expresándole en qué la pueden ayudar, a lo que la niña responde que su nombre es Valentina, que vive en la casa de enfrente, expresando preocupada y asustada que su abuelo se encuentra mal de salud que por favor la ayuden.
De inmediato Sara grita a Pierre su esposo y, este se acerca rápidamente angustiado preguntando qué sucede, llegando de igual manera su hijo Bruno, a quien su madre le ordena quedarse con sus abuelos, saliendo Sara y Pierre hacia la casa de enfrente con la niña llamada Valentina.
Cuando Valentina y sus acompañantes ingresan a la casa de su abuelo, lo encuentran sobre el piso fuera de su silla, por lo que de inmediato Pierre y Sara se acercan y observan que su estado es delicado, motivo por el cual llaman a la ambulancia, presentándose a los diez minutos, trasladando al abuelo de Valentina acompañado por Pierre al Hospital, lugar donde acudieron sus familiares.
Valentina debido a su estado emocional es alojada en la casa de los abuelos de Bruno junto a sus progenitores. Es en esa noche cuando se conocen Bruno de cuatro años y Valentina de siete años de edad.
Al día siguiente Bruno y Valentina descubren que hablan el mismo idioma, se hacen amigos, juegan en el patio trasero de la casa, comen mango verde con sal típico del trópico, y es en este lugar donde Bruno le pide a Valentina que le hable sobre la silla de su abuelo que tiene una figura muy especial. Valentina, de mente ágil y bastante habladora, le describe a Bruno la silla ganadora en velocidad, ganadora chocando objetos, ganadora en machucar dedos, ganadora en tocar a las personas y, lo mejor de todo, que se arma y se desarma.
Bruno, asombrado por los comentarios de su amiga Valentina sobre las maravillas de esta silla, le dice que quiere ver de cerca este objeto tan interesante, para tocarlo y poderlo manejar porque le gustan mucho las carreras de vehículos como se ven en las películas o la televisión. Valentina le responde que será posible cuando su abuelo no se encuentre en la casa, y esta es la ocasión perfecta.
Sigilosamente los dos niños ingresan a la casa del abuelo de Valentina por una de las ventanas de madera que encontraron abierta, dirigiéndose a la sala de la casa y es allí donde Bruno al fin puede observar ansioso y con gran expectativa esa silla tan interesante. Bruno observa que es una silla de metal, con cuatro ruedas de las cuales dos son grandes y dos son pequeñas y estas giran o dan la dirección, además tiene un amplio espacio para sentarse, que posee dos reposapiés imaginando que serían los pedales y se ajustan, que tiene dos reposabrazos que se abren y se desarman las cuales podrían ser las puertas, encontrando dos palancas una a cada extremo las que se convertirían los controles de mando de un vehículo imaginario que Bruno ha creado y en el que se encuentra felizmente sentado maniobrando como defensor ante cualquier enemigo.
En ese preciso momento ingresan el abuelo de Valentina ya recuperado con sus familiares a la casa, escondiéndose rápidamente Valentina y su amigo Bruno. Toman la silla de ruedas y sientan con cierta dificultad al abuelo de Valentina, debido a que le es imposible caminar por sí solo. Valentina le explica a Bruno que su abuelito está enfermito. De otra parte, Bruno asocia de inmediato porqué su abuelo no se levanta de la otra silla tan especial, ya que tampoco lo ha visto caminar, por lo que de inmediato sale a preguntar a su padre o a su madre qué sucede con su abuelo.
Al preguntarles a sus padres su inquietud, Sara y Pierre le explican que su abuelo de igual manera no puede caminar y ese es el motivo por el cual la pasa sentado en su silla preferida, una mecedora típica de la Región Caribe.
Días después Pierre y Sara despiertan muy temprano a Bruno porque es tiempo de salir y visitar sitios de interés de esta ciudad. Encuentran iglesias, museos, centros comerciales, parques recreativos donde Bruno y Valentina se divierten sin cesar. La familia y su invitada Valentina van también a ciertos lugares de comercio específicos debido a que su objetivo principal es cumplir con algo muy especial con su abuelo Misael, que consiste en darle una sorpresa entregándole una silla de iguales características a la del abuelo de Valentina.
El momento ha llegado y antes de partir en presencia de familiares y amigos, donde también se encuentran Valentina y su abuelo, Bruno junto a sus padres entregan a su abuelo Misael con un fuerte abrazo una silla ganadora en velocidad, ganadora chocando objetos, ganadora en machucar dedos, ganadora en tocar gente y que también se arma y se desarma.
Sobre el autor:
Aunque nací en Bogotá, me considero adoptado por Barranquilla debido a que resido en esta ciudad por más de 35 años; hincha del Junior tu papá, casado con una costeña, tenemos una hija barranquillera. Laboré por 20 años en el Hotel el Prado, motivo por el cual viví intensamente año tras año los Carnavales de Barranquilla, bajo el lema Prado es Prado. Actualmente soy discapacitado físico, jugador activo en silla de ruedas Quad, representando a Barranquilla y a Colombia en varios Torneos Nacionales e Internacionales. Pertenezco al Club Deportivo Tensillar, adjunto a la Liga de Tenis del Atlántico.
Luis Fernando Campero Alvarado
Tel: 3736112 Barranquilla
Movil: 311-6735495












