Crónicas

Adiós, señora Olga

Su corazón solo palpita un diez por ciento. Su familia la rodea. Están en casa. Ella, consciente, se despide de los que ama. Y yo soy uno de ellos.

La señora Olga y el señor Lizardo llegaron a ser mi familia. Su casa estaba al lado de la mía, así que yo pasaba tardes enteras en ella jugando con Diego y Paola, sus hijos. A la hora de almorzar podía elegir entre comer en mi casa o esperar a que mi mamá viniera a buscarme para yo decirle sonriente, con la cuchara en la mano: «la señora Olga me dio arroz de fideos».

Nuestras casas estaban ubicadas en un callejón del barrio La Floresta, en el noroccidente de Barranquilla. Era un barrio joven que tenía la paradójica virtud de estar muy cerca de unas canteras de piedra caliza, lo que hacía que el ruido y la polución causados por los enormes molinos de la cementera hicieran poco atractivos los inmuebles en sus alrededores, y por eso más económicos. Esta última razón, la economía, empujaron a mis padres y a muchas familias hacia ese sector. Todas llegaban recién unidas, parejas que acaban de contraer nupcias o que se habían mudado de sector, de ciudad o de pueblo en busca de un mejor futuro para sus hijos. Eso hizo que mi infancia estuviera llena de una cantidad incalculable de amigos. Después de tres décadas de recorrer los callejones de mi barrio y entrar a casi todas las casas como entra pedro, puedo decir que aquello fue una virtud de La Floresta, un lugar en el norte rico de la ciudad en el que un puñado de padres humildes lograron construir un techo para sus familias, y hacer amigos para toda la vida.

Recuerdo con detalle mi infancia en aquellos callejones. Corríamos sin parar con mis dos hermanos y el montón de amigos, salíamos desde la mañana y no teníamos hora de regreso; pero cualquier madre del barrio que llamara a uno de sus hijos tenía la autoridad de llamarnos a todos. Era una época en la que nuestros padres o cualquier vecino tenían vía libre para darnos un pencazo si no obedecíamos.

Parezco un yonofui al lado de Paola y la señora Olga.

Parezco un ‘yo no fui’ al lado de Paola y la señora Olga.

Así que la señora Olga no solo tuvo la opción de darme cariñosos arroces de fideos. También me hubiera dado merecidos pencazos. Yo era incansable, con la energía suficiente para partir los vidrios de tres casas diferentes en una misma tarde. Y Paola, su hija, era el objetivo número uno de mis juegos pesados. Le halaba el pelo, le escondía las muñecas, la molestaba hasta hacerla llorar. Y ella salía corriendo a ponerle las quejas a su mamá. Sin embargo, la señora Olga no tuvo nunca una mano para golpearme por molestar a su hija. Ahora comprendo que ella sabía que lo que me pasaba era que estaba enamorado de Paola y que por eso hacía lo que hacen los niños: tirarle piedras. Me mandaba a llamar con cara de seria, pero tomaba mis manos en la suyas, me las acariciaba y me decía con la ternura de una madre: «Somos como una sola familia y tú eres como mi hijo. Paola es como tu hermana, ustedes se tienen que cuidar uno al otro. Vayan a jugar». Y salíamos de nuevo Paola y yo a comer tierra, como los niños felices.

Con el tiempo crecimos y la vida nos puso a cada uno en un lugar distinto. Diego, el hijo mayor, se casó y se mudó a los Estados Unidos con su esposa y el bello Diego Salomón, su primogénito. Paola se hizo médica al mismo tiempo que crió en soltería una hija increíble que ya es una hermosa señorita. Paola logró, con ese enorme esfuerzo y disciplina, hacerse un futuro para ella, para su hija y para sus padres, a quienes se llevó a vivir a Medellín. Allá están hoy en día. Si no viven juntos es porque Paola se casó con un médico cardiólogo, pero siguen apoyándose a diario.

Mi familia y yo vivimos aún en el mismo barrio La Floresta, que ya no es aquel joven vecindario pero sigue teniendo sus nostalgias a buen resguardo, a diferencia del resto de la ciudad que se abre paso a un progreso sin memoria. Por esa razón de convivir como una familia, nos hemos mantenido unidas como una sola, los Sarmiento Figueroa y los David Tulcán.

Mi madre y yo con la familia David Tulcán en Medellín.

Mi madre y yo con la familia David Tulcán en Medellín.

Nos celebramos los cumpleaños, nos visitamos en los viajes, nos recordamos. Nos amamos. Y nos llamamos. Nos llamamos hoy, cuando entré al cuarto de mi madre y la encontré con el llanto contenido: «Te voy a dar el número de Diego, que vino el martes de los Estados Unidos a acompañar a la señora Olga en sus últimos días. El esposo de Paola les dijo que su corazón ya late muy débil y era mejor tenerla en casa. Llama de inmediato, ella se quiere despedir de ti».

No sé si la vida me vaya a dar un instante antes de la muerte para recordar los momentos especiales. Confieso que a veces no sé si recordar sea para entonces motivo de felicidad. Deseo con todo mi corazón que sí. Ese deseo me saltó hoy a la cara, tan duro como el rostro de la muerte, porque justo antes de recibir la noticia yo me estaba quejando de la vida por no sé qué razón que ya olvidé.

Es una virtud paradójica, como la de mi barrio, que por una causa terminal yo ahora no me queje de nada. Al contrario, de mi alma arranco mis más sinceras ¡gracias! porque antes de llamar a la señora Olga tuve el breve instante para que mi mente se limpiara y mi memoria fuera lanzada como un títere hacia cada uno de los instantes felices que viví gracias a esa mujer que fue como una madre.

Colgué bañado en lágrimas. Diego me dijo que le hablara, que ella me iba a entender y que, si me reconocía, seguro iba a hacer el esfuerzo de responderme. Cuando escuché su silencio del otro lado del teléfono recordé su rostro de eterna niñez que tienen las mujeres de Pasto, un rostro de líneas finas y pulido por el sol de las montañas. Entonces, los recuerdos con ella en La Floresta y de las visitas que le hice a Medellín, se volvieron mis palabras. «Gracias, señora Olga, gracias. Por el arroz de fideos, por tus regaños dulces, por tanto amor».

Sí se acordó. Con ese diez por ciento de vida me reconoció por completo y con el hilo de voz que le quedaba empezó a decirme lo mucho que me ama. Diego, que escuchaba todo a su lado y sabía que era difícil que yo entendiera sus palabras, me hizo una traducción que podría ser el epitafio en piedra de mi vida: «Jorge, te está diciendo que todo te lo dio con su corazón, que te quiere mucho, que tú eres su precioso».

Colgué repitiendo una y otra vez: «te amo, señora Olga, te amo, gracias por hacerme feliz». Y me quedé con ese llanto en la cama junto a mi madre. Al rato ella se levantó y allí de pie frente a mí se recogió el cabello para decirme, llena de vida, unas palabras que destruyeron las insolentes piedras de mi epitafio y me arrancaron la estúpida sensación de muerte: «Es una bendición poder despedirse de los que uno ama».

Sobre el autor

Practicante del periodismo desde niño, comunicador de profesión, artista por vocación. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3185062634
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