Fue la tremenda sorpresa de la noche: Marcela y su padre azotando baldosa. 

Por Rafael Sarmiento Coley

A Augusto García se le conocían sus condiciones de notable abogado, aprendiz de político al lado de Fuad Char –quien le dio una ‘palomita’ de un año en el Congreso para que hoy sea denominado ex Senador, más no pensionado con los $28 millones mensuales de los demás jubilados expadres de la Patria—y de diplomático suertudo.

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La bella Marcela García Caballero coronada por su antecesora Cristina Felfle.

Sí, porque el destino quiso que el gobierno de turno lo viera como un muchacho sano y lo envió de cónsul en Barcelona. Y cuando aterrizó Carlos Rodado Noriega, su amigo y paisano barranquillero, lo llamó a su lado como agregado de la Embajada de Colombia en España. Muy pronto Rodado Noriega, el entonces embajador titular, fue llamado para colaborar con su inteligencia y con sus inmensos conocimientos de una Constitución que él ayudó a redactar con sus luces y elocuentes discursos, no menos largos.

Los cargos le caen del cielo

Entonces, como dicen los muchachos barranquilleros, de ‘papayita’, le cayó la oportunidad de una embajada tan importante, acéfala. Había que designar pronto un hombre versado en los asuntos españoles como Embajador titular. Y todos los ojos miraron hacia Augusto García Rodríguez. No hubo más qué hablar. Lo nombraron. Una fortuna que pocos colombianos tienen. Y como si fuera poco, Augusto, con sus aires monárquicos – en Barranquilla algunos amigos suyos le decían guasonamente el ‘reyecito’—se dio el lujo de salir de cacería con el entonces príncipe Felipe (hoy Rey de España).

Al regreso de la jornada, en la cual nuestro Embajador no fue capaz de pegarle ni a una tortolita, fue invitado por el propio Rey de España a un almuerzo privado y luego a reposar la merienda con vinillos y un tabaco en boca cada uno. Pero no cualquier tabaco traído de Ovejas (la tierra de sus ancestros). Eran, según contaría a sus íntimos, “unos tabacos que tenían el aroma más hermoso del mundo y su humo no era blanco, sino azul”.

Lo removieron de la Diplomacia y cayó de para arriba. El Presidente Juan Manuel Santos lo hizo elegir director de la Corporación Autónoma del Río Grande de la Magdalena. Una entidad que, como su nombre lo indica, se maneja por su cuenta, con unos presupuestos multimillonarios y una capacidad de contratación que dejaría sin respiración a cualquiera, menos a Augusto.

El cierre con broche de oro, al cumplir el año en Cormagdalena, fue la adjudicación de un contrato por 2,5 billones de pesos, concretado lo cual, Augusto se retiró cansado y satisfecho. Tras la muerte de su suegro, el patriarca Roberto Caballero Lafaurie, se dedicó a ver la tranquilidad de los centenares de búfalos y búfalas en la enorme hacienda que les dejó como herdad a sus hijos y yernos.

Hasta ahora, que por otro flechazo de la suerte, como caído del cielo, le nombraron a su hija Marcela Reina del Carnaval de Barranquilla, trono que ocupó hace algunos años (1982) su progenitora, la querida pero temible cuando le dan sus rabietas, Mireya Caballero Pérez.

Les salió el tiro por la culata

Recién nombrada Reina del Carnaval a Marcela empezaron a fastidiarla por las redes sociales con el cuento de que no sabía bailar. Ella al comienzo lloró, sufrió un poco por semejante versión en absoluto alejada de la verdad, pues desde niña baila en cuanta comparsa organizaba la familia. Una familia de tradición carnavalera, por esencia.

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Tanto ensayó Marcela ese acto sublime, que ala hora de la verdad la corona casi se le cae.

Para colmo de males, lo que el monárquico Augusto se tenía guardado era que, como buen barranquillero de ‘El Guzano’, ‘La Cien’, ‘La Troja’ y otros templos de la salsa, es un bailador consumado y de respetables escenarios.

En la noche de coronación, después de que su hija se paseó por todos los aíres bailables del pentagrama, incluidos los reguetones, la champeta, la bomba panameña, el son cubano, la plena de Puerto Rico, el merengue dominicano y, obvio, el merecumbé, la cumbia y la música de acordeón como recordatorio de que la esencia de su libreto era el homenaje a Macondo, tema de su tesis laureada.

Y cuando todos pensaban que ya no quedaba nada bueno por ver en esa tarima llena de mariposas amarillas, de danzantes, malabaristas, payasos y saltimbanquis, saltó Richie Rey and Bobby Cruz al ruedo con el refuerzo de la trompeta de Pachalo, el cubano radicado en Barranquilla, en vivo. De inmediato salió de detrás de las bambalinas una pareja que bailaba salsa como los mejores bailarines que van a ‘La Troja’.

El alcalde Alex Char miraba el espectáculo boquiabierto, como pensando allá en lo profundo de su magín, “ese man tira más pases que yo”. Y es posible que sí.

Lo que nadie supo desde un comienzo era que “ese man” era el propio Augusto García,  como parejo magnífico de su hija, que bailaba la salsa como toda una envidiable salsera. Un Augusto transformado, con una permanente sonrisa de oreja a oreja, riendo a carcajadas con cada pase, con el goce sublime de sentirse en esa tarima inmensa bailando con su hija, aplaudidos por un público que se puso de pie para dejar por el suelo, definitiva y rotundamente, la calumnia de que Marcela no sabía bailar.

 

 

Sobre el autor

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey
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